• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Guillermo Lousteau

Chavismo democrático: ¿incoherencia o problema de palabras?

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Carlos Vecchio ha afirmado, en una entrevista con Diario Las Américas  que “tenemos que contar con el chavismo democrático, con aquéllos que no están de acuerdo con lo que está pasando en nuestro país... para encontrar una solución a la crisis que vive el país”.

En un panel celebrado unos días antes, ya había adelantado este concepto como plataforma de Voluntad Popular, presidido por Leopoldo López.

A raíz de esa frase, un editorial del diario, dice que hablar de “chavismo democrático puede resultar, además de ingenuo, algo tremendamente contradictorio”. Es así, ¿o resulta sólo un mal uso de las palabras por parte de Vecchio?

Es posible que la elección de las palabras no haya sido acertada. Tiene razón el editorialista cuando marca las características del chavismo que lo hacen incompatible con un sistema democrático. Pero creo que a lo que se estaba refiriendo Vecchio es algo distinto.

Cuando se hace análisis de lo que ocurre un Venezuela, suele hablarse de un chavismo core y de un chavismo light. El primero estaría compuesto por aquellos partidarios del sistema tal como funciona, mientras que el segundo comprende a los venezolanos que se sienten reconocidos y agradecidos por la atención que el Gobierno les ha prestado, pero no comparte los abusos autoritarios, la persecución política ni la presencia e injerencia de los cubanos. Cuando Vecchio aclara que hay que contar con “los que no están de acuerdo con lo que pasa en el país”, seguramente está aludiendo a este segundo grupo, al que habría que proponerle algo distinto y atractivo y con el cual hay que contar para la solución y al cual le atribuye rasgos democráticos.

El chavismo core, según las encuestas se sitúa entre el 28 y 30%, mientras que es más difícil de calcular al otro. Aparte de lo acertado de las denominaciones, el planteo es válido. En la ciencia política moderna, y con origen en la antropología cultural, hoy se distingue entre sociedades que se manejan por consenso y sociedades que se imponen por simple mayoría, sin respeto a las minorías. Si lo que se busca es una sociedad abierta, democrática en el sentido liberal de la palabra, es necesario contar con una disposición general a aceptar ciertas reglas básicas. Por supuesto, esto plantea la disyuntiva eterna que la teoría democrática todavía no ha resuelto: cómo manejarse democráticamente con las ideas antidemocráticas.

Pero al margen de esta disyuntiva y las apreciaciones morales, en el caso se plantea además, un problema de resultados políticos que se refieren al futuro de Venezuela.

Algo similar ocurrió a la caída del peronismo en 1955. En la revolución que derrocó a Juan Perón confluían dos tesis sobre qué hacer con los peronistas. Para el jefe del movimiento, el general Lonardi, la política a seguir fue enunciada con la frase con que asumió la presidencia: “Ni vencedores ni vencidos”, que implicaba perseguir sólo a los autores de delitos y no a los seguidores de Perón en general.

A tan sólo dos meses de Gobierno, Lonardi también fue derrocado y asumió la presidencia otro general, Eugenio Aramburu, quien conjuntamente con el vicepresidente, el almirante Rojas, se propusieron acabar con el peronismo, al cual proscribieron. Incluso se llegó a prohibir por decreto (el infausto decreto 4161) el sólo hecho de mencionar el nombre de Perón, por lo cual los diarios debieron buscar cuanto sinónimo era posible para referirse a él.

La proscripción del peronismo se mantuvo por muchos años, provocando la inestabilidad de presidentes elegidos por votación popular pero sin participación del peronismo, que se limitaba a votar en blanco.

Hoy, a casi 70 años de ese episodio, el peronismo tiene un protagonismo político decisivo en la Argentina. Esa parte de la historia reciente argentina debiera servir de ejemplo sobre la actitud a adoptar cuando se presente la necesidad de reconstruir a Venezuela.