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Edgar Cherubini

“Yo soy Charlie”

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Así titularon el jueves la mayoría de los diarios y noticieros franceses, expresando de ese modo su solidaridad con el semanario Charlie Hebdo, víctima de un atentado perpetrado el miércoles por dos terroristas que irrumpieron en la sala de redacción donde se encontraban reunidos su director Stéphane Charbonnier, mejor conocido como Charb y la plantilla de redactores y caricaturistas, entre los que se encontraban los conocidos Cabu y Wolinski, a quienes masacraron con ráfagas de kaláshnikovs. Sobre el número de muertos, así tituló el diario deportivo L’Equipe, “Libertad: 0 - Barbarie: 12”.  El editorial de L’Echo habla de que “no solo ha sido herida mortalmente la libertad de prensa sino los valores de la república”. El País de España se pronunció así: “Sin libertad de expresión no hay democracia, los fanáticos, los bárbaros que han atacado a Charlie Hebdo, son, simplemente, enemigos de la democracia, es decir, de nuestra civilización”. “Nos tendrán que matar a todos”, exclamó un presentador de noticias conteniendo su llanto, entre otras expresiones de dolor e indignación.

Charlie Hebdo es un semanario que desde 1970 ha mantenido una línea editorial caracterizada por un humor incisivo y una crítica mordaz hacia el gobierno de turno, políticos, empresarios, la iglesia y en especial el islam radical.  Sus denuncias sobre corrupción han contado con fuentes de información bien documentadas, por lo que presidentes, empresarios y políticos le temían, y ha sido demandado judicialmente en varias oportunidades.

Entre las caricaturas sobre el islam que supuestamente provocaron el ataque, se destaca una en la que Mahoma, arrodillado y maniatado, está a punto de ser degollado por un encapuchado, a quien el profeta le dice: “Yo soy el Profeta, idiota!”, a lo que el verdugo responde: “¡Jódete, infiel!”, queriendo expresar con esto la psicopatía de los yihadistas, en especial el grupo extremista conocido como el Estado Islámico en Iraq y Siria (ISIS) rama de Al-Qaeda formada por sunitas radicales, quienes incluyen entre sus enemigos no solo a judíos y cristianos, sino a musulmanes chiitas y sectas que no aceptan la sharia o ley islámica.

Charbonnier, en una entrevista ofrecida en el año 2012 al diario español El País, declaró: “Si nos planteamos la cuestión de si tenemos derecho de dibujar o no a Mahoma, de si es peligroso o no hacerlo, la cuestión que vendrá después será si podemos representar a los musulmanes en el periódico, y después nos preguntaremos si podemos sacar seres humanos. Al final, no sacaremos nada más, y el puñado de extremistas que se agitan en el mundo y en Francia habrán ganado”.

Una caricatura, más allá del humor, sea este cínico o irreverente, es en el fondo una reflexión inteligente sobre el acontecer de nuestra sociedad. El caricaturista, dotado de una visión aguda e incisiva, es el traductor de los sentimientos de impotencia y, a veces, de indignación de los lectores víctimas de los abusos del poder o ante cualquier hecho o noticia que les cause desasosiego. Así lo expresaron el miércoles en la noche y el jueves de hoy los miles de franceses que se lanzaron a las calles y plazas en todo el país reclamando no solo justicia, sino una actitud de firmeza ante semejante acto de barbarie. “Todos somos Charlie” rezaban las pancartas, muchas de ellas improvisadas, que esgrimían los manifestantes.

Pero el temor no es que los bárbaros estén a las puertas de Francia, sino que desde hace mucho tiempo están dentro, como lo manifiestan las últimas acciones terroristas cometidas por Mohamed Mehra en Touluse, quien masacró a los niños de una escuela judía, luego de asesinar a dos soldados, y Nemmouche Mehdi, autor de la matanza en el Museo Judío de Bruselas, ambos jóvenes franceses menores de 30 años, nacidos y educados en el país, hijos o nietos de franceses musulmanes provenientes del Magreb o de las antiguas colonias, que han disfrutado de la libertad, la democracia y la seguridad social en suelo patrio, pero que odian a Francia y los valores occidentales. Los sospechosos de esta última matanza encajan en ese mismo patrón, practicantes musulmanes incursos en delitos comunes que han sido captados para la yihad o guerra santa en mezquitas o en las cárceles para después ser entrenados militarmente e ideológicamente por Al-Qaeda u otras organizaciones que han declarado la guerra a Occidente.

Los movimientos sectarios y extremistas, tanto de derecha como de izquierda, los fundamentalismos, así como las ideologías reduccionistas, de pensamiento único, parcelan la visión del mundo del individuo que ha sido captado para sus respectivas causas, sean nacionalismos, guerras santas o utopías revolucionarias. Estas prometen a sus seguidores el espacio social y el poder de los cuales se sienten excluidos por sus propias carencias, deficiencias o frustraciones. Estos hombres y mujeres, generalmente jóvenes con una baja autoestima, sean provenientes del lumpen o delincuentes comunes, encuentran al fin un sentido de pertenencia en el grupo que los sostiene y que, a través de técnicas de persuasión los reafirman, borrándoles la capacidad de juicio moral, perdiendo todo vestigio de criterio y capacidad de reflexión. Ya fanatizados y entrenados, se les brinda un escenario y un motivo para morir, diluyéndolos en bandas asesinas, en el anonimato de un hombre-bomba, en la invisibilidad de un francotirador que dispara sobre una multitud o de unos enmascarados que perpetran una matanza sobre un target simbólico como este último. Los medios que difunden la yihad islámica exhiben como parte de su propaganda de horror a sus “brigadas de mártires” o bombas humanas, compuestas por niños y adolescentes. 

El llamamiento, sea de un fascista, un comunista o un fundamentalista, es el de imponer una visión unilateral y reduccionista al resto de la sociedad, acompañada por un lenguaje afirmado en el resentimiento, el odio y la violencia contra aquellos que no comparten su visión del mundo. Es parte de una psicopatía política que busca destruir el derecho y la libertad de los otros individuos que conforman la sociedad a tener una visión diferente, negando la construcción de la verdad social, que en democracia es el producto del conjunto de subjetividades que la conforman. Es por eso que André Glucksmann se refiere al “terror” como la última ratio de cualquier estrategia totalitaria. Advierte, además, que en nuestros días, producto de un vaciamiento de conciencia, “el terror por el terror” se está haciendo autónomo.

Las amenazas que reiteradamente son pronunciadas por Irán, el Estado Islámico (ISIS), así como por Al-Qaeda, Hezbolá o Hamás, de hacer desaparecer a Israel del mapa, se han extendido por igual a los cristianos y a cualquier occidental, ya que hoy cualquiera puede ser el blanco de un ataque terrorista del islam radical.  Como bien lo afirma Thierry Desjardins, director adjunto de Le Figaro, “los islamistas pretenden destruir la civilización occidental, la democracia, los derechos del hombre, la igualdad entre hombres y mujeres, el progreso como nosotros lo concebimos”. La concepción de la yihad o guerra santa contra los infieles, que pretende la creación de un califato mundial, está multiplicando sus asaltos en su guerra a muerte contra Occidente.