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Sergio Monsalve

Chivas expiatorias

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La mujer pelea por sus derechos en el cine internacional. Durante décadas fue relegada a desempeñar un papel secundario dentro de la industria. La cosificaron y explotaron como fetiche de la dominación masculina. Aunque los tiempos cambien, su condición laboral sigue siendo objeto de debates encarnizados. Tan solo Kathryn Bigelow obtuvo el Oscar en la categoría de dirección.

Con razón, ellas se quejan de la discriminación de la Academia. Según las entendidas, existen muchos problemas de género por atender y resolver, a pesar de las leves mejoras para ellas en el medio. Por ejemplo, dos de los hits comerciales de 2015 (Pitch Perfect 2 y 50 Sombras de Grey) son atribuidos a la ejecución de un par de cineastas en ascenso, Elizabeth Banks y Sam Taylor-Wood.

Por ende, las damas ganan espacio y reconocimiento en la estructura de producción de la meca. Sin embargo, la disparidad continúa a la hora de evaluar las diferencias salariales y los números reales. En la comparación con los dueños del negocio, las chicas todavía pierden por paliza y deben ocupar el indeseable no lugar de una minoría.

Mientras las igualdades y equidades tardan en llegar, las películas parecen atender a las exigencias de la demanda femenina. Pero ello puede esconder paradojas y espejismos. Expongamos el caso de la cartelera actual. Cuatro cintas protagonizadas por estrellas de armas tomar, aunque bajo la realización de puros hombres.

Trainwreck aparenta revelarse como la excepción a la regla, porque Amy Schumer la escribe e interpreta en el rol principal. Sucede con la obra una cuestión sintomática. La primera hora deviene en una bocanada de aire fresco para la anquilosada nueva comedia estadounidense. Promete romper los códigos machistas del género y lo cumple con creces, a base de astucia, gracia y un aire de insurrección. Luego el asunto se desinfla y cae en la típica moraleja conservadora del relato animado para niños, marca Disney. La pecadora, la emancipada consigue la redención, como La sirenita, por la vía del encuentro del esperado “príncipe azul”. Clásico final condescendiente. Así culmina y se evapora la incorrección política de la musa de Judd Apatow.  

Peor es el sermón y el desenlace de No confíes en nadie, folletín decimonónico de suspenso. Apenas la rescata su limpia y eficiente puesta en escena, no menos despersonalizada y telefílmica. De cualquier manera, la fotografía y las actuaciones del conjunto le brindan un cierto atractivo al acabado de la pieza. Con todo, el guión la aplasta y la sume en un atolladero. Segunda inquisición al hilo. El estereotipo de Nicole Kidman sufre de amnesia, lo golpean y lo castigan por cometer un acto de infidelidad, de adulterio. El libreto, de brocha gruesa, carece de cualquier sutileza. Otra lección de puritanismo desfasado, inspirado en una novela para domesticar a madres desesperadas. El epílogo es grotesco y ridículo. Melodrama barato de reencuentro familiar y nota cursi de soap opera. Un bochorno.

La horca también se teje una soga a su propio cuello. La tercera cacería de brujas del grupo. Confunde en los minutos iniciales. Remeda el patrón desgastado de La actividad paranormal, del presunto metraje encontrado. Adopta el esquema del falso documental de terror. El pacto de credibilidad con el público se quiebra cuando descubres las arbitrariedades y salidas predecibles del truco de la cámara en mano, dizque operada por manos de unos jóvenes mala conducta. El argumento ofrece una doble condena. Extermina y sacrifica a tres muchachos por hacer una tremendura: destruir el decorado de una obra de teatro. La venganza la cometen una pareja de esquizofrénicas, de psicópatas, apoyadas por un verdugo fantasmagórico. Una clase trillada de purga reaccionaria. Para disciplinar a ovejas descarriadas y satanizar a hembras liberadas.    

Por último, la ecuación la invierte, Mika, mi guerra de España, trabajo de no ficción de alta factura técnica y estética. Humaniza y dignifica a una veterana de mil batallas al frente de la resistencia anarquista y marxista, alrededor del mundo. De origen sureño, le planta cara al fascismo en Alemania, la madre patria, Francia y Argentina. No se deja amilanar por las derrotas ante el partido Nazi y el ejército de Franco. Participa en Mayo del 68 y encabeza protestas contra la dictadura de Videla. Muere fiel a sus convicciones de izquierda. El filme glorifica sus hazañas y proezas. Ahí reside uno de sus puntos débiles. Jamás vemos o escuchamos a una voz discordante. Nadie cuestiona los dogmas de fe de la señora. Como único detalle irrefutable y discrepante, se reconoce, por fuerza mayor, el fracaso de las aventuras emprendidas por la creyente de unas ideologías discutibles. Sea como sea, es una hagiografía de un tono “revolucionario” chapado a la antigua. Fruto de la nostalgia y del trasnocho. Pasada de moda y anclada en la nota superada de los sesenta. Impulsada por el aparato oficial, con un afiche rojo rojito, complace el gusto de los funcionarios del PSUV. Termina convirtiéndose en un emblema indirecto de la propaganda del gobierno. La contemplamos en una función desierta. Cero rating.

El póster figuraba en la marquesina del multiplex. En estricto respeto a la ley. La gente llenaba las demás salas. Después no le echen la culpa a las cadenas de exhibición. Un tema bien complejo y delicado.   

El consumidor elige de acuerdo con sus intereses.

Las mentes paranoicas fabrican las conspiraciones (de mentira) para justificar sus imposturas y errores de cálculo.