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Juan Barreto

Chávez, potencia revolucionaria

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Enseña Zarathustra: “Voluntad es el nuevo nombre de la alegría liberadora, así se llama el mensajero de la alegría que en el querer crea y anuncia nuevos valores”. Voluntad de poder es voluntad de crear una nueva verdad que, como dijera Nietzsche, “aceche y ponga en peligro a la verdad establecida”. Es una fuerza activa que libera de toda potencia reactiva y que llega hasta el final de su propósito construyendo devenires que superan la decadencia de las cosas. Lo he deletreado en todos los sentidos, por el final y por el principio. Es el arte de la filigrana, es un sentido del tacto y de la comprensión que permite al instinto distinguir el matiz, lo que caracteriza a la nueva voluntad, que hace posible el poder sobre una negación y una afirmación nunca reactivas.

El eterno retorno de esta voluntad sobre sí misma, es la que asegura cualquier transformación de la negación en voluntad de afirmación. Dirá Deleuze: “El poder de la voluntad de afirmarse sobre las miserias del dolor, es la suprema metamorfosis dionisíaca y constituye la cumbre de la doctrina del eterno retorno”. El hombre activo y libre no sólo responde a la autonomía de su goce y su libertad. No se trata entonces del individuo, el de la moralina burguesa: Cauto, temeroso, ordenado y disciplinado. Se trata de un ser consciente de su responsabilidad en relación con la conservación de su libertad, en tanto es libertad de los otros, y desde allí es capaz de hacer cualquier sacrificio, aunque pase por la paradoja de poner en peligro su propia libertad individual inmediata. Este pensamiento coincide con Spinoza y cómo él entiende la salvación: la superación de la concupiscencia a favor de la generosidad. Es decir, reconocerse genérico, como parte de un género y desde allí construir el goce y la libertad, sin que ello implique dolor o sacrificio.

El revolucionario es un hombre nuevo, responsable de sí mismo en los otros. Darse a los demás como goce supremo, pues no hay mayor libertad que no sea la alegría de vivir instalado en el goce autónomo de la voluntad, en el goce del otro. Es a esta visión de la vida, lo que se conoce como vitalismo nietzscheano. Una visión del mundo constituida de tal modo, no admite tristeza ni resentimiento.

En una oportunidad le pregunté a un amigo de la montaña, a un guerrillero de siempre, cómo había soportado ocho años de cárcel sin frustración ni resentimiento, y cómo su vida plena negaba el odio al enemigo. Entonces me habló de las convicciones, la esperanza, la alegría y los sueños compartidos. Allí visualice a Chávez como esa potencia, como una subjetividad política que se enlaza y se hace carne y cuerpo con la alegría como voluntad de poder, como potencia del existir y del actuar; que celebra el experimento maravilloso de la vida desde una filosofía de la plenitud, como potencia revolucionaria.

Tengo la certeza de que los hombres y las mujeres que hoy se forjan con la revolución bolivariana, liderada por el camarada Hugo Chávez también lo sienten así. Es crear una nueva voluntad de poder, liberar las prácticas y, con ello, las subjetividades que ellas construyen. Trazar estas líneas de fuga con la perseverancia en el ser… dispositivo elemental de la vida afectiva, empeñado en buscar lo que es útil a todos, es también el devenir común del comunismo de la vida cotidiana, lo que Marx gustaba en llamar socialismo, el lugar donde mora el goce de seres libres, dejándose llevar por el río del devenir revolucionario. Un devenir activo distinto de la soledad que conocemos. Otro devenir, otra sensibilidad, otras prácticas: El horizonte común, construcción de la democracia radical, la siembra de valores revolucionarios, cuya suma de felicidad será cosecha para el mañana.

No confundan, cipayos, la tranquilidad del agua mansa.