• Caracas (Venezuela)

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Deben ser contados los lectores que recuerden a Alexis Peñuela. Su nombre, sin embargo, está ligado a un caso difícil de olvidar, el asesinato de Danilo Anderson, que puso de bulto la condición de trapisondista del y que poeta Isaías Rodríguez, un entusiasta de ese macarthismo rojo que ha sentado sus reales en los poderes públicos. Peñuela –como lo haría también Giovanni José Vásquez, psiquiatra postizo de seductora mirada y testigo estrella del mencionado caso– confesó haber sido pagado y entrenado por agentes del gobierno, bajo el mando de nuestro Fouquier-Tinville, para suministrar evidencias forjadas e involucrar a personajes de la oposición en falsos positivos. Así, Isaías Rodríguez, además de la absoluta sumisión de la fiscalía al Poder Ejecutivo, aportó el soborno, la amenaza y la extorsión al proceso de instrucción sumarial.

La intimidación sigue siendo una de las técnicas de persuasión favoritas de los inquisidores rojos, tal como lo puso en evidencia María Corina Machado cuando manifestó a El Nacional que, para otorgar poderes extraordinarios a quien funge de presidente, “el oficialismo ha intentado chantajear a casi 10 diputados” y, agregó: “Hay quienes lo han denunciado públicamente (como la parlamentaria María Aranguren) y otros que no lo han dicho ante los medios porque han recibido amenazas contra sus familias”. Como con sus aviesas gestiones no han alcanzado sus objetivos, los compradores de respaldo recurren a la siempre solícita Luisa Ortega para inhabilitar al menos a dos legisladores con la esperanza de que alguno de sus suplentes se muestre dispuesto a levantar su mano y sancionar el antojo gubernamental.

Los alabarderos de Maduro y Cabello no pueden ocultar su vocación gansteril. Actuando como lo haría la Cosa Nostra, por órdenes quizá de instancias superiores, secuestran a un parlamentario sustituto y lo encierran en una fortaleza militar para convencerlo –quién sabe mediante qué procedimientos importados de La Habana– de que a la hora de las chiquiticas se comporte como lo hizo, en El Padrino II, Frankie “Cinco Ángeles” Pentangeli cuando le tocó testificar en contra de Michael Corleone y, aterrorizado al ver a su hermano sentado junto a quien iba a ser objeto de su testimonio –señal de que el protagonista de la saga creada por Mario Puzo y recreada por Francis Ford Coppola no se andaba con pendejadas a la hora de enfrentar a quienes representasen un obstáculo para sus negocios– se retractó de las declaraciones que incriminaban al capo.

Infundir miedo en seguidores y contrarios ha sido una de las constantes que le han permitido al chavismo atornillarse al mando, como también lo son la compra de conciencias y todas las formas de chantaje conocidas y por conocer, de modo que mediante el unto, el enchufe o la amenaza de sacar a la luz los trapos sucios de algunos vacilantes opositores ha conseguido que varios pícaros y sinvergüenzas, para quienes la ética nada significa, hayan saltado la talanquera (hábito, por cierto, que motivó la aprobación en 2010 de una ley que contempla la suspensión de los diputados que se separen o contradigan a la organización que les apoyó cuando fueron elegidos, pero que por lo visto sus promotores –el PSUV y afines– solo aplican cuando les afecta);William Ojeda, Ricardo Sánchez y Hernán Núñez constituyen ejemplar referencia de ese mimetismo propiciado desde el gobierno.

No podemos predecir hasta dónde pretende llegar el fariseísmo rojo con ese infame accionar que no vacilamos en calificar de “metacorrupción” porque busca, supuestamente, adecentar la administración pública, pero –¡vaya paradoja!– combatiendo su descomposición con medidas contaminantes, es decir: inyectando corrupción a la lucha contra este flagelo, como si se tratase de una vacuna. Lo que sí podemos afirmar es que en la medida en que el chantaje les reporte beneficios, los tramoyistas bolivarianos seguirán afinando y refinando su metodología de quebrantamiento de voluntades, como lo hicieron en el pasado reciente cuando sometieron al país a una descomunal presión emocional con la agonía, pasión y muerte de nuestro señor de Sabaneta.

Por ahora, el régimen parece haber encontrado mucha tela que cortar para distraer la atención general del desastre que cada vez más parece precipitarlo hacia una tragedia electoral. Lo interesante es que hace días no se registran intentos de magnicidio, porque con el Cesppa, para acallar voces disidentes y la discusión en relación con ley mediante la cual se le otorgarían a Maduro poderes dictatoriales, la opinión pública tiene para rato y los que mandan, en La Habana, en Fuerte Tiuna o en Miraflores pueden hacer caso omiso de la sensata sugerencia de Francisco Suniaga quien, desde estas páginas, aconseja a Maduro que se comporte un pelín a lo De Gaulle y convoque a un referéndum. Pero eso es pedir peras al olmo.