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Juan Carlos Gardié

Carta cívico-militar (El amor de Nicanor)

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—Te noto agotado, Nicanor –dijo el joven actor.

—Prefiero que me llames Niki, por favor –corrigió el viejo.

—Te noto agotado, Niki. Esa cara no es de ese cuerpo. Tus ojeras se abultaron como precio’e batería: mucho y de un día pa’otro. ¿Qué te pasa? ¡Tú te cuidabas! –respondió el treintón.

—Día del Periodista, Día del Teatro y Día del Orgullo Gay… ¡Seguidos! Para colmo, antier hubo ascensos militares. ¿Te imaginas la rumba, mijo? –Se justificó el señor mayor.

Reconocí al tal Niki. Se trata de un locutor que se dice actor y salió del clóset hace poco. Escuché cómodamente porque la chocolatería junto al teatro es pequeña y me tomaba un guayoyo grande justo junto a ellos, camuflado por un helecho y un enorme cacao de madera. Paré la oreja. Niki dijo:

—Cuando salí jubilado de la radio del gobierno y no encontré trabajo como actor, conocí a un militar. ¡Bello! Nos enamoramos, mijo, nos enamoramos. El es casado, pero tiene a su esposa en Lecherías, Anzoátegui. Desde el viernes rumbeamos hasta el domingo. Cuando volví cansadísimo de la concentración en la plaza Miranda, lo encontré como un Stalin caribeño: un energúmeno hediondo a ron. Supo que Yoel Acosta pide la renuncia de Maduro para evitar una explosión social. En mis 77 años no vi hombre más furioso, mijo. Está dispuesto a defender a su presidente a cualquier precio. Claro, dos días después lo ascenderían a mayor del Ejército, tú sabes como es eso.

—Para tu suerte –contestó el treintón– le gustan los maduros. Préstame atención, Niki. Seré franco contigo y aunque la franqueza no nos exime de la cortesía, esto puede sonarte duro. Yoel Acosta Chirinos y Carlos Guyón, por una parte; Giordani-Navarro y su combo, por otra, además de la sociedad civil, son tres caras del mismo descontento: el ex chavismo militar, el gobierno chavista antimadurista y la oposición histórica. La crisis económica apuñala ideologías y socava la moral de este país. Fíjate que hasta Bernal reconoce que fracasaron las empresas expropiadas. La calle está cada día más incendiada con un verbo que tarde o temprano se expresará en hechos. Vivimos de carta en carta, de abuso en abuso, de amenaza en amenaza y en una devaluación continua, amén de una laberíntica burocracia. Medio país tiene años diciendo que hay que cambiar el rumbo y ahora buena parte de la otra mitad entra en conflicto. Ellos saben que el barco hace aguas y ahora, en otro afán demagogo, juegan a “relanzar” las misiones, con lo que declaran su fracaso. No hay socialismo del siglo XXI, solo hay mucho billete para robar aquí y fuera, para “excederse en gastos electorales” y fortalecer complicidades. Todos lo sabemos pero no todos los sufrimos: la boliburguesía está nadando en comodidad dolarizada. En el seno del mundo militar, a pesar de que hasta al chigüire lo ascendieron a dóberman, también hay descontento. Se quiere una salida constitucional. Yo, como cristiano, tengo a Cristo como único camino, verdad y vida, pero en mi país el camino es la renuncia del presidente. Coincido con Acosta Chirinos. ¿Quiénes se oponen? ¡Los parásitos y los inocentes! Esto arde porque la fiebre esta en ellos, Niki. Lo escriben ministros y hermanos de samán del difunto líder del proceso. Cartas cívico-militares. Proclaman la lucha interna en cadena nacional. Se llaman entre ellos traidores, pitiyanquis y apátridas. ¡¿Qué tal?! Amo mi país, y quien ama, corrige. Hay que corregir y para eso necesitamos militares de verdad. No hace falta ser un genio para saber que el insípido y carente de cualquier asomo de carisma no lidera absolutamente nada. Diosdado y su combo lo saben y están esperando como caimán en boca’e caño. Te voy a dar un consejo, viejo, anda a ver Compadres en el Espacio Plural del Trasnocho. Esa obra la escenificarán el próximo viernes, sábado y domingo, es su último fin de semana, es una obra de teatro escrita por Javier Vidal en honor a Simón Alberto Consalvi. Allí podrás ver con detalles lo que Gómez le hizo a Castro. La traición es nuestro sino trágico. Hay muchas en ciernes.

El viejo lo miró con humildad. Asintió levemente con la cabeza. Lo tomó por los hombros y le susurro:

—Lo sé. Hay que cambiar el rumbo.

Y se fue arrastrando los pies.