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Demetrio Boersner

Con Charlie por la libertad

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El semanario satírico parisiense Charlie-Hebdo es respetado con razón por franceses y extranjeros por su amor a la libertad y su intransigente y valiente defensa de los principios republicanos y los derechos humanos.  Su equipo directivo, vilmente asesinado en el atentado yihadista, estuvo integrado por personas con impecables antecedentes de resistencia al fascismo, solidaridad anticolonialista y rechazo al totalitarismo, al racismo, a la xenofobia y a fanatismos retrógrados.  Ante lo ocurrido, no sólo la mayoría de los franceses, decentes y amantes de la libertad, sino todos los hombres y mujeres del mundo que compartimos estos valores, nos unimos bajo el lema solidario de “¡Yo soy Charlie!”  Charlie-Hebdo simboliza hoy la causa universal de la libertad de expresión.

Es verdad que Charlie es pugnaz, irreverente y hasta provocador, y no agrada a todo el mundo. Sus caricaturas a veces ofendían la sensibilidad cristiana al igual que la musulmana, y solían encolerizar a católicos que lo denunciaban ante la justicia. Sin embargo, a ningún católico indignado se le ocurrió agredirlo a balazos. Charlie y sus adversarios, como gente civilizada, se reconocían el derecho a la detestación recíproca sin violencia y en el marco de la ley. 

El yihadismo extremista y sanguinario –incluido por Umberto Eco en su lista de los “fascismos” más peligrosos–  transgredió estas reglas de juego de la civilización universal contemporánea. No lo hizo por ser islámico sino por ser fascista. Es dirigido por oligarcas ávidos de poder y riqueza, que han implantado maquinarias de dominación totalitaria sobre bases populistas integradas por los elementos más retardatarios de la sociedad, cuyo fanatismo religioso saben estimular al máximo. Enrolan en sus filas a clérigos musulmanes retrógrados, parecidos a aquellos deplorables sacerdotes y pastores cristianos que en el pasado ensalzaban a Hitler y a Franco. Han creado aparatos de terror que intimidan o exterminan a opositores y disidentes junto con sus familias. Por ello  la mayoría de los musulmanes, que es pacífica y opuesta al fanatismo –como lo demuestra, por ejemplo, el estudio realizado por Fouad Alloui (Memri-Fr, 15-9-2014) –  se queda callada ante los desmanes de la minoría fascista, dando una engañosa imagen de complicidad y, con ello, alentando el anti-islamismo y la xenofobia entre los occidentales. 

Es necesario que los pueblos y gobiernos amantes de la libertad emprendan una implacable guerra contra el fascismo del Ejército  Islámico,  al-Qaeda, y grupos similares.  Esta guerra no tendrá ningún carácter religioso, pues  desde ya tenemos de nuestro lado a importantes contingentes del Islam, incluyendo a casi todos los gobiernos oficiales del mundo musulmán. Hasta movimientos como Hamás y Hezbolá han condenado el ataque contra Charlie, tanto por razones morales como por el daño hecho a la reputación del Islam. Aparte de ello, es necesario animar a los muchos musulmanes moderados y liberales ya mencionados, a que superen el miedo y se unan a la causa. 

Nos ha llamado la atención la actitud blandengue que ante el drama de Charlie ha adoptado el actual gobierno de Venezuela. Por el lado oficialista, ninguna  condena al crimen cometido, ningún pronunciamiento en defensa de la libertad de expresión; sólo una vaga declaración de “solidaridad con el pueblo francés”. Pareciera que el presidente Maduro y sus colegas temieran antagonizar incluso a los más execrables elementos de un mundo islámico al cual rinden un exagerado culto de respaldo incondicional.

demboers@gmail.com