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Andrés Cañizález

Cien cadenas no es nada

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Nicolás Maduro avanza a toda máquina para emular, en el rol de heredero, el papel mediático que tuvo e impuso en Venezuela el difunto Hugo Chávez. Desde el 5 de marzo hasta el 15 de agosto, Maduro salió 90 horas en 100 transmisiones de cadena nacional de radio y televisión. A la vez, desde el 3 de junio hasta el 24 de agosto, estuvo en la pantalla del principal canal gubernamental, Venezolana de Televisión, un total de 134 horas en 85 transmisiones; eso quiere decir 97 minutos cada día.

De acuerdo con los datos publicados por el Cadenómetro (un proyecto de la iniciativa Monitoreo Ciudadano), el uso de Maduro de la cadena nacional y VTV para promover su posición política ha sido constante desde que asumió el poder como presidente, tras la discutidas elecciones del 14 de abril. Las estadísticas detalladas pueden revisarse en http://www.monitoreociudadano.org e igualmente recomiendo seguir la cuenta en Twitter @cadenometro para estar al tanto de este abuso y unirse a las campañas para denunciar este atropello, que contribuye a limitar la circulación de libre información en el país.

Pese a esta alta presencia mediática diaria, la propaganda oficial insiste en decirnos a los venezolanos que estamos ante un gobierno de calle. Sería un gobierno de calle si efectivamente ocurriera un diálogo directo entre gobernante y gobernados. Eso tal vez existió en los primeros años de Chávez. Desde entonces, y con mayor fuerza hoy, todos estos actos públicos terminan siendo una coartada perfecta para dedicarle tiempo de televisión a quien ejerce el poder.

El pueblo termina siendo una suerte de decorado, sin posibilidades reales de interacción o participación. Aquellos que son mostrados en la pantalla junto al gobernante resultan cuidadosamente escogidos, se revisa lo que dirán en pantalla, por esa razón muchas de estas transmisiones parecen un calco de otras. En aquellos casos en los que Maduro sale de su zona de confort, es decir los edificios gubernamentales, se monta con antelación una suerte de set televisivo. Como sostuvimos en los años del presidente Chávez, la principal obsesión oficial no es llevar adelante una política pública que satisfaga necesidades, sino mostrarse públicamente en tal acción. Toda una distorsión, sin duda alguna, signada por la lógica televisiva que marca a quienes ejercen el poder en Venezuela.

El gobierno de calle no es tal, lo que ocurre es una puesta en escena televisiva. Como hemos indicado, las cifras del @cadenometro arrojan luces sobre la dinámica gubernamental. Desde el 5 de marzo, cuando se hizo público el fallecimiento del presidente Chávez, Maduro no sólo asumió el poder político, sino que claramente entendió el papel de su aparición pública como herramienta para hacerse de una legitimidad que luego tuvo reñida en las urnas. Junto a esto, le dio una vuelta de tuerca a la hegemonía comunicacional para lograr invisibilizar al líder de la alternativa democrática, Henrique Capriles Radonski. Hoy más que nunca, debe entenderse en Venezuela que la acción política tiene un peso importante en la comunicación televisiva, pero no sólo con TV se adquiere legitimidad.

En promedio, además de la hora y media que VTV le dedica a promover su imagen, Maduro tiene una media hora diaria de cadena nacional de radio y televisión. Es sabido el efecto pernicioso que tiene este mecanismo. Silencia al resto del país, en radio y televisión, para que una sola voz pueda dominar el espacio público. Las cadenas en esta época son más cortas, Maduro no tiene el fuelle discursivo de Chávez, y eso lo han entendido él y sus asesores. Tenemos cadenas más cortas pero con una frecuencia mayor.

El gobierno de “calle” no se detiene, obviamente, en las cadenas. Se abusa en el uso partidista de los medios de comunicación del Estado. Ese Maduro que se presenta como adalid anticorrupción, en verdad usa la pantalla pública para atacar y descalificar a adversarios políticos y promueve al Partido Socialista Unido de Venezuela. Este uso partidista de recursos públicos, por cierto, es sinónimo de corrupción.