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Raúl Fuentes

Ceremonia al borde del abismo

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Atribuyen a Tácito, historiador y político romano que sirvió al menos a tres emperadores, sentenciar que “nadie ejercitó jamás bien un poder conquistado maliciosamente”. Su aserción, seguramente, se fundaba en las conjuras mediante las cuales ascendieron y cayeron unos cuantos césares, cuya dudosa génesis se tradujo en  mandatos signados por el miedo; el mismo tipo de miedo que atiza las contradicciones de un Maduro que se debate entre la celebración adelantada de Carnavales por decreto, para simular normalidad, y la despiadada represión del movimiento estudiantil por parte de la Guardia Nacional y de un lumpen elevado a la categoría de colectivo que actúa a sus órdenes y con absoluta impunidad para imponer la ley del revólver; un Maduro que no teme ser tildado de dictador y actúa como intermediario –al  estilo de Enver Hoxha o Nicolae Ceaucescu, que  gobernaban en Albania y Rumania en sintonía con Stalin, el primero, y del Partido Comunista de la Unión Soviética, el segundo– y, en nombre del “internacionalismo proletario”, acepta recetas de los Castro, convencido de que lo bueno para Cuba es beneficioso para Venezuela y quiere, como Pérez Jiménez, embriagar a la población con bailes de disfraces que tendrán apoteósica mascarada, a manera de octavita el Miércoles de Ceniza, al cumplirse el primer año de la muerte de Chávez.

El Miércoles de Ceniza, primer día de la Cuaresma, es la articulación temporal entre la sandunguera ofrenda a Baco y la devota consagración a Cristo; ese día se nos recuerda que somos polvo y en polvo hemos de convertirnos y, por ello, ha servido de alegórica referencia a artistas y creadores de todo género; Goya, por ejemplo, evoca en El entierro de la sardina las veladas que organizaban los madrileños para despedir el carnestolendas y dar inicio a esa cuarentena litúrgica que supone ayunos y penitencias que ya nadie practica; por su parte, T. S. Eliot compuso un enigmático y celebrado poema llamado precisamente Miércoles de Ceniza, en el que leopardos, escalinatas y velos se entremezclan para sorprender e iluminar al lector cuando se pregunta el poeta: “¿Por qué habría de extender sus alas el águila envejecida?”, verso que ha dado pie a esta dominguera especulación sobre el significado ritual que podría tener la matanza perpetrada por paramilitares y fuerzas del orden en los día previos a lo que ha de ser, estamos seguros, un hiperbólico recordatorio de la partida –con mucha pena y, a decir verdad, poca gloria– del galáctico padre de la revolución bolivariana, una deceso que sus seguidores, falsificando los hechos, reputan de heroico sacrificio por la patria.

No podrá extender sus alas quien tuvo la soberbia de compararse con el águila calificando de moscas a sus adversarios, sino reducido, por su sucesor, a la condición del fantasmagórico pajarillo sepultado en el Cuartel de la Montaña para ser decorativo objeto de veneración con fines estrictamente políticos; cómo podría extender sus alas en una sociedad en la cual, para imponer su malhadado proyecto, sus legatarios se valen de la represión y la censura para  vulnerar libertades fundamentales creyendo que con discursos ex cathedra y ditirámbicos homenajes podrán deslindarse de los muertos, detenidos, torturados, heridos y desaparecidos (¿Caracazo in memóriam?) acreditados  a la cuenta de quien detenta un poder arteramente agenciado y que, inmolados en aras de la civilidad, merecen respeto y admiración.

“Oh pueblo mío, ¿qué te he hecho?” es otro verso del citado poema de Eliot; un verso que deberían repetir todos y cada uno de aquellos que han atentado contra pacíficos e inconformes conciudadanos que protestan y que, a pesar del bloqueo informativo y el feroz acoso del cual son blanco, han hecho sentir su clamor de libertad dentro y fuera del país con tal  fragor que el oficialismo desespera en la búsqueda de mecanismos para silenciarlo; pero el ingenio de los manifestantes y la justeza de sus reclamos han permitido revelar al mundo la catadura de una camarilla cívico-militar autoritaria e inescrupulosa, cuya cabeza visible habla de ética sin tener autoridad para emitir juicios morales. De allí la censura sin freno que limita el acceso de la ciudadanía a la información objetiva, veraz y oportuna a la que tiene derecho de acuerdo con el artículo 58 de la Constitución que el cardiopatriota se cansó de violar y prostituyó al extremo de llamarla “bicha”. Pero ni la “conferencia de paz”, ni el carnavalesco manto de silencio con que procuran comprar tiempo para pretender que llegan indemnes a la funeraria glorificación pautada para  el Miércoles de Ceniza y, menos aún, la ceremonia misma impedirán que a los rojos les  invada el vértigo que se siente cuando se está al borde del abismo.