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Diego D'Sola

China: la Gran Transferencia

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Cada día parecen sumarse más acuciosos analistas al pronóstico de que China es frágil y está destinada a una brusca desaceleración económica. Ruchir Sharma, economista y autor de Breakout Nations, marcó la pauta en enero de este año cuando advirtió que China era el país más riesgoso entre los mercados emergentes. La razón es simple: en los últimos 50 años, solo 22 países han tenido booms crediticios similares al del gigante asiático. Todos sufrieron crisis financieras al poco tiempo. China, con una deuda total cercana a 230% del PIB, no será excepción. Recientemente, el Financial Times se sumó a la ola de malos augurios con un incisivo reportaje que advierte sobre un enfermo sistema bancario y sus posibles ramificaciones para la economía mundial.

Aunque bien respaldados, estos pronósticos tienden a exagerar los riesgos y a obviar la otra cara de la moneda. Yukon Huang del Carnegie Endowment, desestima las aseveraciones de Sharma y asegura que el tan criticado shadow banking en China solo representa 6% de los activos bancarios del país. China mantiene además una robusta tasa de crecimiento interanual de 7,5% (la más alta entre mercados emergentes), las más grandes reservas internacionales (3,9 billones de dólares) y un superávit en la cuenta corriente. Asimismo, el modelo económico de exportación e inversión estatal – que por 30 años impulsó el desarrollo pero que hoy muestra señales de debilitamiento – parece estar evolucionando exitosamente hacia uno de consumo interno. Según el analista Andy Rothman, 54% del crecimiento del PIB se debe hoy a consumo interno, versus menos de 30% hace apenas unos años.

Los alarmistas suelen menospreciar también la formidable capacidad correctiva que ha caracterizado al gobierno desde la apertura en 1978. Mingxin Pei, un brillante detractor del partido comunista, lleva unos 20 años anunciando el colapso del régimen debido a fallas estructurales. Su permanente error ha sido subestimar la capacidad de respuesta del Estado. De igual forma, los críticos de hoy perciben el sistema político y económico de China, cuya estructura combina capitalismo de Estado y libre mercado con régimen autoritario, como inherentemente frágil e ineficiente frente al modelo capitalista y de democracia liberal que impera en Occidente.  

Visto con frialdad, sin embargo, el panorama dista de ser uno de crisis gubernamental o financiera. Al contrario, el centro de gravitación económica y geopolítica continua moviéndose hacia Asia, y China sigue siendo el principal receptor de una enorme transferencia de poder. En 2001, Inglaterra, con una población de apenas 60 millones, tenía una economía más grande que la de China, con 1.300 millones de habitantes. La “fabrica del mundo” servía en ese entonces para poco más que vender productos abaratados. Hoy China es la economía más grande del mundo (mediada en paridad de poder adquisitivo) y unas 7 veces más grande que Inglaterra. Ejemplo de su creciente influencia fue el acuerdo firmado haces semanas entre ambos países para que China construya en territorio ingles una red de trenes bala con tecnología propia. Durante la visita oficial, el Premier Li Keqiang, segundo al mando después de Xi Jinping, exigió además una audiencia con la Reina, privilegio normalmente reservado para jefes de Estado.

Quizá el mejor punto de referencia para medir la ascendencia de China es Estados Unidos. Tanto en áreas neurálgicas como en símbolos de poder, el gigante asiático ha ido desplazando a la primera potencia. Hoy China es el principal fabricante y exportador del mundo. El país produce más ingenieros que Estados Unidos y dentro de poco más millonarios. Las compañías chinas emiten más deuda que las americanas. Los casinos de Macau son más rentables que los de Las Vegas. China es el mayor inversor en energía renovable del mundo y al mismo tiempo el mayor consumidor de hidrocarburos. El puente más largo, la represa más grande, los trenes más rápidos, se encuentran en China.

Quienes descartan el ocaso relativo de Estados Unidos citan su supremacía militar, el soft power americano y la promisoria revolución energética como ejemplos de continuidad. Pero incluso en estas áreas China avanza a pasos agigantados. Peter Singer del Brookings Institute considera que China ha acortado drásticamente la ventaja militar de Estados Unidos a través de un agresivo plan de inversión y el robo masivo de tecnologías. Singer señala por ejemplo como importantes elementos del jet F-35, el avión de combate más avanzado de la fuerza aérea americana, han sido incorporados en un modelo similar chino. En un reciente informe, el Pentágono muestra similar preocupación por un extensivo programa de drones – aviones no pilotados – de la armada china que podría contar con más fondos que el de Estados Unidos en los próximos años.

Sigilosa pero vertiginosamente, China se expande por el globo. La creación del banco de los Brics con sede en Shanghai es apenas la antesala de un gran viraje internacional. Así como el siglo XX catapultó a Estados Unidos a la cima de la riqueza y el poder, el siglo XXI promete lo mismo con la República Popular. Esta sufrirá su versión de la Gran Depresión y demás crisis económicas y políticas, pero ello no impedirá que la macro-tendencia siga su curso. Los análisis cortoplacistas nos distraen por ende del big picture: en 10 años, los hoteles más lujosos llevarán sus placas en Ingles y Mandarin. Líderes de Occidente competirán ferozmente por audiencias en Pekín. El renminbi disputará al dólar su estatus como moneda de reserva. Las trasnacionales chinas pasarán a dominar industrias y sectores. La élite del Reino Medio será acogida en el mundo entero. Esa es la Gran Transferencia, el fenómeno geopolítico más importante de estas décadas.