• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sócrates Ramírez

Chávez panóptico

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Dentro de «1984 en mil novecientos ochenta y cuatro» Manuel Caballero termina por preguntarse si en su tiempo tendría alguna razón el pesimismo orwelliano. Muerto Stalin y Mao creía desaparecida la materialidad del Gran Hermano, y aunque su año transcurría en «el peor de los mundos posibles» con toda propiedad ponderó 1984 como un mejor transcurso comparado con el año en que Orwell escribió su célebre distopía. En aquel momento lejos estaba Caballero de atisbar (como cualquier venezolano de entonces) que una de las contribuciones criollas al imaginario político occidental sería revivir a principios del siglo XXI la iconografía del big brother y la sensibilidad de una sociedad vigilada.

La mirada panóptica de Chávez es la superación de cualquier forma estética de control que haya creado la imaginación política nacional. Un muerto cuyos ojos penden de cualquier altura insinuando que ve y sabe todo lo que usted hace, que desde la cumbre ordena y controla el desastre. Pero en el dechado de picardía y fanfarria que somos he percibido en el transeúnte cualquiera, en el desprevenido, cuando no la manifiesta indiferencia, una suerte de sorna que celebra en los ojos vigilantes una inteligente caricatura, como quien valida con su risa que el mayor talento del socialismo es colorear la opresión y la vileza. Solo la risa y el desdén me permiten explicar la abulia general ante la masiva reproducción de la siniestra mirada. Habrá quien no se inmute porque el ícono no le dice nada.

La conversión de hecho de estos ojos en una imagen nacional es un problema que trasciende la selectiva sensación de control. La mirada vigilante de Chávez es en Venezuela un símbolo equivalente a la esvástica en la Alemania nazi. No se trata de una pinta urgente, o de una propaganda electoral que quedó. Al igual que la cruz gamada hitleriana representa la mixtura simbólica entre el partido que gobierna, el Estado y lo que la sociedad en general está obligada a mirar (otros, incluso a portar). Elegida como símbolo del partido nazi, das Hakenkreuz, se convirtió en la bandera nacional alemana entre 1935 y 1945.

Conocimos la mirada como imagen electoral en la campaña presidencial de 2012, cuando apareció estampada en las franelas de colores que regalaban a sus adeptos. Desde el agravamiento de la salud del Supremo, portar cualquier atavío con el dibujo de sus ojos pasó a ser un gesto de lealtad y solidaridad, todavía limitado a los suyos y a quienes controlan desde el empleo y la prebenda. Luego, el ícono mudó de jerarquía para convertirse en reliquia general de un presidente muerto en carrera de santidad. Junto a él, otros símbolos se aparejaron y extendieron, como el brazalete tricolor que usaron los militares golpistas del 4 de febrero. El brazalete, que bien es una prenda representativa de quienes se arrogaron el deber de asesinar la democracia, fue el accesorio ritual del funeral presidencial usado por los representantes de las más altas instituciones del Estado. Hoy es de uso corriente dentro del PSUV, en ceremonias oficiales de la nación y dentro de las Fuerzas Armadas.

Los ojos actualizan nuestra simbología del personalismo, dan cuenta de la hegemonía iconográfica que sin resistencia el partido de gobierno ha cernido sobre el país entero. Para la sobrevenida elección del 14 de abril de 2013 el CNE autorizó la incorporación del Chávez panóptico y de su firma en la tarjeta electoral del PSUV, convirtiéndolo oficialmente en la imagen del partido. Gracias a la voracidad de la delincuencia estética, como si se tratara de un espectáculo dispuesto para los mismos agentes en genuflexa contemplación, la imagen salta del tarjetón socialista a la azotea del edificio administrativo de la Asamblea Nacional, del partido al Estado y de ahí al pasivo mirar de todos.

Con el ímpetu de un robo público la mirada va cobrando espacio, haciéndose común, rutinaria. Cuando Chávez mire sin tapujos desde el techo del TSJ, cuando lo pongan a un lado de la bandera o al recodo de un cuartel del escudo, cuando además de la cédula y la huella se deba llevar su retina pegada al pecho para poder comprar es posible que no nos sorprenda, que sigamos pensando en sus ojitos como una caricatura inteligente. Abundan lugares para el pesimismo de Orwell.

socratesjramirezb@gmail.com

@RamirezHoffman