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“Chile ha sido visto como un ejemplo para otros países en las Américas. Pero hoy está enfrentando desafíos políticos mayúsculos por la corrupción. Es un escándalo político, no institucional. Los políticos son los cuestionados, no el sistema democrático”.

Lo decía un conocedor de América Latina, Carl Meacham, del Center for Strategic & International Studies. Estábamos en una conferencia en Washington D.C., que ya tenía un título singular: ¿Por qué Chile está de tan mal humor? Admito haberme sentido incómodo.

Mi primera reacción fue de negación. “Miren los rankings mundiales de felicidad: Chile está en el quince % superior”. No hay que confundir: no son los chilenos los que andan de mal humor, es la clase dirigente. Cuando ve cómo se desvanece esa misteriosa autoridad que le permitía invocar a la “confianza” para no tener que dar cuenta de sus actos. O se enfrenta a instituciones que se han arrancado de su tutela. O a una población que exige poner fin a privilegios propios de una sociedad oligárquica.

”Su pobre manejo de la crisis ha hecho desplomarse el prestigio de la Presidenta Bachelet. Pero aún tiene tiempo para recuperarse. Su legado dependerá de cómo salga de esta situación”. Con estas palabras cerró Meacham su conferencia.

Días atrás, en Iowa, Hillary Clinton anunciaba que una de sus mayores prioridades será “corregir nuestro disfuncional sistema político terminando de una vez para siempre con la influencia incontrolada del dinero, aun si esto implica reformas a la Constitución”. Es el mismo desafío que encara Chile.

Los partidos políticos dieron un gran paso al comprometerse solemnemente a acoger sin dilación lo que la Presidenta proponga a partir de las conclusiones de la Comisión Engel. Esto significa que podríamos estar ad portas de un rediseño institucional de enorme envergadura. Si esto se materializa, habría buenos motivos para recuperar el buen humor.