• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Carta de un amigo

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No me creerás si te digo que el luto me duró poco. Fue pleno el domingo 7 en la noche, tuvo sus ramalazos lunes y martes, pero ya el miércoles me levantaba como un resorte, lleno de energía.

No me lo explico; no puedo entender las razones.

Yo era dueño de una derrota, pero de una hermosa derrota; es lo que suele sentirse cuando uno es un demócrata. Y nosotros no sabemos ser sino demócratas: no podemos aspirar a otra condición o a otros atajos.

Demócratas, repito, una palabra que me define cabalmente. No es poca cosa lo que se ha hecho, pero nos cuesta reconocerlo.

Fue una tarea titánica: construir esa unidad sólida, juntar a tanta gente talentosa, entender la importancia de un liderazgo.

Todo se hizo en pocos meses, pero con resultados extraordinarios. ¿Que hubo errores en el trayecto? Pero ¿cómo nos lo va a haber cuando se compite no digamos contra un partido sino contra todo un Estado? Sí, todo un Estado.

Es bueno entender esto. Una contienda desigual, ofensiva, opresiva. Un simulacro, ¿uno más?, en el que se usan los revestimientos democráticos para corroer por dentro a la Democracia.

Estamos además ante una perversa novedad, ante un perfeccionamiento de los controles políticos y sociales: se trata de una verdadera industria del voto, donde por un lado yo cuento con logística, dinero público, fuerzas armadas, línea blanca, data electoral, data de misiones, y por el otro lado me salen votos. Es así de fácil.

Contra eso, francamente, no se puede. Razón de más para valorar lo que hemos logrado, porque con todo y maquinaria, la diferencia ha sido de millón y medio de votos.

Yo me digo que, aunque no sirva de nada, esa estafa habría que documentarla, habría que consignarla minuciosamente ante las autoridades electorales.

Y no para esperar un pronunciamiento, que nunca lo habrá, pero sí para dejar constancia de una aberración democrática, que dista mucho de una "victoria perfecta".

No servirá para estos tiempos, pero sí para el futuro, cuando podamos examinar estos hechos con ojos que serán los de la Historia y no los nuestros.

Pero no me interesa tanto repasar los hechos recientes como pensar en el presente o en el fututo inmediato.

Y vuelvo a referirme a esa extraña energía que me invade. Ganas de levantarme, de retomar mis proyectos, de incidir en el entorno en que puedo hacerlo, de darles más a los demás. Siento una extraña paz, un hálito de convivencia.

No me quiero diferenciar de los que han votado distinto a mí, pero obviamente encuentro cobijo en los 6 millones y medio que han votado como yo. Y siento que mi derrota es perfecta, porque es enteramente genuina, porque es transparentemente democrática, y muy distinta al triunfo imperfecto de la mayoría, porque ha sido empujado, manipulado, teledirigido. Un triunfo que no es fruto de la libertad, sino de la necesidad, del interés, de la coerción o del miedo.

Y puedo entender que haya venezolanos que voten así, y no los culpo, no podría culparlos. Debo más bien entenderlos, porque finalmente son mis semejantes, y todos habitantes de esta tierra.

Creo que no puede haber soberanía individual, libertad de espíritu, cuando la vida de alguien está signada por la necesidad. Y son finalmente nuestras penurias sociales las que siguen condicionando nuestra marcha republicana, que ni siquiera puede llamarse republicana, porque la misma noción de república es inviable si no es entre iguales.

¿Podremos cosechar más igualdad hacia futuro? No debería de haber mayor deseo colectivo que éste, y hacia allí deberíamos empeñarnos todos. Conquistar la igualdad equivale a derrotar la sujeción, la dependencia, que son abono para cualquier factor de poder. Hagamos nuestro el día en que el voto sea un acto de conciencia y no una arcada en el estómago.