• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Monsalve

Césares que se niegan a morir

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las cárceles de Venezuela son de las más violentas y peligrosas del planeta. Lo afirma Elio Gómez Grillo, un especialista en la materia.

Los pranes ejercen el control de los penales ante la ausencia de autoridad. 

No hay condiciones mínimas de subsistencia. Menos la posibilidad de redimirse a través de un plan estructurado de canalización del ocio. Al tiempo libre lo matan entre requisas, reyertas y derrapes de fin de semana.

Los inocentes pagan justos por pecadores, así como las víctimas devienen en victimarios.

Los presos políticos van acumulándose detrás de las rejas, como en la época de Marcos Pérez Jiménez. A los estudiantes se les condena y tortura. 

Por todo ello, vale la pena descubrir César debe morir, la nueva obra maestra de los hermanos Tavianni, programada dentro de la grilla del Festival de cine italiano. El filme obtuvo el codiciado Oso de Oro de Berlín.

Grosso modo, la película reconstruye el montaje de Julio César, la pieza teatral de William Shakespeare, en el interior de la cárcel Rebibbia de Roma. Allí, una serie de reclusos participan activamente en los talleres dirigidos por Fabio Cavalli.

Por tanto, el largometraje evidencia la transformación de un conjunto de hombres olvidados en un grupo de nobles actores, quienes tienen la oportunidad de encauzar sus vidas, como el caso de Salvatore Striano (ahora dedicado al arte de la interpretación de forma profesional).  

Sin embargo, la mirada de los autores dista de ser complaciente y condescendiente con la institución. Nunca perdemos de vista el foco de la situación de aislamiento. Pero los realizadores tampoco dejan a un lado la gama de matices.  

De ahí la notable elección de fotografía para componer las diversas fases del proceso. Por una parte, el blanco y negro busca registrar la dura realidad sufrida por el reo en el confinamiento, durante los ensayos. Por otra, el color viene a proporcionar luz y emoción a la puesta en escena, cuando los protagonistas echan el resto sobre las tablas, delante del público.  

En consecuencia, la pantalla irradia la imagen de un intenso docudrama gestado por el pulso firme de los creadores de aquel clásico de finales de los setenta, Padre Padrone, también en la frontera de la no ficción o de los géneros mutantes.

En paralelo, innumerables teorías de complot se desprenden del trabajo de la adaptación. A lo mejor es un reflejo de las conspiraciones subyacentes en el ejercicio de cualquier poder.  

De repente, las historias de los dictadores, asediados por sus propios fantasmas y demonios, siguen demasiado vigentes en el inconsciente colectivo.

Tranquilamente, César debe morir puede proyectarse como el espejo de la Italia contemporánea y de la Venezuela posmoderna, bajo la sombra de sus respectivos sistemas penitenciarios.

En última instancia, el material de partida es lo suficientemente rico para hacer las comparaciones pertinentes. Hablamos de una tragedia de corte universal.

De igual manera, surge el contraste natural con la segunda joya del ciclo, La Grande Bellezza, un retrato ya no de los miserables de siempre sino de los auténticos decadentes de la movida nocturna. Gente frívola, superflua y vacía en estado de perpetua evasión. Así, Paolo Sorrentino revisita a Fellini para concebir su versión actualizada de La Dolce Vita.

Hipnótica y delirante, la cinta cumple el papel de despojar de su máscara al reinado de las apariencias, instaurado por el espíritu y la cultura del derroche de los tiempos de Berlusconi.

En pocas palabras, la historia de un país y de un mundo de brechas sociales en dos películas brillantes.