• Caracas (Venezuela)

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Freddy Lepage

Circo sin pan no dura

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La política del oficialismo de cara a las municipales del 8-D se encuentra, irremediablemente, inmersa en las aguas procelosas de la profunda crisis que vive el país y en las contradicciones propias de un régimen que no termina de arrancar con paso firme. De tal manera que todas sus acciones y medidas estarán marcadas por esta circunstancia, nada favorable.

Es decir, estos comicios cobran particular importancia nacional, aun cuando se ventilen asuntos locales muy cercanos a los ciudadanos. En esta oportunidad, gracias a los apretados, controversiales y cuestionados resultados del 14 de abril, la elección se convierte en un plebiscito sobre la gestión de Maduro y, en cierta manera, en una prueba de pulso a los efectos de validar realmente lo que sucedió.   

Por una parte, como bien lo ha señalado Enrique Capriles, votar el 8-D -así sea con este CNE viciado y arrodillado ante el poder- es un compromiso que vale la pena asumir, ya que sus consecuencias son casi de vida o muerte para lo que pueda pasar en los eventos políticos y electorales venideros (al menos los más cercanos), aun cuando sabemos que la política no es lineal y, mucho menos, petrificada y por donde menos se piensa puede saltar la liebre… las municipales constituyen una suerte de elemento esclarecedor para terciar en la prolongada y dura polémica y enfrentamiento entre Capriles-Maduro.

Claro está que, para que ello ocurra, la palabra abstención tiene que ser desterrada del diccionario de los sectores democráticos a los fines garantizar que la participación sea parecida o superior a la de abril pasado.
Del lado del oficialismo está en juego la legitimidad de Maduro y su capacidad para dirigir el legado que en sus manos depositó Chávez. Amén, de que hay más como caimán en boca de caño, esperando su fracaso para sacar provecho político. Una derrota de Maduro sería muy comprometedora, algo así como el principio de una agonía anticipada que tendría que sortear para llegar al final de su mandato sin mayores tropiezos.

Vistas las cosas así, ante la debilidad y fragilidad ostensibles, la cúpula gobernante ha trazado una estrategia de lucha contra la corrupción de triple propósito. Por un lado, a lo interno, hacer ver que de verdad están enfrentando el flagelo que corroe las entrañas de la revolución bolivariana, tirando a los leones a algunos funcionarios de segunda categoría, para aparentar que la cosa va en serio. De otra parte la arremetida contra dirigentes cercanos a Capriles para cercarlo, golpearlo donde más le duele y tratar de neutralizarlo (cosa que no lograrán) y; por último, el tinglado mediático para distraer a la gente y desviar la atención sobre los graves problemas cotidianos.

¡Ah!, pero la realidad es terca y, a veces, traicionera. Las complicaciones surgidas en el PSUV al armar el rompecabezas de los candidatos a alcaldes y concejales por la vía de la imposición o el “dedazo” de los cogollos ponen el caldo morado y generan molestias, arrecheras y reacciones negativas de las bases (por la falta de democracia interna) que, al final, terminan pasando factura, con la consabida secuela de falta de entusiasmo, candidaturas paralelas (en al menos seis estados), trabajo en contra y poca participación. La formula electoral del Polo Patriótico descartó a casi la mitad de los actuales alcaldes y una gran cantidad de concejales. O sea, atrás quedaron los bendecidos por el finado comandante supremo. Privó la conseja de rey muerto, rey puesto.  

Por los momentos esto es lo que hay, mucho circo y muy poco pan, veremos la reacción del electorado.