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Eduardo Mayobre

Plumarios

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En Venezuela, todos los gobiernos de fuerza han contado con plumarios. Esto es, con intelectuales que intentaban otorgarles coherencia y legitimidad a regímenes carentes de ideas, cuyo único objetivo era la imposición de la voluntad de un caudillo. El nombre se origina en el hecho de que tales letrados eran quienes manejaban la pluma, hacían los discursos, mientras el hombre fuerte y su círculo íntimo cívico-militar se dedicaban a la represión y al disfrute de las mieles del poder.

La práctica se inició desde los comienzos de la república, cuando los generales victoriosos de la independencia reclamaron el gobierno para ellos y para las espadas que nos habían dado la independencia. Una vez muerto y repudiado Bolívar –quien fue a la vez prolífico escritor y general exitoso– se vieron en la obligación de darle a su quehacer político un barniz decoroso y no tuvieron más remedio que convocar a quienes sabían leer y escribir para que les redactaran sus proclamas.

Un caso emblemático es el del general Juan Vicente Gómez. Menos bruto e ignorante de lo que decían sus enemigos, no contaba con muchas ideas. Sabía que su objetivo era paz y trabajo, pero no iba mucho más allá. Por eso recurrió a algunos de los mejores intelectuales de su época para que lo ayudaran a gobernar y cubrieran las áreas que le eran ajenas. Tuvo plumarios destacados como José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz y Pedro Manuel Arcaya. Años después esta pléyade de lumbreras sería bautizada como “las luces del gomecismo”. Más tarde un régimen democratizante como el de Medina se dio el lujo de tener un plumario extraordinario, a la vez escritor y notable: Arturo Uslar Pietri. Fue el líder de lo que se conoció como el “ala luminosa” del medinismo.

Digo lo anterior a propósito del primer gabinete ministerial de Nicolás Maduro. Aunque es una repetición de la herencia que le dejó su padre espiritual, entre numerosos vivos, anodinos y sumisos se dejan colar algunos jóvenes que pudieran llegar a ser plumarios. En su momento Chávez tuvo los suyos, no muy jóvenes, entre quienes destacaron Luis Miquilena, José Vicente Rangel y Alfredo Peña. Pero era tal su narcisismo que se deshizo de ellos.

Maduro ha incorporado algunos profesionales que fáusticamente se allanan a prestar su concurso. Nelson Merentes, por ejemplo, ha reemplazado al monje obcecado como plumario mayor en el área económica. Difícilmente traerá aires nuevos, porque el desastre económico desatado ya está en curso y se llegó a él con su ayuda. Pero le dará un toque de elegancia a los insultos que su antecesor descerrajaba cual lavandera de zarzuela. Entre los jóvenes quizás pueda aparecer un plumario inédito que ojalá sea capaz de pasar por el fango sin mancharse.

La necesidad de plumarios es apremiante. Porque el discurso de Nicolás Maduro es de una pobreza que da pena. Cuando le fallan las ideas recurre a la imitación sin gracia de la procacidad del comandante eterno. Y en los pocos momentos cuando asoma posibilidades de un encuentro entre los venezolanos o permite entrever una personalidad que no es prestada no sabe articularla. Más le valdría atenerse al “ajá” con el cual el general Gómez encubría su falta de ideas o su renuencia a escuchar a los otros.

Gómez contó con un Román Cárdenas que le organizó la hacienda pública, con un Vallenilla Lanz o un Arcaya que le inventaron una ideología, con un Gumersindo Torres que supo tratar con firmeza a las empresas extranjeras. Simultáneamente logró una paz de cementerio, que mal que bien fue paz, y mantuvo a Venezuela en el atraso. Maduro cuenta con muy poco. La mayoría de su gabinete no alcanza la dignidad de plumario. Son espadas romas que no han librado una batalla y desprestigian a las Fuerzas Armadas, a los supuestos herederos del Ejército de los libertadores, como lo demostró el lamentable desfile militar de su toma de posesión el pasado 19 de abril, donde fue “reconocido” por sus subordinados como jefe que depende de ellos. Fue un remedo en el trópico del Berlín nacionalsocialista.

La función de losplumarios consiste en contribuir a que la labor de gobierno sea de menostrotes, de menos gritos, de menos amenazas y en introducir alguna idea, algunapropuesta coherente capaz de dar lugar a un diálogo, a un intercambio entre losvenezolanos que evite el descalabro al que parecemos estar encaminados. Eninventar una base de legitimidad a un gobierno ilegítimo. Hasta ahora esdifícil vislumbrar un plumario en el gabinete. Pero esperemos que aparezca.