• Caracas (Venezuela)

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Gerardo Guarache Ocque

Charly, el símbolo

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Caracas no ha experimentado muchos fines de semana como el del 15 y 16 de junio. No siempre pasa por la ciudad un hombre de aspecto chocante, antipático y casi sin voz, con las manos llenas de pintura, caminando como anciano decrépito a pesar de sumar apenas 61 años de edad, sin talento aparente ni dotes para la espectacularidad, y que, a pesar de esta abominable enumeración, es aclamado con semejante fervor, ovacionado por una multitud encantada con su presencia.

Carlos Alberto García Moreno hubiese brillado de cualquier manera. No importa la orquesta, audiencia o contexto. No importa cuánta sea la gravedad de sus desvaríos. Su don es muy poderoso porque va desde el sonido en su concepción más primitiva hasta la noción de modernidad y pop. Su obra es vasta y de múltiple funcionalidad. Sus canciones, que le mostraron nuevos senderos a los hacedores de rock en Iberoamérica, invitan a sentir, a pensar, a bailar y a romper teléfonos públicos. La actitud va estrictamente asociada al género, pero la música no se conforma y rasguña formas que provienen del universo clásico y los bares de tango.

Dicen que, con el tiempo, los sabios aprenden a obtener algo positivo hasta de las tragedias más descorazonadoras. Pues el público venezolano le demostró paciencia a Charly, como quien se aguanta las pataletas de un amigo por cariño o gratitud. A muchos de los presentes el sábado en el Sambil –o el domingo en la plaza Diego Ibarra– los atacó aquel 2 de julio de 2005 en el Aula Magna de la UCV. Les gritó: “¡Eres público! ¡Debes callarte porque eres inferior!” Esa noche echó al suelo un teclado de un puntapié. Lanzó un micrófono y se retiró del escenario en plena canción. Pero ellos, con el pasar de los años, digirieron el desplante y lo trataron como a un compadre que se excedió con los tragos. Y esta vez, de nuevo, sin viejos rencores, acudieron a su encuentro, llevados por una guaya irrompible que se construyó con melodías hermosas que el argentino ha escrito en su agitado trance.

“Muchas gracias. Ustedes han sido un público maravilloso”, dijo García el sábado, y al pronunciar esas palabras, no fue infiel a su personalidad. Igual bromeó con su fascinante sentido del humor, expulsó a miembros de su banda –en chiste– y se negó –en serio– a tocar “No voy en tren”, uno de sus hits más solicitados. Pareciera que la marea bajó para el excéntrico del bigote bicolor que, desintoxicado, recordó cómo retribuir el afecto de aquellos que se conectan con sus creaciones. Ahora, por primera vez en muchos años, el sentimiento fue recíproco. Y esa banda de 10 músicos, que en un guiño a Prince ha llamado The Prostitution, es su vehículo para enmendar sus faltas. Quizá, si se tratara de otro artista, nadie hubiese pagado un centavo por verlo. Nadie se hubiera acercado un día del padre al centro de la capital para aplaudir a un tipo agresivo e impredecible. Pero resulta que se trata del mismo individuo que escribió “Desarma y sangra”, “Los dinosaurios”, “Inconsciente colectivo” y otras tantas joyas que han alimentado las bandas sonoras de nuestras vidas. Es el mismo que habló de desaparecidos, injusticias y ternuras en plenos tiempos de dictadura. Es el líder de Sui Géneris, La Máquina de Hacer Pájaros y la monumental Serú Girán. Es el genio. El símbolo.