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S:D:B Alejandro Moreno

Chamos víctimas y victimarios

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A las cuatro y media de la madrugada silbaron las pistolas. El aire de los pulmones a través de los labios entreabiertos produce el silbido que anuncia a los de la otra banda que “vamos por ellos”. Luego vinieron las balas, que también silban pero cuando ya están lejos. De cerca atruena el disparo y despierta con sobresalto a los pacíficos vecinos del barrio. Buenos pulmones y mala, peligrosa, puntería. Lo propio de jóvenes enérgicos, violentos y desdeñosos de la vida. Eran muchachos.

En un texto anterior, he señalado una de las nuevas tendencias del delito criminal: disminución de la edad del victimario con todas las consecuencias que eso conlleva: inmediatez en el acting out, irreflexión, supresión del control ideacional, afectivo y ético. Por ende, peligrosidad más allá de todo límite. Disminución también en sincronía, de la edad de las víctimas.

Los acuciosos amigos de Cecodap acaban en entregar su informe del año 2014: 914 homicidios de niños, niñas y adolescentes,26% más que en 2013; en los dos primeros meses de este año, 44 menores asesinados sólo en Caracas. Estas las víctimas. Los victimarios jóvenes fueron 3.209, 58% más que en 2013. Entre éstos hay cada vez más niños y adolescentes tempranos. No se sabe cuántos porque no hay estadísticas confiables.

Lo cualitativo de los hechos es quizás lo más alarmante. Dos estudiantes de 16 años se pelean, cosa frecuente entre chamos. Unos golpes, alguna cachetada. El perdedor no busca revancha a la salida. Lo que se busca es un amigo armado. El vencedor muere asesinado. Hoy no son puños, son pistolas. Un niño de 12 años saca un revólver en el patio de la escuela durante el recreo. Los compañeros lo admiran. Dispara al aire; presta el arma a otro niño que también dispara. Ninguno se asusta. Normal; se experimenta todos los días. Un joven de 15 años en el juego de carnaval saca de repente un arma y mata a su compañera y amiga también de 15.

Tres niños, 9, 11 y 12 años, abren un boquete en el techo de un banco y entran a robar. El comentario de un lector de la noticia publicada en la prensa: “si eso piensan a esa edad, mejor que no los dejen llegar a adultos”. ¿Víctimas de la reacción violenta de los adultos como la de ese comentarista?

¿Matar para que no maten? 112 adolescentes murieron a manos de funcionarios en 2014. Las muertes de jóvenes por policías aumentaron en un 55% por “enfrentamientos” y ajusticiamientos.

¿Cómo parar esto? La primera solución ha de ser política: que haya gobernantes que cumplan con su deber. No la única, pero no sin ella.


ciporama@gmail.com