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Antonio Sánchez García

Chile, fértil provincia y señalada

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El mundo se impacta por el duelo que nos acongoja. Pero los asilados de ayer, que hoy gobiernan en la próspera democracia chilena no solo le dan la espalda a quienes reviven sus sufrimientos, sino que en un asombroso giro de la conciencia se solidarizan con los asesinos. Y quien viviera la muerte de su padre en prisión y por causas y azares del destino acaba de asumir por segunda vez la Presidencia de la República, no corre en auxilio de los reprimidos, sino del represor. Lo mismo hacen uruguayos y argentinos. Aunque usted no lo crea.


“Chile: ¿quién podrá olvidarte?

Juan Panadero de España

te cantará en todas partes”


Rafael Alberti, Coplas de Juan Panadero


1.

Conocí a Rafael Alberti, sin duda ninguna junto con Federico García Lorca el poeta español más popular del siglo XX, a comienzos de 1978. A poco de cumplirse los cuatro años del destierro al que me empujara el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende y a pocos meses de haber conocido a mi esposa, que acababa de grabar con Alberti en Italia y en España uno de los más bellos discos de su prolífica carrera: Soledad Bravo-Rafael Alberti. Un disco que obtuviera el Grand Prix du Disque de la Académie du Disque Charles Cros, de París, el Oscar de los premios discográficos, que ese año, 1979, compartieran solo dos latinoamericanos: ella, Soledad Bravo, y la pianista argentina Marta Argerich.

En ese disco, para mí una de las más deslumbrantes creaciones de Soledad, pues ella había musicalizado todos los poemas de Rafael, con excepción precisamente de las Coplas de Juan Panadero, musicalizadas por un viejo y querido amigo suyo, el cantautor uruguayo Daniel Viglietti, sobresalía el poema a “Pablo Neruda en el corazón”. Decía de los militares que acosaran y empujaran al suicidio del magistrado chileno:

“No dormiréis, malvados de la espada, cuervos nocturnos de sangrientas uñas, tristes cobardes de las sombras tristes, violadores de muertos…No dormiréis jamás, porque estáis muertos”. (http://www.youtube.com/watch?v=ldDF7AB8d0c)  

Y tratándose de una obra dominada por la pesadumbre del destierro y la muerte –Soledad había dejado su Rioja natal antes de cumplir los 7 años arrastrada por la resaca de la posguerra civil, y Alberti no regresaba aún a su Cádiz natal después de cuarenta años de trashumancia por las tierras de América, para venir a asentarse finalmente en el Trastévere acechando a la espera del renacimiento de la democracia española, justamente en donde se reunieran ambos a grabar esos poemas inéditos (soleares, coplas, sonetos)–, la presencia de Chile era permanente e inevitable. No solo por mi presencia, sino porque por esos años nadie en el mundo, y me atrevo a decirlo sin temor a exagerar, llevaba de una u otra manera luto por la tragedia vivida por “esa región antártica famosa”, en donde, como lo señalara uno de mis maestros de lecturas, Walter Benjamin, que se suicidara huyendo de los nazis al borde de entrar en España desde Francia, se había consumado de manera paradigmática el trágico encuentro del mártir y el tirano. La clásica constelación del drama barroco alemán del siglo XVII.

Soledad, de paso visitando a venezolanos amigos que seducidos por “la revolución con rostro humano” vivían en Santiago, había salido de Chile pocas horas antes del golpe de Estado del 11 de septiembre, con destino a Lima y La Habana. Y había tenido oportunidad de acompañar a su amiga Haydée Santamaría, directora de Casas de Las Américas y hermana de otro mártir, el joven dirigente estudiantil Abel Santamaría, cuyos ojos le fueran presentados a la joven y combativa intelectual cubana en una bandeja en la misma prisión en que ella se encontrara tras el asalto al Cuartel Moncada –en homenaje de Abel compondría Silvio Rodríguez “La canción del elegido”, hecha famosa en la voz del primer disco de Soledad dedicado a la Trova Cubana–, en el acto de masas celebrado en la Plaza de la Revolución de La Habana en homenaje a Salvador Allende. Por esos mismos días, en carne viva la conmoción por la tragedia chilena, grabaría en la capital cubana acompañada a la guitarra y a dúo con Silvio Rodríguez su tema “Santiago de Chile” –“eso no está muerto, no me lo mataron, ni con la distancia ni con un vil soldado” (http://www.youtube.com/watch?v=y82ptW4utEA)– y acompañada también por Pablo Milanés la canción “A Salvador Allende en su combate por la vida” y “Yo pisare las calles nuevamente” –“de lo que fue Santiago ensangrentada y en una plaza liberada, me detendré a llorar por los ausentes”–.

Chile, ¿quién podría olvidarte? Un año antes de la grabación con Alberti, en 1976, Soledad grabaría su segundo álbum dedicado a la Trova Cubana, cuyos temas emblemáticos, que dieran a conocer masivamente a Pablo y Silvio en Europa, eran precisamente los dedicados a Salvador Allende y a Santiago de Chile. De modo que el duelo que llevábamos por Chile, yo por razones obvias, Soledad por pura solidaridad y amor venezolanos a un país y a un pueblo que admiraba –Violeta Parra, ¿quién podrá olvidarla?– ocupaba todos los resquicios de nuestra vida en pareja. A unas bellísimas décimas de Violeta, “Ríos de sangre”, dedicadas a la España “de la reja, la tortura y la mordaza”, como diría Alberti, Soledad le agregó una última estrofa que expresaba de la manera más cabal lo que sentía por mi patria de nacimiento: “Aquí les vengo a decir que mi canto no termina/ pues la canalla asesina  ha sometido al país/ se desangra nuestra tierra y peligra el continente/ se incendia la cordillera un día 11 de septiembre/ Y Chile sigue llorando a don Salvador Allende/ Y el mundo sigue llorando a don Salvador Allende”. El mundo, por entonces y hasta muchos años después, siguió llorando a don Salvador Allende. ¿No era como para que los demócratas chilenos lo agradecieran por los siglos de los siglos?


2.

Volvimos ambos por primera vez a Chile en la comitiva que acompañaba al presidente Carlos Andrés Pérez a la asunción de mando del primer presidente de la nueva era democrática del Chile posdictatorial, don Patricio Aylwin. Satisfacía el presidente Pérez, un demócrata a carta cabal y hombre de inmenso corazón venezolano, quien diera alma, corazón y vida por abrirles los brazos de Venezuela a los perseguidos de la dictadura y pusiera todos sus empeños en coadyuvar al reencuentro de las fuerzas democráticas chilenas que hacían vida en Venezuela –inolvidable el encuentro celebrado en junio de 1975 en la Colonia Tovar, donde de hecho naciera la Concertación chilena, bajo el auspicio, el resguardo y el financiamiento del gobierno venezolano y la Fundación Friedrich Ebert, de la socialdemocracia alemana–, el expreso pedido de factores cercanos a Patricio Aylwin para que lo acompañara a Chile Soledad Bravo. Le agradecían el que durante los 17 años transcurridos desde la tragedia, Soledad –y soy testigo de excepción, pues la he acompañado en todos ellos– no diera uno solo de sus incesantes conciertos, donde quiera se presentara, en cualquier país de América o de Europa, sin cantarle a Salvador Allende, a Santiago de Chile, a Violeta Parra. Ni siquiera cuando, por imperativo de sus propias pulsiones existenciales, se abriera a la música popular del Caribe y sus conciertos fueran un despliegue de su sorprendente versatilidad: siempre hubo un lugar a la reflexión, a la comunicación íntima, al dolor por un pueblo aherrojado. Se entendía el agradecimiento de aquellos desconocidos funcionarios de la Cancillería chilena que se inauguraba en la diplomacia democrática pidiendo la presencia de una venezolana amante y defensora de su patria.

El reencuentro fue muy emocionante. Nos esperaba en la escalerilla del avión presidencial Enrique Silva Cimma, primer canciller de la democracia chilena y venezolano de corazón: había vivido en Caracas y, hombre cabal y agradecido, sabía lo que nuestros gobiernos –todos, sin excepción ninguna– habían hecho por los demócratas chilenos. Sin pedir nada, absolutamente nada a cambio. Ya se tratase de iguales –democristianos o socialdemócratas– o militantes de la ultraizquierda. En ese vuelo, acompañados por la grata presencia del vicealmirante Mario Iván Carratú Molina, jefe de la Casa Militar, todos los pasajeros tenían que ver de una u otra forma con la resistencia chilena: desde José Vicente Rangel y su esposa, la chilena Ana Ávalos, hasta Diego Arria, amigo íntimo de Orlando Letelier, cuya liberación obtuviese y cuyos restos, luego del atentado de los servicios de inteligencia de Pinochet que le cegaran la vida, trajese a Venezuela y luego repatriara a Chile por propia iniciativa de amistad y afecto. Pastor Heydra, que viviera en el Chile de la Unidad Popular. Y desde luego el canciller Reinaldo Figueredo, que solía entregarles por orden de Carlos Andrés Pérez los fuertes estipendios en dólares a quienes, sin siquiera vivir en Venezuela, sino en México, venían a solicitarlos a Caracas. Han ocupado luego puestos de alcurnia en los gobiernos de la Concertación, tanto en ministerios, como en embajadas y organismos internacionales.

Una extraña y para mí siempre incomprensible frialdad fue distanciando de nuestro país, sus tribulaciones y desventuras a quienes fueran tan fraternal y generosamente recibidos, acogidos y respaldados por el ancho e infatigable corazón venezolano. Por insólito que parezca, gracias en gran medida a las políticas implementadas por la dictadura, respetadas y continuadas luego por todos los gobiernos de la Concertación, Chile salió de la más profunda ruindad y la más agreste devastación material y espiritual para enriquecerse como nunca antes en sus quinientos años de historia. El país que al 11 de septiembre no valía un centavo –y no es una metáfora, es una cruda e irrebatible realidad– se convirtió gracias a la visión, laboriosidad y esfuerzo de sus élites en una de las naciones más prósperas de la región. Si en 1973 no se encontraba muy lejos de Cuba en represión y miseria, hoy golpea de pleno derecho los portales del primer mundo. Ha alcanzado un IPC de 20.000 dólares. Mientras en la Cuba de Fidel Castro el promedio del ingreso anual de un trabajador no supera los 250 dólares.


3.

El mundo, dice la sabiduría popular, da muchas vueltas. Y la Venezuela de hoy vive las tribulaciones y el drama que trajera a los náufragos de Salvador Allende a la próspera y democrática Venezuela. En tan solo un mes han sido asesinados por la dictadura de Nicolás Maduro 28 jóvenes venezolanos que manifestaban por la libertad. El mundo se impacta por el duelo que nos acongoja. Pero los asilados de ayer, que hoy gobiernan en la próspera democracia chilena no solo les dan la espalda a quienes reviven sus sufrimientos, sino que en un asombroso giro de la conciencia, se solidarizan con los asesinos. Y quien viviera la muerte de su padre en prisión y por causas y azares del destino acaba de asumir por segunda vez la presidencia de la república, no corre en auxilio de los reprimidos, sino del represor. Lo mismo hacen uruguayos y argentinos. Aunque Usted no lo crea.

De niño escuchaba en la escuela pública 199, cercana a nuestra humilde vivienda de la calle San Luis, en el barrio Independencia de Santiago, donde en dos cuartos vivíamos siete hermanos y mis padres, hablar no sin cierta amargura de lo que mi inolvidable maestra, doña Elsa Santibáñez, llamaba “el pago de Chile”. La ingratitud con que se tratara a dos grandes entre los grandes, la poetisa y Nobel de Literatura Gabriela Mistral, y el inmenso y fabuloso pianista, uno de los mejores intérpretes de Beethoven, Claudio Arrau. Hay muchos más: el poeta Vicente Huidobro, el pintor Roberto Matta, y tantos otros. No encuentro otra explicación que esa tara genética de la ingratitud nacional ante el desapego, el desinterés, incluso la apatía y el desprecio con el que quienes más afecto y medios recibieron de Venezuela, la izquierda chilena, se hayan volcado a respaldar la dictadura de Nicolás Maduro. Volviéndole la espalda a la democracia a la que, en muchos casos, hasta deben sus vidas y las de sus hijos.

Michelle Bachelet es un caso ejemplar de ingratitud, si bien no recibió los privilegios del trato venezolano. Pasó los amargos tiempos del exilio en la Alemania comunista, protegida por el mecenazgo de la más abyecta y sumisa de las dictaduras estalinistas. Pero seguramente está enterada del trato que sus compañeros del Partido Socialista recibieran en nuestro país. Sobran quienes podrían darle cuenta del caso: el ex secretario del Partido Socialista chileno y embajador de Chile en España Gonzalo Martner, cuyo padre y familia se avecindaran por años en la Venezuela democrática; el periodista Carlos Jorquera, portavoz de Salvador Allende; Sergio Bitar, ex ministro y presidenciable que aún mantiene familia y negocios en nuestro país; Juan Somavía, ex embajador de Chile en Naciones Unidas y secretario general de la OIT, becado por Carlos Andrés Pérez para auxiliarlo en el sostén del organismo comunicacional que gerenciaba en Ciudad de México; Aniceto Rodríguez, junto a Salvador Allende líder indiscutido del Partido Socialista chileno, que se convirtiera en un venezolano y fuera recompensado con la primera Embajada del Chile democrático en nuestro país y una de cuyas hijas ha respaldado con entusiasmo a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro en Chile. Y me limito solamente a mencionar algunas de las personalidades del Partido Socialista por ser el partido de la actual presidenta. De nombrar a miristas, radicales y democratacristianos necesitaría el especio del que no dispongo. No cambiaría en nada: la ingratitud de los chilenos es demasiado ancestral, inveterada y populosa como para insistir en el tema.

Basta con tenerlo presente. Pues lo mismo podrían contar un uruguayo, un boliviano, un peruano, un ecuatoriano y, desde luego, un argentino. Vivieron por decenas de miles en Venezuela para sortear la prisión, la persecución y las balas. Ya lo olvidaron. Lo mismo han hecho cientos de miles de colombianos, que han liberado a su país de un inclemente peso sociológico y económico labrándose su futuro en Venezuela. La economía de la memoria recomienda mantenerla limpia de comprometedores recuerdos que requieran elementales agradecimientos. Más vale esconder la mano que recibió la desinteresada dádiva. Cuarenta años después de sus tragedias, sus cancilleres pretenden venir a darle una manito al tirano en desgracia que ensangrienta las calles de Caracas, de Valencia, de San Cristóbal, de Maracaibo, de Ciudad Bolívar, de Puerto La Cruz. Usando incluso la mano de obra gansteril y represiva de la soldadesca cubana.

Los recibirá un pueblo que está aprendiendo la amarga lección de la ingratitud con que sus vecinos pagan su generosidad. Y se engrandece en el dolor de su solitario sufrimiento. La historia siempre recomienza. Y como el mundo seguirá dando vueltas, puede que un día no muy lejano reciban el pago de Venezuela.