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Ignacio Ávalos

¿Cháchara o diálogo?

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Imposible no hablar del tema. Hablar aunque sea repitiendo cosas que ya se han dicho. E, incluso, para reiterar cosas que uno mismo ha escrito. Es un tema que importa demasiado para la vida de todos nosotros, no hay, pues, que quitar el dedo de la tecla. En este caso, la terquedad es un mandato. Hay que hablar, pues, de la Mesa de Diálogo. Hacerle frente a los vientos que soplan en su contra desde varios lados. Me refiero a la opinión irresponsable de líderes importantes del oficialismo. A las continuas arremetidas provenientes de los radicales de uno y otro lado. A las ambiciones personales, también de uno y otro lado, que se posicionan frente al diálogo conforme le indican sus particulares afanes, es decir, sus agallas políticas. Referirse a la represión ordenada por el gobierno contra los estudiantes estrenándose, así, en el cumplimiento de las normas aprobadas por el Tribunal Supremo de Justicia (por encargo del Poder Ejecutivo), a fin de recortar el derecho democrático de manifestar. Y aludir, desde luego, a la declaración del presidente Maduro aclarando que estas “son mesas de diálogo, no de negociación”, dando a indicar, pareciera, que se trata de una cháchara (conversación animada, pero insubstancial, dice el diccionario), esto es, un intercambio de puntos de vista sobre el país que no aterrizará en ningún acuerdo que mejore nada, al tiempo que la obcecada realidad sigue haciendo de las suyas en todos los ámbitos de la vida venezolana y el oficialismo (cierto oficialismo, habría que decir) cree que basta con oponerle el relato revolucionario a fin de neutralizarla.

Perogrullo seguramente debe haber escrito en alguna de sus obras que en el sistema democrático el diálogo es un medio para canalizar pacíficamente la pluralidad política y, a la vez, una forma de producir los necesarios consensos que abonen la convivencia social. Para 90% de los venezolanos, partidarios, según todas las encuestas, de que en el país salga de sus problemas mediante la palabra, es sin duda una mala noticia el hecho de que la semana pasada la MUD, con argumentos más que razonables, anunciara que suspendía las conversaciones hasta nuevo aviso, no obstante que las causas que llevaron la creación de la Mesa sólo han variado para empeorar.  Así las cosas, todos intuimos que del otro lado del diálogo no hay nada. Nada que parezca bueno, digo, nada que nos pueda dejar un país mejor, más amable y más aceitado en su funcionamiento, sino todo lo contrario.

Esperemos, en fin, que los mediadores de Unasur y el Vaticano no sean convidados de piedra en los futuros (esperamos) encuentros de opositores y oficialistas. No sé si sea menester advertir que, en situaciones de polarización patológica, su gestión resulta determinante para que se tramiten los compromisos de los que tan urgidos se encuentra el país.

 

Harina de otro costal

Se dice que la cancha de fútbol es un espacio democrático. Que sobre ella el balón rueda imparcialmente, sin dejar ver ninguna preferencia y, en principio, cualquiera le puede ganar a cualquiera. Para ello hay unas reglas que la FIFA hace cumplir a capa y espada, de manera que los partidos se disputen con las mismas armas y las mismas posibilidades.

Sin embargo, el “fair play” se reciente fuera del campo. El poder financiero de algunos equipos marca claras diferencias. En el mercado de piernas se establecen las ventajas de unos sobre otros. La política de fichajes ese ha convertido en la estrategia más importante de un club. Permite que los equipos más acaudalados se hagan aún más fuertes, muchas veces a costa de los más débiles. El traspaso del galés Gareth Bale al Real Madrid, por ejemplo, costó 10 millones de euros, un poco más que lo que representa, completa, la oncena titular del Atlético de Madrid. Es que en eso de adoptar normas que propendan a garantizar el equilibrio en los campeonatos, el beisbol y el basquetbol han recorrido un camino mucho más largo que el  fútbol.

Por ello resulta importante el triunfo de los rojiblancos en la liga española. Al menos por un momento, recuperó la ilusión democrática en el balompié. Rompió el casi eterno duopolio representado por el Barcelona y el Real Madrid, cuya nómina es infinitamente más cara.

Bienvenido, pues, el triunfo del querido Atletic.