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Alberto Barrera Tyszka

La condición sentimental

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Estoy un poco harto de que nuestros líderes políticos hablen tanto del amor. A veces siento que se me empalagan las orejas. No pueden declarar sobre cualquier tema sin entrar, de inmediato, en el ámbito de los sentimientos. Ya parece una pauta publicitaria. Mientras usted lee estas líneas, de seguro más de un líder oficial nos habrá dicho varias veces que nos ama, que este gobierno sí nos quiere de verdad, que siempre tienen los brazos abiertos, esperándonos. No te resistas, capullito de alhelí.    

Si están inaugurando una fábrica procesadora de salchichas de cerdo en Mapararí, ahí aparece un funcionario, empuñando un micrófono, listo para soltarse a hablarnos de este cariño que les tengo, de estos chorizos con picante que son puro amor. Si hay una entrega de viviendas en el estado Anzoátegui, no tarda en salir frente a las cámaras un alto dirigente a recordarnos que todo esto es producto de tanto amor, pura ternurita en cada bloque. Si anuncian un plan para cambiar las tuberías de aguas negras en Mendoza Fría, no pela la cámara un gobernador o un alcalde diciendo que todo lo que vendrá no es trabajo sino sentimiento. Y si le entran a puñetazos y patadas a los parlamentarios de oposición, luego sale más de uno con cara de arruchadito invocando la paz y la armonía, el afecto que sentimos por todos los venezolanos, sean del color que sean, de cualquier tendencia. Déjate querer, María Corina. 

Algunos líderes son galanes de clóset. Tienen una secreta vocación de protagonistas de telenovela. El hombre nuevo también puede parecerse a Raúl Amundaray. Hablan como si estuvieran en una permanente declaración romántica. Esta nueva modalidad de lo que llaman “gobierno de calle” les permite, además, estar todo el día en la pantalla, en plan de cortejo, recordándonos el tamaño enorme de su corazón, repartiendo besos y promesas. Cualquiera termina pensando que gobernar y salir en televisión es la misma cosa. Tenemos una cita: corronconchita, nos vemos en la cadena.

Esta, sin duda, es una de las más claras herencias de Hugo Chávez. Aprovechando su carisma, melodramatizó la política e infantilizó la relación de los ciudadanos con el poder. Fue parte de su método, de su fórmula para concentrar cada vez más control y mando en nuestra sociedad. Creó una nueva representación del poder, una representación afectiva, contaminada todo el tiempo con su identidad personal. Chávez se propuso a sí mismo como nueva encarnación del Estado. Hizo de la institucionalidad un ejercicio subjetivo. Redujo la dimensión política a una relación sentimental con él. Impuso su yo como la única mayúscula del país. Chávez te da su plata. Chávez te da su dignidad. Chávez te da su conciencia. Chávez te da su discurso. A cambio no quiere nada. Sólo te pide tu corazón.

Una amiga oficialista con la que discuto con frecuencia siempre encuentra en este espacio su último argumento: según ella, el fallecido presidente sentía “de verdad”. Los demás, no. Ahí termina cualquier posible debate. No hay discusión ideológica capaz de llegar a ese nivel de certeza íntima. La sentimentalidad convertida en razón ontológica, en prueba de fe, en evidencia científica. Sé que me ama: se lo veo en los ojitos. 

Chávez metió la política dentro de una rockola. Nos hizo creer que la gerencia pública es un asunto estrictamente amoroso. Que elegimos gobernantes para que nos quieran más y no para que gobiernen mejor. Y así nuestra historia pasó a ser un cuento maniqueo y moralista, donde el galán noble salva a la víctima de los villanos salvajes y despiadados. Era un triángulo simple y, sin embargo, muy eficaz. Pero ahora que él falta, el espectáculo ya no es igual. El coro, desesperado, sigue repitiendo el estribillo, tocando la misma canción, tratando de que la música no se detenga. El chavismo sin Chávez parece un bolero que perdió su feeling.

Suelen los actores y actrices preferir los papeles de malvados. Los personajes de malos son más complejos, creativos; ofrecen interesantes retos dramáticos. Los personajes de buenos son muy engorrosos. Expresar y contagiar amor es sumamente difícil. Sobre todo si el objetivo son miles de personas. De manera más natural y directa, sale la rabia, el resentimiento, el rencor. Pero construir la ternura y mostrarla para conmover a un público es todo un desafío. Esa era la especialidad de Chávez. Lo logró con buena parte de la audiencia venezolana. Y eso es, justamente, lo que no tiene ninguno de los que desean sustituirlo. No se les da el sentimiento. Rápidamente, el amor se les ha vuelto una retórica. Y ante el menor conflicto, salta su propia naturaleza: ¿qué hacen ustedes allá protestando? ¿Acaso no deberían estar aquí, suspirando entre mis brazos? ¡Aunque sea a golpes, los voy a enseñar a quererme, carajo! 

Si quieres conocer la condición sentimental de este gobierno, bájale volumen a la cadena. Pregúntate dónde y cómo está ahora el general Antonio Rivero.