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Federico Vegas

Chiripas kafkianas

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El escritor Haruki Murakami ha escrito un cuento con un comienzo que les resultará familiar: “Cuando se despertó se dio cuenta de que había sufrido una metamorfosis y se había convertido en Gregorio Samsa”. Me extraña que nadie antes hubiese ensayado esta inversión del cuento de Kafka. Les recuerdo la versión original de 1915: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza vio un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, vibraban desamparadas ante los ojos”.

En sus Cursos de literatura europea, Nabokov se pregunta en cuál insecto se habrá transformado el pobre Gregorio. Muchos lectores opinan que se trata de una cucaracha, pero, según Nabokov, estas son de forma plana y con largas piernas, y Gregorio ahora es de vientre convexo y piernas pequeñas. Nabokov asegura que se trata de un escarabajo. Yo prefiero la opción más popular de la cucaracha por una razón bastante personal. Cuando me despierto en las mañanas no sé si soy un hombre transformado en cucaracha o una cucaracha intentando ser un hombre.
En el cuento de Murakami aparecen ciertos pasajes que me resultan familiares: el insecto convertido en hombre se despierta en una casa vacía, abandonada por su familia, que quizás se ha marchado a algún otro país, mientras afuera lo espera una ciudad militarizada. En el cuento de Kafka las semejanzas son más fisiológicas. Ya en el primer segmento encuentro referencias directas a mis sueños intranquilos, a un porvenir monstruoso, a mi cintura abombada, a los viejos cobertores que me protegían y ahora se resbalan hasta el suelo, a mis extremidades ridículamente pequeñas para enfrentar el tamaño de mis problemas, a mis ojos tan vibrantes como desamparados. Ya lo dijo alguien hace años y entonces nos reíamos sin ninguna aprensión: “Si Kafka fuera caraqueño lo consideraríamos un escritor costumbrista”.

Hay una tradición latinoamericana que hace un poco más llevadero esto de amanecer convertidos en insectos, desde el corrido mexicano sobre una cucaracha que “no puede caminar porque le falta la patica principal”, hasta la afable y hacendosa Cucarachita Martínez, un personaje que trató de hacer feliz al Ratón Pérez y de suavizar los peores ascos y aprensiones de nuestra niñez.

Quien llevó esta sublimación más allá de la música tradicional y los cuentos infantiles fue el presidente Rafael Caldera. El día que fue elegido por segunda vez, salió al balcón de su centro de campaña, abrió los brazos y gritó con lo poco que le quedaba de aire:
–¡Chiripas de mi chiripero!

Los llamados “cuarenta años de democracia” que transcurren entre 1959, inicio de la presidencia de Rómulo Betancourt, y 1999, final de la de Caldera, pueden enmarcarse por la manera de iniciar sus discursos: desde el “conciudadanos” del primero hasta ese eufórico “chiripero” del segundo.

¿Por qué Rómulo no decía simplemente “ciudadanos”? Curiosamente, ese prefijo “con” le quita responsabilidad política al término, pues ya no se trata de un “miembro de la comunidad organizada de un Estado que posee unos derechos y está obligado a cumplir ciertas normas y deberes”, sino de un “compatriota, que tiene la misma nacionalidad que otro”. Era pues una manera más elegante de decir “venezolanos” con un ligero toque de responsabilidad y compromiso.

La palabra “chiripero” era bastante más arriesgada. Tenía un antecedente en una canción que Alí Primera lanzó en 1984: “Hacen falta muchos golpes para matar al chiripero y con uno solamente se mata la cucaracha”. Era un llamado a la unidad ante el drama de una izquierda dispersa y sin peso al contar los votos. Los asesores de Caldera decidieron arriesgarse y utilizar este calificativo, el mismo que utilizaban sus enemigos para burlarse de los residuos de partidos minoritarios que lo apoyaban. Si eres capaz de utilizar la peor de las críticas como un emblema ya nada más puede herirte.

Quién sabe como fueron las discusiones antes de tomar la decisión. La palabra “chiripa” puede referirse a una de las culturas más antiguas de la región andina o a una suerte de hallazgo afortunado, “de chiripa”, cuando en realidad se está buscando algo distinto. Sólo en Venezuela se utiliza para un tipo de cucaracha inferior a los dos centímetros y, al menos en apariencia, más abundantes. Esta imagen funcionaba bien para retratar a una mayoría desesperada, sin fe en los partidos tradicionales, pero también sugería de manera muy directa una condición repugnante. Hacía falta refinar la imagen y los asesores les impusieron a las chiripas unos guantes blancos. En un comercial de la campaña (ver en Youtube: Venezuela es Convergencia - Rafael Caldera, 1993) se les puede ver desfilando como límpidas mascotas de Walt Disney, avanzando, o más bien pululando con sus guantes impecables hacia la esquina inferior de la papeleta electoral, hasta llegar al recuadro del partido Convergencia, donde son chupadas como por un sumidero. Al final, una chiripa que además de guantes lleva toga y birrete, nos da las instrucciones de cómo votar.

Fue tan convincente que Caldera fue elegido por segunda vez.

El conciudadano transformado en chiripa aceptó esta fórmula de los guantes blancos, el símbolo de lo que más podían detestar esas mismas masas desposeídas, hartas de ser engañadas. El guante blanco representa a quien no trabaja y no le hace falta ensuciarse las manos, a quien te estafa sin necesidad de tocarte; en el mejor de los casos, al mesonero que sirve en la casa del rico. Rafael Caldera fue el patriarca de esta simbología, de este insólito y confuso arquetipo. Si bien no inventó las condiciones para su creación, sí la bendijo y la utilizó sin pudor. Su ansiedad de poder lo convirtió en el devorador de sus propios hijos políticos y en el enterrador de su partido. Su capacidad de filicidio es casi mitológica. Él le dio la extremaunción a la democracia tal como la había concebido, como un sumo sacerdote que no quería morir solo.
Revisando artículos de la época encuentro que cuando Teodoro Petkoff intentó enderezar el descalabrado programa económico de aquella resentida segunda presidencia, sus peores enemigos lo llamaron el Gregorio Samsa de la política venezolana, al servicio de la mayor de las cucarachas. Kafka ya era entones una referencia obligada. Nadie imaginaba entonces que estábamos por vivir también el microcuento de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

La imagen que Caldera ungió con sus asesores ha persistido, solo hacía falta endiosarla con la promesa de un paraíso. Hoy vivimos como chiripas que se esconden al ponerse el sol para no ser fumigadas mientras otras salen en la oscuridad a apoderarse de los desperdicios; cual chiripas acudimos a buscar comida ante los anaqueles vacíos y a exigir las limosnas que el Estado nos entrega. Pero la imagen que más persiste es la ilusión de algún día calzarse esos guantes blancos que hará a la chiripa rica y próspera sin necesidad de cambiar su condición, sin jamás rendir cuentas si sabe adular y robar bajo un disfraz de lealtad.

Gallegos decía que los venezolanos somos rebeldes a toda autoridad y esclavos de todo poder, advirtiéndonos de nuestra pretensiosa vanidad y nuestra evasiva debilidad ante los deberes y derechos que requiere vivir en sociedad. Aristóteles propuso siglos antes que solo las bestias y los dioses se pueden permitir vivir fuera de esta sociedad. En esa trampa hemos caído, y despertamos todas las mañanas sin saber si somos chiripas endiosadas o dioses estafados.

En la defensa que hace Nabokov de su tesis del escarabajo, nos explica que se trata de un coleóptero que esconde un par de alas bajo su cubierta acorazada, una facultad que Gregorio Samsa ha podido aprovechar para salir volando y abandonar a la familia que mantenía y ahora lo desprecia. En otra de sus anotaciones nos señala otra propiedad del formidable insecto: “Un escarabajo no tiene párpados y no puede cerrar sus ojos”. Estas particularidades nos incitan a pensar en nuestras alternativas: ¿Debemos volar o cerrar los ojos? ¿Abrirlos o aceptar que no podemos cerrarlos?

Una alternativa más diáfana es aceptar nuestra condición de ciudadanos, sin prefijos ni excusas, sin cuentos de hormigas ni de abejas, sin necesidad de esconder nuestras manos, sin esperar una metamorfosis milagrosa, sin miedo a despertar.