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Rodolfo Izaguirre

El Cinquecento

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Comenzaba el verano, y Roma se mostraba radiante y luminosa. La vía del Corso prestigiaba en las vitrinas artículos de marca con los nombres de sus famosos diseñadores. La plaza España se veía, como siempre, atestada de turistas sentados en las escalinatas. La columnata de Bernini acogía la incesante agitación de la piazza San Pietro, y las aguas del Tíber llevaban siglos pasando bajo los puentes.

Yo estaba sentado en un café muy concurrido a la espera de mi sobrino, el musicólogo Alfredo Gerbes y de Lolita Weibezahn, su mujer, de visita en Roma desde Alemania y Austria. Mientras esperaba tomando un aperitivo veía pasar a la gente, en particular a las chicas sensuales y provocativas. Los cabellos sueltos, cuerpos delgados, bronceados por el sol; en sandalias, vistiendo minifaldas y blusas muy ligeras y transparentes. En el recuerdo me veo como los personajes que se mueven ociosos y desaprensivos en los Cuentos Romanos que Alberto Moravia escribió para gloria de la "furberia", esa astuta viveza propia de la Ciudad Eterna.

La chica sueca con la que andaba tuvo, en Livorno, el tupé, la desfachatez, de darme el esquinazo por una venezolana de Táriba que se decía mi amiga del alma, y desde entonces sobrevivía en Roma ayudando al partido comunista a tramitar los documentos de los viejos camaradas venezolanos que recalaban en Roma con destino a Moscú para hospitalizarse y restablecer la salud castigada por años de cárceles y desilusiones.

Pero al mismo tiempo, un cura de Guadalajara, conocido mío que recibía a mexicanos que iban de romeros a Jerusalén, me pidió que los atendiera. Yo los pastoreaba por el Foro Romano y el Coliseo, los animaba a que echaran monedas en la Fontana de Trevi y metieran la mano en la Bocca della Veritá, el célebre mascarón que ellos conocían por haber visto las Vacaciones Romanas de Audrey Hepburn, pero me abrumaban la cursilería y los lugares comunes que hilvanaban sus piadosas esposas frente a La Pietá del Vaticano y el Moisés de San Pietro in Víncoli.

Ganaba algunas propinas, que mejoraban sustancialmente en la noche porque orientaba a los maridos que deseaban sacrificarse en los altares de la concupiscencia. ¡Finalmente llegaron Alfredo y Lolita! Tomamos Campari y parloteamos sin dejar de mirar a las muchachas. Contaron, alborozados, el privilegio de haber estado en célebres festivales de música en Alemania y en Salzburgo. Alfredo habló de Mozart con apacible sabiduría, y estábamos en eso cuando vimos a Rafael Pineda, nuestro gran amigo venezolano y conocedor de arte que, acompañado de un joven seminarista flaco y pálido, venía hacia nosotros sorprendido y encantado de vernos en Roma.

El seminarista no pronunció palabra mientras estuvo con nosotros, y Rafael sostenía en sus brazos un paquete alargado envuelto en papel de estraza, seguramente alguna obra de arte sacro facilitada por el seminarista, pensé con perversa malignidad. Se sentaron a nuestra mesa y, de inmediato, Rafael comenzó a ponderar los tesoros artísticos de Roma, pero nosotros seguíamos interesados en la exhuberante vida humana que pasaba por la calle y escuchábamos a Rafael con oído distraído.

En un determinado momento, Rafael asumió la actitud y empaque del aplomado y enjundioso conferencista para afirmar que a partir de un balcón, un detalle, algún ornamento, podía uno en Roma navegar hacia el pasado e ir al encuentro del sublime arte de otros tiempos, y ofrecía ejemplos de lo que decía. Pero de pronto se dio cuenta que no le estábamos prestando atención por estar mirando minifaldas y blusas muy escotadas. Fue cuando con severidad me reprendió, y mirándome a los ojos me llamó al orden: "¡Rodolfo, te estoy hablando del Cinquecento!"