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Fernando Londoño

Castro-chavismo a la vista

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Le acaba de pasar al presidente Santos lo que a los amantes que ocultan sus amores. La mujer negada termina por ponerlos en evidencia. Así fue Maduro: lo puso en vergüenza pública, revelando que había sido su aliado decisivo en la OEA y en Unasur. No hay duda. Santos y Maduro tienen amores inconfesables.

¿Por qué los devaneos de Santos con persona tan desprestigiada, acorralada, detestada en todo el mundo libre como el burdo tirano de Venezuela? El que crea que es por la llave del proceso de paz que guardaría Maduro se equivoca. Este pobre zafio solo tiene en sus manos su propia tragedia. ¿Qué pasa entonces? Pues que ambos dependen de un solo jefe, un solo guía, un solo amo. Fidel Castro es la clave del enigma.

Castro sí es el dueño de la paz de Santos. Tiene todos sus secretos, conoce todas sus debilidades, sabe de todas sus ilusiones y de todas las vilezas que ha cometido por conseguirlas. Una palabra de Fidel y la paz de Santos vuela en átomos y en átomos vuela todo lo que de ella depende: reelección, Secretaría de la ONU, Nobel de Paz. De modo que nuestro presidente tiene que someterse a la receta castrista, que ya tuvo casi plena aplicación en la desgraciada Venezuela.

La cosa empieza por la pauperización de la sociedad, la clave de la dictadura del proletariado según la vulgata comunista. Un país de gente libre no cae jamás en la receta marxista. Hay que arruinarlo primero, física y moralmente. El chavismo ya lo hizo en Venezuela, donde apenas hay vestigios de su antigua riqueza. En Colombia ya empezamos. El camino parece más largo y complejo. Pero para el viejo Castro no hay tareas imposibles.

Con la pauperización, que implica ruina del campo, destierro de la inversión extranjera, sometimiento y aniquilación de los gremios económicos, marcha “pari passu” la ruina de las libertades esenciales. La de elegir, la de pensar y opinar, la de trabajar y crear riqueza, la de organizar gremios y partidos. Por si alguno no lo entiende todavía, en eso venimos trabajando. Y el camino recorrido no es poco.

Ese tratamiento dispensado a un país que fue libre suscita las reacciones y protestas que cualquiera puede comprender. Y es donde viene la nueva etapa del plan, consistente en la represión brutal, en los presos políticos, en los jefes encarcelados, los estudiantes muertos. Ese tipo de salvajismo tiene su efecto directo, que consiste en la derrota del pueblo inerme y en la fuga de los que se pueden fugar. Es el camino del exilio para los grupos que más estorban, que son los de la gente más capaz, la potencialmente más peligrosa para un régimen tiránico.

Sigan lectores el proceso cubano y el proceso chavista-madurista y encontrarán cumplidas todas estas etapas. Solo queda la final, la del último zarpazo, la que consiste en la destrucción de toda resistencia, en las cartillas de racionamiento para dominar mejor la población, el fin de cualquier vestigio de partido disidente, de cualquier principio de prensa libre y de elecciones democráticas. Y por supuesto la aplicación de la fuerza para los disidentes. A este último efecto, viene la formación de un nuevo ejército sobre las ruinas del que servía a la República y de una nueva policía, la KGB, Gestapo o equivalentes.

No se extrañe nadie de que sean las Fuerzas Militares el tema esencial de las negociaciones de La Habana. Para el proyecto en curso son el principal estorbo. Así se entienden la maquinaria del desprestigio, la desmoralización y la decapitación que ahora se cumple. Enseguida vendrán las zonas de reserva campesinas, las zonas cocaleras sin Ejército, la dejación de armas sin entrega y, finalmente, los asesores cubanos que sustituyan a los generales que aún no hayan sido dados de baja. Más clara no es el agua.