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A tres manos por Alex Fergusson

¿Una Ciencia para la revolución? (I)

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La lógica cognitiva (las formas de concebir, producir y reproducir los conocimientos) que ha imperado en todo el trayecto de La Modernidad,  y que constituye la base de la ciencia moderna, significó el establecimiento de una determinada taxonomía epistémica (las categorías, paradigmas y metódicas en uso), que se instaló férrea e incuestionablemente en todos los ámbitos del quehacer científico. El paradigma disciplinario fundamentó el mapa del conocimiento, la estructura curricular de las ciencias, la organización y categorización de los saberes y la distribución de los recursos para su producción. Si bien el debate filosófico sobre el conocimiento forma parte de las rutinas de muchos ambientes del mundo académico, esa discusión nunca ha puesto en cuestión la propia naturaleza del modelo cognitivo (los modos específicos de concebir el conocimiento, su organización y sus procesos de generación y difusión) donde está montada la propia idea de Ciencia.

He aquí una clara limitación del modelo de Ciencia y Tecnología que el gobierno presenta como “revolucionario”. Lo que decimos es que: sin una transformación del pensamiento que piensa la ciencia y la tecnología como prácticas sociales y de sus bases epistemológicas y organizativas, no iremos a ningún lado, no habrá “revolución en la ciencia” y menos una ciencia para la revolución.

Y es que toda la trayectoria de los sistemas de producción de conocimiento en los últimos siglos y en la actualidad, ha estado cimentada en la lógica disciplinaria que alimenta y justifica el desempeño de las plataformas típicas de estos espacios (universidades y centros de investigación, pero también de los entes oficiales rectores de la ciencia).

Una simple ingeniería epistemológica (un re-acomodo cosmético de paradigmas)  sigue garantizando los repartos territoriales de parcelas bien delimitadas (con sus rituales, sus códigos de identidad, su jerga, su fauna de metodólogos y sus mandarines) que sobreviven cómodamente en los pasillos de nuestras universidades y centros de investigación. Lo que el mundo académico entroniza y legitima con sus procederes científicos es luego ratificado por los gremios que se reservan el ejercicio profesional en cada parcela por la vía de reglamentaciones y pactos sindicales. Esta perversión sigue funcionando como una “normalidad” que se celebra en las pomposa ceremonias de la burocracia académica.

La lógica disciplinaria no es sólo ni principalmente una opción metodológica o un estilo de investigación entre otros. Se trata esencialmente de un modelo cognitivo cuya eficacia consiste en la enorme cantidad de presupuestos epistemológicos con los que trabaja. Con la inocente figura del “objeto de estudio” y la no menos cándida imagen del “método como receta” (ambos recubiertos por la aureola de la ciencia) se construyeron durante este largo trayecto los cascarones institucionales en cuyo seno se han reproducido legiones de profesionales habilitados para el desempeño laboral y otro tanto de operadores académicos dispuestos a defender ardorosamente el territorio de su disciplina. Se trata de la existencia de una racionalidad (el paquete de paradigmas, creencias, saberes y referentes) que dota de sentido el quehacer cognitivo en el seno de una época histórica y no de la controversia entre escuelas filosóficas que comportan visiones diferentes sobre el conocimiento. El paradigma disciplinario es justamente la expresión condensada de esa racionalidad fundante (que pertenece a una época y a una civilización en decadencia: la Modernidad), y porta en sí mismo unos criterios de demarcación, una cierta legalidad epistémica para validar sus verdades, unos modos de aproximación y de construcción de lo que cada disciplina entenderá por “realidad” en su respectiva parcela, y cuyos soportes de base no son puestos en discusión, ni siquiera por los entes gubernamentales que hablan de ciencia revolucionaria.

La lógica disciplinaria gobierna todo, tanto los modos de pensar, como las maneras de producir conocimiento, así como las formas de enseñanza. Hay una complicidad ideológica entre el paradigma de simplicidad, el bosque disciplinario y los modelo educativos imperantes (incluidos los sistemas universitarios donde se reproduce esta lógica con toda impunidad).

Las disciplinas como acerbo de saberes no es el asunto sino los fundamentos epistémicos que están haciendo aguas, los intereses burocráticos asociados a cada disciplina, las mentalidades que de allí se alimentan. Aquí, todo sigue igual.