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Vladimir Villegas

Cita histórica en Miraflores

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Más allá de lo que pase en los días venideros, lo ocurrido en Miraflores entre jueves y viernes de la semana pasada es la señal que la mayoría de los venezolanos esperábamos de la dirigencia política tanto del gobierno como de la oposición. Ese encuentro entre el presidente Nicolás Maduro, diversos cuadros dirigentes del PSUV y la mayoría de la dirigencia de la Mesa de Unidad Democrática es un pequeño paso en la dirección correcta.

El apoyo de los cancilleres de Unasur y del Vaticano facilitó la concreción de esta cita tantas veces postergada. Hubiese sido mejor reunirse antes de que decenas de venezolanos perdieran la vida,  pero siempre será preferible a esperar que la violencia siga cobrando víctimas, y que esta nos lleve definitivamente por el barranco irreversible de una confrontación que puede llegar hasta lo que hoy pueda parecer inimaginable.

Tanto el gobierno como la oposición tienen la inmensa responsabilidad de mostrar con hechos que por encima de cualquier detalle, de la evidente desconfianza existente entre ambos y del a veces incontrolable interés por sacar partido de una coyuntura, por muy dramática que esta sea, está la clara voluntad de no detener el diálogo, aunque sea lo que provoque ante una conducta o unas expresiones inoportunas o inaceptables del adversario.  Ambos bloques deberían asumir públicamente el compromiso de no interrumpir el diálogo y las iniciativas que de este se deriven, independientemente de lo que pueda pasar en los días por venir.

Venezuela necesita que el diálogo entre la dirigencia política oficialista y opositora sea cotidiano, responsable, respetuoso, inclusivo y sobre todo productivo. Tiene que traducirse en acciones que les lleguen directamente a los ciudadanos, que sean capaces de ayudar a vencer el escepticismo reinante en los corazones de numerosos compatriotas que ven el diálogo, la búsqueda de acuerdo y un simple acercamiento entre líderes con posturas políticas diferentes u opuestas la venta de principios, el canje de ideas por prebendas o un acto de traición. 

El reto que hoy se nos presenta es el de arrebatarle adhesiones a la violencia, a la irracionalidad de quienes creen que por esa vía es posible producir cambios en el país. No tengo dudas de que muchos de quienes han sucumbido ante la tentación de la violencia lo hacen por falta de una orientación política clara, por desesperanza, por inmadurez y también por hastío. Necesitamos fortalecer una cultura democrática, y el diálogo es una de las lecciones imprescindibles.

No le pidamos a esta iniciativa más de lo que puede dar en este momento. Quienes se sentaron frente a frente en Miraflores no son magos, sino seres humanos que tienen mucho que aprender del otro. El diálogo comenzará a producir frutos cuando el interés de los interlocutores por escuchar a su contraparte sea igual o mayor que el interés por decirle unas cuantas verdades. La catarsis que vimos en Miraflores fue buena. Pero las reuniones sucesivas no tienen por qué ser iguales.

Es tiempo de ir construyendo juntos una agenda temática que aborde los principales problemas del país y las inquietudes de cada factor. El marco referencial es la Constitución de 1999, que nos dimos los venezolanos en un referéndum, y que tiene que ser defendida y cumplida sin excusas por el gobierno y por todos los ciudadanos.

Ojalá que al momento de salir publicadas estas líneas ya tengamos un poco más claro el panorama sobre los próximos pasos a seguir, y también ya exista una fecha para el encuentro del movimiento estudiantil con el presidente Maduro. Quien se sienta en la mesa a dialogar con el adversario no da necesariamente una muestra de debilidad sino de confianza en sí mismo, de responsabilidad con el país y de convicción democrática. Todo eso tiene que transformarse luego en acciones concretas, en actos que inspiren la credibilidad, otro de los productos escasos en estos tiempos tan turbulentos que estamos viviendo.