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Jair de Freitas

Carta abierta al presidente obrero

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Respetado Nicolás Maduro:

Quiero comenzar esta carta disculpándome por referirme a usted como el presidente obrero, pero, como bien sabe, dicho adjetivo calificativo no es de mi autoría sino suya. Soy un hombre de leyes y no puedo evitar recordar que con ocasión de la nueva LOT se eliminó la definición legal de “obrero”, según entiendo porque la Comisión Presidencial de la cual usted formaba parte la consideró discriminatoria. Haciendo memoria, para el artículo 43 de la ley derogada, obrero era aquel trabajador en cuya labor predomina el esfuerzo manual (que por cierto es distinto a decir predominio del esfuerzo verbal) sobre el intelectual. En todo caso, según la norma que acabo de citar, el predominio del esfuerzo en un obrero no es intelectual.

Yo, en cambio, confieso que, a pesar de que trabajo mucho cada día, soy intelectual con mucha inclinación a la lectura. Fíjese, por ejemplo, en marzo leí un texto del profesor Sartori intitulado La democracia en 30 lecciones. Entre otras cosas, allí afirmaba el autor que “…el edificio de la democracia se apoya en la opinión pública y en una opinión que surja del seno de los públicos que la expresan”. Entonces, como usted ha insistido tanto en que Venezuela es un país democrático y que aquí sí existe libertad de expresión, yo le tomo la palabra en la confianza que no habrá enojo de su parte por el contenido de la presente.

Para ser diáfano, esta misiva desea expresar las inconformidades que vibran en el corazón y mentes de muchos de los habitantes de este país y, en específico, las asociadas al ámbito de las relaciones de trabajo. Ello por dos razones: la primera, debido a que es el área a la que he dedicado toda mi formación y práctica profesional; y la segunda, porque habiendo sido usted dirigente sindical antes de incorporarse plenamente a la política nacional, nos confiere un lenguaje común a los problemas con los que ambos hemos luchado arduamente desde posiciones opuestas.

Con la venia respectiva, le confirmo que durante su primer año al frente de la conducción del país, la situación no ha mejorado. Hay una gran desazón respecto de las políticas laborales y de seguridad social existentes, la economía todavía está muy lejos de experimentar una reacción vigorosa, lo cual mantiene en jaque los empleos existentes. Como si fuese poco, los salarios no permiten a los trabajadores un verdadero acceso a la propiedad privada, y pierden cotidianamente la batalla inflacionaria. Todo esto ocurre a la sazón de una impunidad laboral que galopa por todo el territorio nacional y que pernocta en las inspectorías del Trabajo sin solución de continuidad. Le pregunto: ¿francamente usted está convencido de que esa es la construcción del hombre nuevo?

Samuel García afirmó en una ocasión que los gobiernos suelen tener más interés en controlar al pueblo que en mejorarlo. Por eso veo con honda preocupación las continuas restricciones a las libertades económicas, al derecho a la propiedad privada y la carencia de seguridad jurídica que ya irradia el núcleo esencial de los derechos humanos fundamentales y los vacía de contenido. El prontuario laboral de nuestro país ante la OIT no es para nada alentador y la cantidad de denuncias al Convenio 87 sobre Libertad Sindical así como también lo que viene sosteniendo tanto la Comisión de Expertos en la Aplicación de Convenios y Recomendaciones como el Comité de Libertad Sindical resulta preocupante y dignos de su especial atención.

Usted afirmó darle la bienvenida a la protesta cuando esta alerta de los graves problemas sociales que padecemos. Pero ese ejercicio soberano y constitucionalmente reconocido es, al mismo tiempo, símbolo inequívoco de la exteriorización de conflictos por demandas que no han sido resueltas y que, en lo laboral, requieren del tripartismo y la concertación social para que la “mayor suma de la felicidad posible” no sea solo una expresión verbal, sino acción y solución que con respeto le pido en esta carta abierta a usted: presidente obrero.