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Antonio Sánchez García

Castro y la crisis de los misiles

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“Como a pesar del medio siglo transcurrido aún no se desvelan las motivaciones de L. H. Oswald ni las causas del asesinato, cabe la pregunta acerca de la intervención de los aparatos de seguridad castrista en el magnicidio. Castro lo ha rechazado con indignación. 

¿Usted le cree a sus indignaciones?”

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Problemas de espacio me llevaron a quitar de mi artículo sobre la relación Betancourt-Castro una referencia con que concluyo el preámbulo sobre el contexto internacional que enmarcó las turbulentas relaciones entre los dos líderes más significativos de la circunstancia: la del papel de John F. Kennedy en la disputa por la hegemonía política e ideológica de América Latina que enfrentara a Betancourt con Fidel Castro.

Pues el enfrentamiento global de la Guerra Fría y la evidente deriva totalitaria de su revolución indicaban, aún antes de que asumiera públicamente la decisión de instaurar una dictadura de corte marxista leninista y aliarse a la Unión Soviética, que Cuba terminaría convirtiéndose en su peón en nuestro hemisferio. Así muchos analistas insistan en achacarle a la porfía del Departamento de Estado “y al hijo de puta de Eisenhower” –Truman dixit– tal deriva. Simón Alberto Consalvi, entre ellos. A pocas millas de Estados Unidos y susceptible de convertirse en una plataforma útil a la URSS en un eventual ataque nuclear contra la primera potencia mundial y principal objetivo del movimiento comunista internacional. Una minucia.

Es obvio que los servicios de inteligencia de Estados Unidos tenían conocimiento de la posición política de Raúl Castro, antiguo miembro del Partido Comunista cubano y ficha de la KGB, y de la vocación suicida de Ernesto Guevara, partidario de un enfrentamiento mortal con el capitalismo. En la disputa ideológica, incluso entre China y la Unión Soviética, reacio a la menor transigencia: el Ché fue un francotirador dispuesto a desatar un apocalpsis para imponer el comunismo. Siendo las dos figuras dominantes en la nomenclatura cubana –preso Hubert Matos y asesinado Camilo Cienfuegos– y vista la habilidad de Fidel para camuflar su marxismo leninismo, resultaba de una lógica matemática que la revolución cubana derivaría hacia la entronización de un régimen totalitario declaradamente enemigo de Estados Unidos.

Lo comprendieron demasiado tarde. Cuando los grandes medios de comunicación norteamericanos ya habían convertido al joven guerrillero en héroe de multitudes y el Pentágono había canalizado recursos a su favor, quitándole además todo respaldo al dictador Fulgencio Batista. En la circunstancia, Estados Unidos jugó el papel del cazador cazado.

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La primera opción para zanjar el problema de raíz fue el uso de la fuerza e invadir Cuba. Lo que llevó al jefe del Departamento de Estado, John Foster Dulles, a la planificación del desastre de bahía de Cochinos. En medio de los preparativos es elegido presidente de Estados Unidos el demócrata John F. Kennedy, quien lleva adelante el rocambolesco operativo de la CIA, pero restándole toda efectiva colaboración. Para lo cual hubiera debido asumir la invasión como un asunto de seguridad nacional e involucrarse en una vasta operación bélica de costos impredecibles. Optó por lo primero, llevado por la decisión altamente política de adelantar una respuesta cónsona con las opciones planteadas por Rómulo Betancourt para América Latina: realizar un gran plan de reformas estructurales, combatir la pobreza, luchar por la igualdad de oportunidades y fortalecer las instituciones democráticas, todo lo cual cuajaría en la llamada Alianza para el Progreso.

Todo esto sucede a poco más de un año del encuentro de Fidel Castro con Rómulo Betancourt y la certeza adquirida por el líder cubano del rechazo de Betancourt a unirse a sus planes desestabilizadores. Es importante destacar el esfuerzo desplegado por la diplomacia betancourista para convencer al gobierno norteamericano de la locura en que se involucra con la invasión proyectada y los gravísimos costos que habrá de pagar ante la indignación y el rechazo que una acción bélica contra el gobierno y el pueblo cubano despertará en la región. Como también es destacable su crítica abierta al hecho de que el Departamento de Estado propicie golpes militares o mantenga y cultive relaciones con gobiernos brotados de asonadas militares. La carta que Rómulo Betancourt le dirige a Kennedy el 22 de julio de 1963 es un ejemplo de coraje, sinceridad, autonomía política y grandeza diplomática. Le reprocha en los términos más enérgicos la complacencia del Departamento de Estado con el gorilaje suramericano. Y lo previene ante los costos en pérdida de respaldo que se derivará de esa política protogolpista. La cual, por cierto, atenta contra la Alianza para el Progreso, pensada por Kennedy y lanzada en marzo de 1961 en estrecho entendimiento con Betancourt y los sectores más progresistas de la inteligencia latinoamericana, para fortalecer la salida representada por Betancourt y la socialdemocracia para América Latina en franca oposición al proyecto castrista.

Cuenta Simón Alberto Consalvi: “El 12 de febrero,  a los 20 días de haber tomado posesión, Kennedy envió a varios países del sur una misión integrada por George McGovern y Arthur Schlesinger. Estuvieron en Venezuela y se entrevistaron con el Presidente Betancourt. En el libro Mil días / John F. Kennedy en la Casa Blanca, está escrita esta historia. Se cuentan sus orígenes y sobre quiénes participaron en las primeras conversaciones. Entre estos estuvieron el argentino Raúl Prebish, el chileno Felipe Herrera y el venezolano José Antonio Mayobre. No fue, por consiguiente, el proyecto unilateral de EE UU, sino expresión de un trabajo conjunto”.

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Dos hechos de inmensa trascendencia coadyuvarían a desatar la tragedia que le costaría su vida: la malhadada invasión de playa Girón (Abril de 1961) y la crisis de los misiles (octubre de 1962). El primero sería uno de los descalabros más resonantes de la fallida diplomacia norteamericana para la región, provocada por la salida de Kennedy al problema caribeño heredado de Eisenhower con la peor de las fórmulas: castrar la operación de la CIA, rebajando considerablemente el aporte propiamente bélico, de acuerdo con Dean Rusk, su canciller, y entregar la operación a la aventura de un descalabro. Con los resultados de todos conocidos. En 65 horas de arduos combates, el ejército cubano comandado por Fidel Castro rechazó la invasión, provocó cientos de víctimas, entre muertos y heridos, hizo prisioneros a 1.200 invasores y se apoderó de importantes pertrechos militares.

Genio de la oportunidad, Castro aprovechó el descalabro para sellar su alianza con la URSS, declarar el comunismo como ideología y práctica del régimen, terminar de aplastar a la oposición, blindar su dictadura con respaldo masivo y popular, declarar la guerra a muerte a  Estados Unidos e impulsar la radicalización de su injerencia en el continente, que luego ampliaría a sus intervenciones en África. Pero un año y medio después, en octubre de 1962, la delirante decisión de enfrentarse a su enemigo mortal con todo el poder que puede obtener de la Unión Soviética lleva a la rocambolesca crisis de los misiles. Solo la enérgica respuesta de Kennedy declarando el bloqueo, obligando a Kruschev a frenar a su ficha caribeña, seguramente espantado por la insólita y delirante fogosidad del líder cubano  y la transacción que acuerda con Kennedy en el enfrentamiento de la OTAN con el pacto de Varsovia –en esencia y a grandes rasgos: Cuba por Turquía– impidieron que Castro cumpliera con su sueño más preciado: atacar al corazón de los Estados Unidos con cohetes portadores de ojivas nucleares. Y sumir al planeta en la más aterradora devastación de su historia. Incluso al precio de la desaparición física de su isla. Riesgo que, según confiesa, lo hubiera llenado de orgullo. ¿Es tan descabellado pensar que quien estuvo dispuesto a lanzar una bomba atómica sobre Washington no haya estado dispuesto a apretar el gatillo que terminó con la vida de Kennedy?

No es por azar que en medio de esta aguda crisis entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que se salda con la mayor frustración sufrida por Fidel Castro y su despecho ante el rechazo de Betancourt y el gigantesco obstáculo a su proyecto expansionista que se deriva de la implementación de la Alianza para el Progreso, producto del entendimiento entre esos dos grandes líderes políticos, ocurriera la tragedia de Dallas y el asesinato del presidente norteamericano a manos de un fiel y devoto admirador de Fidel Castro, quien, según un analista especializado en el tema: “Estaba enamorado de la revolución cubana, y se había puesto en contacto con el consulado cubano en Los Ángeles”: Lee Harvey Oswald. (Wall Street Journal, 18 de noviembre, 2013). Es más: según una crónica de El País, de España, Oswald habría tenido una relación amorosa con una funcionaria de la embajada cubana en México, buscando un visado cubano y al parecer decidido a irse a vivir a Cuba. Jorge Castañeda, el excanciller de Vicente Fox escribió en el mismo periódico el 24 de mayo de 2012: “Brian Latell no afirma –nadie podría hacerlo– que Castro mandó matar a Kennedy, ni que los cubanos ‘motivaron’ al ‘tonto útil’ de Oswald. Pero en su importante, novedoso y sugerente texto, presenta una tesis más sofisticada: La Habana se hallaba al tanto del inminente atentado y no hizo nada para evitarlo o avisar a su víctima. Los Castro, los Kennedy, los historiadores y los chismosos como este autor, moriremos todos sin saber… lo que los cubanos sabían.” Pero ¿quién duda de que Castro fue el principal beneficiario del magnicidio?

De allí la pregunta que me formulara en el artículo “Rómulo Betancourt-Fidel Castro” acerca del magnicidio de Kennedy como una de las posibles consecuencias del antagonismo histórico que encontrara en Betancourt y en Castro los máximos exponentes. Como a pesar del medio siglo transcurrido aún no se desvelan las motivaciones de Oswald ni las causas del asesinato, cabe la pregunta acerca de la intervención de Castro y los aparatos de seguridad cubanos en dichos luctuosos sucesos. Castro lo ha rechazado con indignación, a pesar de los evidentes beneficios que obtuvo de la desaparición física del líder demócrata. Muerto Kennedy, la Alianza para el Progreso vegetó en la nada, hasta desaparecer consumida por la furia de los días. Luego vendrían Falcón y Machurucuto, el Ché, Bolivia, Chile, Salvador Allende y las dictaduras del cono sur. Como la paciencia es el mejor aliado del demonio, al borde de la muerte y sin mover un dedo le cayó en el regazo el regalo divino de un teniente coronel felón y traicionero: el petróleo venezolano.

Podrá negar su participación en el asesinato de John Kennedy, pero de que le vino como anillo al dedo, no cabe la menor duda. ¿Quién le cree a Fidel Castro?

 @sangarccs