• Caracas (Venezuela)

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Gustavo Tovar

Chávez se retuerce y yo me río…

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“Todo aquel que piense que la vida siempre es cruel

tiene que saber que no es así

que tan solo hay momentos malos y todo pasa”.

Celia Cruz

 

¿Chamuscado o quemado?

Debo intentar escribir una crítica seria, concienzuda, que abomine la presión que se ejerció sobre nuestro admirado Luis Chataing para sacarlo del aire. Haré un esfuerzo, pero es difícil.

Me preocupa que al final esta parodia dé un giro inesperado. Hablar de dios o del diablo, relacionarlos con Chávez, es arriesgado, me meto en una incendiada camisa de once varas.

¿Saldré chamuscado o será simplemente que soy un quemado?

 

En la quinta paila del infierno

Si ese lugar en llamas conocido como el infierno existiese ahí está Hugo Chávez Frías retorciéndose.

Lo sé, estoy seguro.

En primer lugar porque el paso del sátrapa por la faz de Venezuela fue una devastación apocalíptica, lo arruinó y pervirtió todo. Sus últimos retratos confirman su asombrosa semejanza con la luz bella de las tinieblas, el tenebroso lucifer. Se acercaba moral y físicamente a él, ¿o no?

Si fuese un educador en teología usaría los retratos de la deformación física de Chávez en los que aparece deformado, calvo, con la nariz aguileña, las orejas puntiagudas y una sonrisa afectada por la malicia para mostrar la estampa psicológica del mal.

Así se deforma un ser humano cuando vende su alma al diablo para preservar el poder.

En segundo lugar sé que Chávez está retorciéndose, carbonizándose de arrechera porque desde el sartén del fuego y la expiación donde se encuentra debe estar viendo cómo Diosdado Cabello toma control del régimen que él instauró, a paso de vencedores.

Sabemos que Chávez detestó a Diosdado hasta el último de sus días, lo hizo público ante la Asamblea Nacional donde, ya enfermo, señaló que su voluntad era que Diosdado no la presidiera.

Esa fue la última batalla política que Chávez perdió, la batalla que lo llevó a la tumba.

 

Los tres chiflados

No sabía que Diosdado Cabello tenía un show televisivo. Tampoco sabía que se denomina Con el mazo dando. Juro que cuando escribí mi artículo “Diosdado, el cavernícola” no lo hice inspirado en ese bodrio mal producido, chapucero y de baja ralea comunicacional; fue más una intuición que una conclusión.

Los hechos –y su gordinflona pendejez– confirman mi alegoría. No me equivoqué, Cabello no es un revolucionario, es el eslabón perdido del siglo XXI: un mofletudo chiste.

Me contenta que Diosdado se esté apoderando del liderazgo político del régimen. Su torpeza y su ilustre corrupción son harto conocidas dentro de las filas chavistas. Es más detestado por ellos que por los opositores.

Diosdado destruirá con su mazo no al país (ya este está destruido), sino a la revolución chavista que agoniza, pero permanece viva. No quedará piedra sobre piedra. Este tipo a quien Chávez aisló en vida, a quien despreció y arrinconó por corrupto (la familia Chávez sabe muy bien lo que digo), es un glotón del poder y de las riquezas que este ofrece.

Esta semana cuando vi una repetición de su programa junto a Jorge Rodríguez y Tareck el Aissami me regocijé, supe que los tiempos finales del chavismo estaban contados.

Entres los tres anunciaron con fuegos artificiales, bombos, platillos y expectativa de fin de mundo, el capítulo “Las pruebas” de la última serie de TV “El magnicidio” (que suplantó a la otra telenovela: “La fiesta mexicana”).

Lo vimos, lo escuchamos y lo único que nos vino a la mente fue la serie de TV gringa: Los tres chiflados, en la cual, como sabemos, sus corajudos y valientes personajes nunca estuvieron conscientes del hazmerreír que causaban.

Traté por todos los medios de evadir la imagen de Moe, Larry y Curly, pero no pude. Ellos cumplían con chistosa seriedad su papel de detectives, mientras el público se desternillaba de risa.

Perdonen mi indolencia ante una serie de televisión que se supone debe ser de suspenso –y no una comedia– como la serie “El magnicidio”, pero mientras Rodríguez, Tareck y Diosdado hablaban yo lo único que intentaba dilucidar era quién entre ellos era Larry, quién Moe y quién Curly (o en todo caso, Shemp).

Me rebané los sesos, fui atento a cada gesto, a cada chiste, pero no lo logré. Me fue imposible. Cualquiera de los tres podría representar indistintamente a alguno de los chiflados.

Me sentí mal e incluso dudé de mi capacidad como crítico de farándula de televisión, solo un anuncio logró sacudir mi atención: el arma asesina del magnicidio sería presentada como exclusiva.

 

La tarjeta de crédito

El momento culminante de mostrar la prueba infalible del magnicidio llegó: el arma peligrosa que asesinaría a Nicolás Maduro era la tarjeta de crédito negra –sí, negra, negrísima– de Diego Arria.

¡Coño! ¡Qué giro más inesperado! ¡Qué sorpresa!

Estallé de la risa como tenía años sin hacerlo. Ni Moe, ni Larry, ni Curly lograron jamás algo semejante. Celebré, aplaudí, reconocí el talento del régimen para desternillarme a carcajadas.

¡Una tarjeta de crédito la prueba del arma magnicida! Genial, verdaderamente genial.

Además, el trato fotográfico que le dieron al arma magnicida, los acercamientos de enfoque, su peligrosa numeración, la imagen brillosa de su maldad, la historia de vaqueros “Wells Fargo” descubierta en la esquina derecha –¿era la izquierda?–, la tensión psicológica que producía el plástico criminal…, todo un logro telenovelesco, los tres chiflados lo hicieron: la prueba del magnicidio había sido encontrada y delatada por TV.

(En este punto de la narración me asalta una risa incontrolable, no puedo detenerla, recordar el arma magnicida me induce un severo, imparable, ataque de risa…, perdonen, no puedo…, la risa sigue…, coño, cómo la paro, tengo que escribir una conclusión…, no puedo, sigo riendo…, Chávez se retuerce en el invierno…, digo en el infierno, se retuerce pero de risa…, él también fue un jodedor imparable…, Cabello el cavernícola…, sigue la risa, no para, coño, cómo la paro…, los tres chiflados…, el infierno…, la risa no para…, no la puedo parar…, Chataing mostró ante las cámaras cómo se crea una prueba…, Dios…, no paro de reír, la prueba de los tres chiflados superó la de Chataing…, sigue la risa, me espera el infierno por semejante blasfemia…, es un tema serio el magnicidio pero qué hago con tanta risa, incontenible risa, no puedo parar, mejor dejo de escribir…, será para otra ocasión…, la prueba, la tarjeta…, coño…).

 

Posdata conclusiva

Recuperado en cierta medida el aire, descubro que todo esto se debió a un problema de rating…, “los tres chiflados” Rodríguez, Tareck y Cabello no permitirían que Luis Chataing los superara, sus “chistes malos” fueron derrotados por el “buen chiste” de nuestros Larry, Curly y Moe.

Me metí en la camisa incendiada de once varas y nunca dilucidé quién era quién entre los tres chiflados. No lo logré. No puedo ser crítico de farándula, necesito algo serio que comentar.

Venezuela es un Carnaval y las penas no se van ni cantando…