• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Cenizas de desaliento!

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¡Muchos sienten el golpe de la sangre cada vez que se les acerca una mujer sin importar demasiado la edad, peso, contextura o filiación! ¡Son cazadores! ¡Gente experta! Se mantienen alertas y merodean en los lugares que frecuentan sus presas más codiciadas: colegios, ministerios, fuentes de soda, discotecas, galerías de arte. Dominan envolventes y sofisticadas técnicas de aproximación y asedio según la posición social y el talante de sus eventuales víctimas o planifican ataques directos y frontales en zonas identificadas con las misiones de Barrio Adentro, pongamos por caso. 

Algunos pregonan la virilidad de sus atisbos y estrategias y acostumbran deslumbrar a quienes atienden las pormenorizadas y a veces exageradas narraciones de sus conquistas. 

Pero siempre será cosa de admiración verlos cuando se estremecen al escuchar el cuerno de caza que los transforma en mozartianos farfalones amorosos. 

Éramos alumnos en el Liceo Fermín Toro y sorprendíamos a las 6:00 de la tarde a un conocido poeta venezolano, muy mayor, que recorría la parada de los carritos por puesto en la que los choferes atraían a los pasajeros voceando: ¡Catia, Catia, Pérez Bonalde y Propatria...! Y agregaban: ¡Con El de
recho de nacer ! el melodrama de Félix B. Cañet. El poeta repartía tarjetas con su teléfono a todas las chicas que encontraba en la cola. Al parecer, lo hacía todas las tardes en esa y en cualquier otra parada de carritos por puesto. Adriano González León, siempre atrevido, le preguntó por qué lo hacía y el poeta, viejo y sabio, contestó con desarmante sencillez: "¡Alguna, llama!". 

Estar a la sombra proustiana de las muchachas en flor podría llamarse este anhelo que tiende a apoderarse de los hombres maduros en un determinado instante de sus vidas. Recuperar el tiempo perdido que acaso se marchitó en la rutina monogámica. La exigencia, tal vez, de un cuerpo que sabiendo cercano su final decide como buen cazador rastrear una última pieza para revivir en ella. 

Mi amigo CR gusta de este placer cinegético y busca incansablemente muchachas en flor. Al finalizar la obra de teatro a la que asistíamos conoció a una bella adolescente y escuché el rugido del cazador al acecho. Nos acercamos a la joven y él comenzó a trazar sus círculos de asedio empleando no el tono directo y posesivo, sino más bien el de la admiración que le causaban la belleza y los cortos años de la chica. 

Para estos casos, CR se esmeraba en aplicar las artes de la comprensión, el estímulo y el regocijo que pudiera provocarle el futuro espiritual de la víctima. 

"¡Quiero hacer teatro decía la muchacha ; pero mi papá se opone; insiste en que debo cursar una carrera universitaria!". Y mi amigo avanzaba caracoleándola, incitándola, descubriendo para ella nuevos horizontes: "¡Tienes que seguir los dictados de tu corazón! ¡Sé tú misma! ¡Tienes que ser libre; sentir que el mundo te pertenece!". 

Ella lo miraba arrobada. Escuchaba lo que siempre había querido escuchar: una voz que la comprendiera y estimulara; ¡que la hiciera volar! Que en lugar del futuro convencional o universitario a que la obligaba el padre autoritario alguien le dibujara los contornos y la entrada misma al Paraíso terrenal. 

"¡Si es el teatro lo que quieres, hazlo! ¡Que nada ni nadie te detenga!", proseguía CR galante y con mayor empeño y diligencia. Extasiada, la muchacha en flor lo miró con la mirada de quien ha encontrado un alma gemela, pero distante e imposible y dijo: "¡Qué lástima, señor, que usted no sea mi papá!". Se separó de nosotros y jamás volvimos a verla. 

Con los hombros caídos CR se volteó hacia mí y pude ver a un cazador convertir su erotismo en ¡cenizas de desaliento!