• Caracas (Venezuela)

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Carlos Delgado Flores

Carta a Henrique Capriles

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Respetado Henrique:

Ahora que cumples 42 años, quiera Dios concederte una vida sana, feliz, larga, para que puedas conocer tu descendencia hasta la quinta generación. Ello implica, por supuesto, que quieran Dios y María la Virgen conducirte hacia la compañera que buscas, que mereces, para continuar la ruta familiar. Yo espero que este futuro puedas alcanzarlo aquí, con nosotros, y no en la diáspora, con 6% de nosotros que ya salió. Espero, además, que puedas llegar a él siendo figura pública, ejerciendo el liderazgo y contribuyendo a que otros puedan tener su futuro, haciendo buena la palabra empeñada y el compromiso que ella supone.

Siempre he lamentado que no seas tú un profeta sino un apóstol, no porque uno sea un mejor modo de servir que el otro (que no es así), sino porque en los tiempos que vivimos, con tantas cosas que hay que cambiar para salir adelante, creo que para encontrar el camino para ese futuro, es necesario denunciar el tiempo que nos toca, sin miedo, con verdad; anunciar  el tiempo venidero y de ser necesario ofrecerse en sacrificio para que quede claro cuál es el precio que hay que pagar por ese futuro. Paradoja de la política: el 14-A,  después de una campaña relámpago donde te mediste con Maduro diciendo verdades a troche y moche (gesto que en su oportunidad alabó Fernando Mires y también lo hice yo), el día en que debías encabezar la rebelión en nombre de la verdad, decidiste mandar a la gente de regreso a sus casas ¡y la gente te hizo caso! Ese día entendí que tenemos un líder a quien le importa más la vida que la historia: un príncipe de la paz.

Pero entonces se me olvidó que si bien no eres un caudillo, sino un líder de equipo, tú eres un hombre de partido y eso tiene algunas implicaciones que sería bueno  que consideraran las partes en conflicto, dentro de la oposición, en esta hora en que se busca una alternativa que no sea la división.

Un hombre de partido es un tipo disciplinado, que encuadra sus acciones dentro de la ideología, programa de acción y estructura que decidió hacer suyos, como parte integrante. Partido que, para más señas, no es un partido de masas sino de cuadros, que intenta la formación de un centro democrático desde donde echar adelante un proyecto de país. El partido, además, no gira en torno a un caudillo, aun cuando tiene una cabeza que lo piensa y que lo estructura, ergo: no es un partido electoral. En ese partido estás haciendo tu apostolado.

¿Y qué dice el partido ante la crisis política presente? Que hay que insistir en hacer buenos gobiernos donde se es gobierno, que no se debe abandonar la vía electoral, que de ser necesario, hay que preservar y postergar las acciones hasta que la fuerza de los hechos (la fuerza de la historia) impulsen el cambio de la mayoría, como consolidación de una estrategia incremental que viene teniendo éxito desde 2006, en la cual, el partido sea la primera fuerza política del país; situación que, en opinión del partido, es propicia en 2019, cuando culmine este periodo constitucional… Suena bien, para un país normal.

Allí hay un matiz de tu parte: hablas de un gran movimiento social que propicie salidas constitucionales, pacíficas y electorales, de esta crisis; que sin la participación popular en este movimiento, sin la construcción de un consenso, nada vamos a hacer sino competir entre nosotros, cuando la competencia es con este estado que práctica la democracia totalitaria.

Y allí es donde surgen mis preguntas. Ya que eres apóstol de un partido ¿lo serías de un movimiento como el que describes? ¿Podría el partido participar en un movimiento así, o se decantaría por mantener la opción electoral a largo plazo? Y en caso de participar, ¿qué podrían proponer a este movimiento? Porque el pregonado progresismo de la campaña del 7 de octubre, ya para el 14-A había desaparecido, lo que refuerza la percepción que se tiene del pragmatismo del partido y de la preferencia por el mercadeo político (o de cualquiera otra razón reductiva como la teoría de juegos) antes que la ideología y el proyecto de país. Porque la vocación de poder del partido y su condición de cuadros, lejos de abrirlo para el trabajo con las sociedades intermedias tiende a encapsularlo, en un duelo de espejos con su némesis: uno que dice ser el partido del siglo XXI, pero que en la práctica ha pasado de ser un partido electoral a un partido archipiélago- ¿Y qué decirle al chavismo descontento? ¿Tiene sentido negarles identidad y someterlos a la prueba ácida del enemigo redimido o puede construirse un movimiento con un proyecto que los incluya distinguiéndolos claramente de la burocracia de la que ya comienzan a bregar por separarse?

Como quizás pueda verse, desde esta perspectiva, el problema no es quién es el líder, sino cuál es el proyecto y cómo un proyecto puede unir a “salidores” e “institucionalistas”, con el chavismo descontento, los estudiantes, los gremios, los trabajadores, la sociedad civil y las comunidades de base, combinando protesta y elección. Y como construir un lobby del tamaño de un país para generar un acuerdo de país hecho con el país. Mandela puede ser un ejemplo, pero ¿cuál Mandela?  ¿El de antes o después de la cárcel? Lo que me lleva a su vez a preguntar, ¿qué tanto parecido puede haber entre el apartheid de Suráfrica y las fallas del proyecto modernizador venezolano? Pregunta con la cual quiero insistir en que no debemos dejarnos llevar por la razón reductiva o el pensamiento estereotipado, por buenas que sean las intenciones de quienes piensan así.

Para decirte esto te escribo, Henrique, porque tú eres quien mejor puede entenderse con los sectores, si consigues el camino de Damasco. Que el espíritu santo te ilumine. Un fuerte abrazo.