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Carlos Delgado Flores

Carta a Chúo Torrealba

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Querido Chúo:

Ahora que comienza este año tan complicado, tan trascendental, vaya hasta ti mi palabra de saludo y la reiteración de la confianza y el respeto que me inspiras desde el tiempo que compartimos en la UCV. Y vaya también un pequeño cuerpo de reflexiones que, como una suerte de meditación en voz alta, quiero compartir contigo, tratando de buscar luz.

Cuando te designaron secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática, yo me alegré mucho, pues me pareció un acierto, una apertura de los partidos de la oposición a un tipo de política que no hacen. Me pareció que tú reunías lo mejor de ambos mundos: el del activismo social y el de la organización política, los cuales podías amalgamar con tus reconocidas habilidades de comunicador. Todavía me luce como una buena idea, pese a que puedas ser percibido tal y como se te describió en una reunión realizada a finales del año pasado, como “un bombero en una fiesta de pirómanos”.

No se trata de acentuar con la expresión tu condición de rara avis de la política criolla, pero sí de entender que los partidos que te requirieron quizás lo hicieron porque tú eras la respuesta a las plegarias de tecnócratas y mercadólogos políticos, que vieron en ti al hábil vocero que les hacía falta para colonizar a las comunidades populares, cuando en realidad tú eres capaz de cosas más grandes y complejas: sabes articular en tu discurso las realidades locales con el contexto nacional en permanente ejercicio de pedagogía política y eso, amigo, es de agradecer en nuestros días, pues permite construir convicciones, generar confianza y restablecer el sentido común.

Pero los pirómanos de esta fiesta, al parecer, de lo que más carecen es justamente, de sentido común, y quizás por ello es que se agotan en un permanente cuento y recuento de sus probabilidades. Un grupo de ellos forma una alianza para preservar el statu quo al cual se incorporan de hecho, aunque el discurso público sea otro; para preservarlo, son capaces de sacrificar los pocos gremios y sociedades intermedias que aún se mantienen autónomas. La opinión pública resucitó, para darles nombre, el apelativo que los franceses dieron al gobierno de Vichy durante la ocupación nazi: colaboracionistas.

Otro grupo ha venido intentando la sustitución del statu quo sin demasiado éxito, enredado entre la apelación al soberano y el personalismo político, para tener que pactar, ante la precariedad de los resultados, en un trazado político que demanda posponer u olvidar en función de un boleto para el tren legislativo… Pareciera que la falta de éxito puede sacarlos de la ecuación, pero ¿es el fracaso el factor crucial a la hora de las definiciones? ¿Es necesario polarizar también a la oposición?

Otro grupo de los rebeldes de principios del año pasado logró sentar las bases para un mecanismo de consulta nacional, similar al caucus estadounidense. Tempranamente satanizado, se objetó el liderazgo que lo convocaba, al decir que proyectaba en la iniciativa las características personales del equipo promotor, y si bien el grupo no logró despejar esta matriz de opinión (haya verdad o no en ella, digo), lo cierto es que están en el terreno. Y si bien desde un principio fuiste partidario de que todas las opciones compitieran, dado que no eran excluyentes entre sí, algunas veces ocurre como en la canción infantil: “Los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán”… Y no faltarán quienes intenten apelar a otras fórmulas, agitar los esqueletos en el clóset o invocar otros espíritus, haciendo ganancia en río revuelto, según la conseja popular.

Del otro lado también hay candelas, y ya no podríamos decir con propiedad que se trata de otra fiesta. Una de ellas, la más grande, es el intento, cada vez más consumado, de imponer un modelo impopular (o más bien, antipopular) por parte de una burocracia de charreteras. Un grupo disidente de ellos entabló hace poco una diatriba contigo, despachada entre falacias e insinuaciones, con lo cual la oportunidad de un debate que podía ser interesante se desdibujó en mera pirotecnia verbal.

Lo cierto, amigo Chúo, es que en la fiesta de las candelas, el apagafuegos es un aguafiestas, y no puede actuar solo, porque en algún momento su habilidad no va a ser suficiente. Ya va siendo hora de formalizar otras alianzas con otros sectores para que, juntos, podamos apagar los fuegos.