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Leopoldo Tablante

Cheo Feliciano, o el plano de la bonhomía

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Tuve la suerte de conocer a Cheo Feliciano en París el jueves 15 de enero de 1998. Me encontraba escarbando datos para mi tesis de doctorado, sobre la evolución comercial de la salsa desde comienzos de los años setenta, y algún conocido me llamó para decirme que los miembros de las Estrellas de Fania y su representante, el fallecido empresario dominicano Ralph Mercado, se encontraban alojados en un hotel llamado Beverly Hills, a una cuadra de los Champs Élysées.

El vestíbulo del Beverly Hills era un hervidero de hombres latinos pícaros que se turnaban la botella, improvisaban chistes con doble sentido y especulaban entre risas sobre la ausencia del trompetista de la orquesta, quien se había ido a fumar a la calle para disfrutar, con humo en los ojos, de la visión postal del Arco del Triunfo. Con la excepción del exvocalista de Eddie Palmieri, Ismael Quintana, y de José «Cheo» Feliciano, todos se desgastaban en el compromiso de una fiesta eufórica antes de su concierto, al día siguiente, en la sala Le Zénith, en La Villette. Cheo vivía de la rumba y de los escenarios, pero desde hacía al menos veintisiete años que había resuelto asumir su condición de salsero con el sentido del equilibrio y la elegancia de quien, como apuntara César Miguel Rondón en su Libro de la salsa, visitó el infierno y tuvo la fortuna de volver.

En el documental Our Latin Thing (Nuestra cosa latina), rodado en Nueva York en 1971 por el ganador del Oscar al mejor documental en 1996, Leon Gast, Cheo Feliciano le responde a Symphony Sid Torin, discjockey especializado en jazz, latin jazz y salsa, qué se siente estar de regreso en Nueva York para participar en el concierto de las Estrellas de Fania en la legendaria sala de espectáculos Cheetah. Su respuesta, entusiasta pero prudente, revela la persona en que se convirtió luego de superar su adicción a la heroína con la ayuda que recibió de Hogares CREA, en Puerto Rico, entre 1969 y 1971: «Estuve con mi gente allá, pero esta es mi gente también y yo también la extraño».

Así como el talismán de Celia Cruz fue la palabra «azúcar», el de Cheo Feliciano fue «familia», contorno afectivo de la salsa. Esa familia podían ser las comunidades puertorriqueñas de Nueva York o de Borinquen, pero también las de cualquier ciudad hispana donde hubiera grandes mayorías igualadas en el modo de vida, informal y plebiscitario, del barrio latino. Cheo Feliciano actuaba como el líder aterciopelado de los caseríos y, como lo señala el escritor Edgardo Rodríguez Juliá en su crónica sobre la muerte del percusionista Rafael Cortijo, en 1982, con solo decir «¡familia!» era capaz de amansar un duelo tan caótico como el de la multitud arremolinada en torno del féretro de Cortijo para orientarla en relativo orden al cementerio. De su mentor, Tito Rodríguez –para cuya orquesta fue percusionista–, Cheo absorbió la habilidad de sonreír, seducir y reconfortar.

En el Beverly Hills, Cheo me concedió veinte minutos en los que intenté averiguar sobre el ambiente presalsero de los años sesenta, el boogaloo, su relación con los ejecutivos del sello Tico (principalmente con su dueño de entonces, Morris Levy, con fama de usurero y mafioso), las sesiones de grabación de histeria inducida (como la de «El pito» del Joe Cuba Sextet, del disco ¡Estamos haciendo algo bien!), en suma, la contracultura nuyorican que, desde 1971, fraguó en el movimiento afrolatino que Jerry Masucci, aconsejado por el periodista Izzy Sanabria, comenzó a llamar «salsa». Cheo sobrepuso lo general a lo particular: lo importante que había sido la salsa para forjar la identidad del Nueva York latino y de los barrios pobres del Caribe hispano, su flexibilidad estilística, su onda expansiva global, una falta de detalles que hablaba de sus reflejos de autopreservación y de cortesía. Habría podido negárseme, improvisar un compromiso, cualquier cosa. Pero ahí se quedó, hablándole con sabiduría a un inocuo periodista venezolano y, sin querer, enseñándole a calcular el plano de inclinación necesario para vivir de frente, sobre rieles y sin miedo a las fisuras de la naturaleza humana.