• Caracas (Venezuela)

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Sergio Antillano

Cartas con estampillas

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Hacer la cola con el sobre en la mano. Entregarlo en la taquilla y que la persona en la ventanilla lo pese y te diga el monto a pagar. Darle el dinero. Recibir de vuelta el sobre y varias estampillas que suman el monto cancelado. Los diminutos papelitos dentados tienen goma detrás. Buscar una esponjita húmeda en los mesones de la oficina de correos y presionar allí las estampillas hasta despertar la goma del reverso.

Pegar las estampillas en el sobre, usualmente en la parte de arriba, cuidándose de no tapar la dirección del remitente, que a veces está escrito, cerca de la esquina  superior izquierda del sobre que finalmente introduces por una ranura del buzón.  Confiar en que tu envío llegará a destino sano y salvo, aunque quizás no prontamente.

Ese ritual mil veces recorrido por millones de personas, parece estar extinto. El arribo del correo electrónico, el mentado e-mail, ha dado al traste con el proceso de enviar cartas en papel, usar sobres y pagar con estampillas el servicio prestado de llevarla a destino. Aunque en Venezuela  el correo ya estaba moribundo antes de inventar Internet. De hecho, nuestros  servicios postales murieron antes de alcanzar la adultez, nunca llegaron a ser realmente eficientes.

Su muerte prematura no nos dejó saber del placer de enviar una carta y que llegara a su destinatario en breves horas…

Las estampillas como elemento de prueba del pago de un tributo por el servicio de transportar información en cartas o documentos, nacieron en Venezuela cuando alguien en Bejuma comenzó a cobrar por llevar a Valencia la correspondencia. Fabricaron entonces unos diminutos papelitos rectangulares, por los que pagaba quien quisiera enviar algo. Las estampillas iban adheridas a las encomiendas que cabalgaban hasta la capital del estado en las alforjas del mensajero.

Esas estampillas primigenias no eran dentadas en sus bordes y fueron emitidas por los administradores locales en 1854, adelantándose cinco años al gobierno de la República  que crea las de la nación en 1859 “a fin de que particulares puedan franquear su correspondencia en sus propias casas”. Bejuma se adelantó y creó sus estampillas propias para financiar el servicio de correos que llevaba en caballos o carretas las cartas a Valencia, desde donde viajaba en ferrocarril hasta Puerto Cabello.
En 1876 hubo una iniciativa en Petare que emitió su estampilla, que era ovalada.

Cobraban por un servicio especial de correos entre Caracas y esa localidad, ya que el correo regular era muy deficiente. Entre Coro y la Vela también hubo algo similar en 1867, crearon su servicio de correos, emitieron estampillas y cobraban para sortear lo ineficaz del servicio que prestaba el gobierno central.

Los poblados y sus cabildos buscaban prestar ellos mismos los servicios, porque ya desde entonces el Gobierno de la nación no resultaba eficaz.
Quedaron las estampillas como testimonios de esas iniciativas que fueron truncadas por el Gobierno central que prohibió a los administradores locales el cobro de tributos…y se acabaron los envíos eficaces.

Las estampillas de Correos desde hace más de 150 años las emite el Gobierno nacional y conforman una diversa narrativa de cómo nos ven y nos vemos. Últimamente, aunque se usa menos el Correo postal, las emisiones son frecuentes aunque asociadas más al interés y promoción de instituciones del estado, que a garantizar los envíos. Se emiten casi por valor filatélico de coleccionistas.

También ahora, como ayer, el Gobierno central tiene en sus manos el nuevo correo digital, porque el e-mail navega en la Internet y para el acceso a esa red dependemos de quienes desde Caracas monopolizan el correo postal y el electrónico.

Muchas lecturas pueden hacerse de la historia del país al revisar las estampillas venezolanas, desde esas primeras emisiones que decían BEJUMA o las de la Sociedad progresista de Petare que rezaban “Correo entre Caracas y Petare”, hasta las más recientes que hacen loas al satélite Simón Bolívar o a Hugo Chávez.

El correo postal está casi extinto en el país pero en otras naciones goza de buena salud. En muchas partes las estampillas son ahora calcomanías, en papel plastificado y siguen de cerca los intereses y acontecimientos mundiales.

Aquí el correo murió más fácilmente porque nunca gozó de fortaleza.
En las estampillas que ha producido el país, desde las emitidas por aquellos ingeniosos gobiernos locales hasta las de hoy, también hay claves para una historiografía de la nación, el diseño gráfico, o valores estéticos del estamento oficial. Las estampillas son ventanas para asomarnos a otros tiempos y visiones; son elementos que guardan claves para la comprensión, entre otras cosas, de las maneras cómo se ve el país desde el poder central y la cultura dominante, a lo largo del tiempo.

En las estampillas venezolanas están también formas de representación de la flora, la fauna, el paisaje, los logros, las tradiciones, las edificaciones, las culturas étnicas, el arte, la ciencia y los ciudadanos notables, entre muchos otros temas. Estudiar esas visiones particulares puede contribuir a la necesaria semantización de nuestras realidades y sentir.