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Simón Alberto Consalvi

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El 22 de febrero se cumplieron 105 años del nacimiento de Rómulo Betancourt. No hubo parada militar para celebrar, ni arengas patrióticas ni fuegos artificiales (o fatuos). Simplemente, se presentaron tres libros de la serie Historia Contemporánea de Venezuela en la fundación que lleva su nombre, porque Betancourt fue hombre de ideas, porque se formó en medio de la polémica y de la discusión y de ahí extrajo su visión democrática de Venezuela. Los tomos son: La disputa de la independencia en auge, tregua y renovación (1810-1815) de Germán Carrera Damas; La era de los gendarmes. Caudillismo y liberalismo autocrático (1861-1936) de Tomás Straka, y La dictadura militar (1945-1948) de Eduardo Mayobre.

Betancourt pensó con libertad y nunca desdeñó el pensamiento ajeno, y por eso sus ideas perduran en el tiempo. Desde 1928 se había preparado para la política. Viajó al primer exilio a los 20 años y se cuenta que llevaba en su equipaje de proscrito los 15 tomos de la Historia contemporánea de Venezuela de Francisco González Guinán. Leía con afán y escribía con obstinación.

A los 37 años de edad, asumió la conducción del país como presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno en 1945. Después de haber ejercido la presidencia constitucional de la República, a los 65 años, y con enorme influencia política, Betancourt decidió no optar por el poder porque rechazó la idea de ser la versión civil del “gendarme necesario”.

Antes de su centenario (2008) el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, ordenó que fuera removida de un muro del Parque del Este la escultura de Betancourt realizada por Marisol Escobar. Betancourt en medio del humo de la pipa. La historia borrada a bayoneta calada.

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La impolítica se ha convertido en el primer desafío de la política en Venezuela. No podemos ser antipolíticos, pero necesitamos ser impolíticos, que supone decirles la verdad a los venezolanos. Pero el que le diga la verdad al país será derrotado con toda seguridad. La gente prefiere la mentira a la verdad. De ahí que engañar a la gente sea tan fácil, porque el terreno está abonado. No hay nada más popular que la mentira, que se ha convertido en el denominador común de la política.

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Después de tres lustros de revolución bolivariana, la realidad histórica de Venezuela se traduce en la destrucción de la República y de sus instituciones. Dejó de tener vigencia la Constitución de 1999, y lo fundamental de las repúblicas, quiero decir, la independencia de los poderes del Estado, ha naufragado en el personalismo y la rendición incondicional al Ejecutivo.

Como “una maquinaria bien provista de ingeniosos contrapesos” describió Fernand Braudel la Constitución norteamericana de 1787 en su ensayo “America par excellance: the United States”. Esto es lo que define a las repúblicas, desde sus orígenes. El historiador francés glosó el pensamiento de Thomas Jefferson, según el cual los poderes del Estado no sólo debían estar divididos, sino también balanceados de forma que ninguno tuviera posibilidades legítimas de excederse o de interferir en el dominio de los otros. No cabe duda, no hay prioridad de mayor urgencia que el rescate de la república.

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Con el título “Esencia renacentista/ Blas Bruni Celli (1925-2013), científico y humanista venezolano”, la periodista Elisabet Sabartés publicó un perfil del gran venezolano en el diario La Vanguardia de Barcelona, el 18 de febrero. Vale la pena registrarlo, y dice así:

“Científico y humanista. Médico y filósofo. Historiador y ciudadano. Patólogo, político y políglota. El último renacentista. Con esta profundidad de campo dibujaban la personalidad de Blas Bruni Celli algunos de sus coetáneos que le despidieron en la prensa caraqueña, con la certeza de que Venezuela era ya huérfana de un hombre privilegiado. ‘Cuando queden atrás estos tiempos desérticos de negación, los venezolanos reconocerán todo el esplendor de su legado’, escribía Simón Alberto Consalvi en las páginas de El Nacional sobre la vastedad de la obra cultural de su amigo, fallecido en Caracas el 17 de enero a los 87 años.

“Una herencia mayúscula la de Bruni Celli, por el carácter poliédrico, la amplitud y la complejidad de sus intereses. Abrazó la ciencia como ejercicio terapéutico y ruta de conocimiento, pero también como vocación docente y práctica política (fue ministro de salud en el primer gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez). Se entregó a la filosofía como maestro e investigador, exploró las lenguas muertas, fue profesor de griego y traductor de los clásicos. En su calidad de historiador, coronó una obra sin precedentes en la memoria cultural de su país: el ‘espejismo’ –según sus propias palabras– que se materializó como Venezuela en 5 siglos de imprenta, compendio monumental de 6.981 entradas sobre todo lo que salió de las prensas sobre el país desde los años de la colonia.

“Miembro de número de cuatro academias en su país (Lengua, Medicina, Historia y Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales), Bruni Celli fue un intelectual total, pero también un hombre de a pie. Un individuo comprometido con la democracia y las libertades civiles, no sólo en la época de la dictadura militar perezjimenista de los años cincuenta, sino en los tiempos presentes del autoritarismo chavista, cuya apisonadora mediática omitió deliberadamente la noticia de su muerte”.