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Mirla Alcibíades

Carnavales caraqueños de ayer

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No recuerdo si fue el lunes o el martes del pasado Carnaval de este año, escuché en un canal de televisión local los comentarios de un pretendido conocedor de las costumbres coloniales caraqueñas. Decía este caballero que, durante los siglos de hegemonía metropolitana, los habitantes de la ciudad jugaban el Carnaval con aguas floridas que, amigablemente, se esparcían unas(os) sobre otros(as). Lo propio habría sucedido en el siglo XIX, años en los cuales se continuaría con idéntica práctica. Hacía un alto al indicar que durante la guerra de independencia se suspendió el juego debido a las circunstancias bélicas.

En realidad, todo lo expresado adolece de rigor histórico. O sea, todo lo dicho se familiariza con la fantasía. En primer lugar, hay que andarse con tino cuando se habla de la Colonia venezolana, por cuanto esos siglos no han sido suficientemente estudiados. Debido a esa circunstancia, poco se conoce de la práctica carnavalesca en la capital de la provincia de Venezuela durante aquellos trescientos años. Sin embargo, recientes indagaciones permiten sostener que, efectivamente, se practicaba el Carnaval y que, además, esa práctica iba más allá de lo indicado por nuestro “experto” en siglos pretéritos.

Lo primero que debemos observar es que cuando en el presente se habla de esa fiesta se la asocia con el uso del agua. Pero –no obstante esa creencia extendida– parece demostrable que, en sus comienzos, tuvo más importancia la representación teatral, la música y los bailes.

Siendo de esa manera, al hacernos la pregunta referida a los protagonistas de esas fiestas, vale decir, a quiénes participaban del Carnaval, tendremos que dar una sencilla respuesta: todos los sectores. Sucedía de esa manera porque el teatro era un lugar al que asistían todos los miembros de la sociedad: ricos y pobres; blancos, negros, indios y pardos (en la terminología de la época); hombres y mujeres.

Dado su carácter irreverente, la Iglesia se opuso con frecuencia a ese tipo de celebraciones, pero, a pesar de las prohibiciones, no había manera de detener la práctica teatral en esos días. Ello ocurría así porque, en muchas casas, se organizaban representaciones en forma habitual. Muchas veces los patios del hogar doméstico se convertían en el mejor escenario para la actuación. Eran montajes que se pensaban para consumo de familiares y amigos. De modo que, aunque el clero estuviera en desacuerdo, la devoción teatral se mantenía.

¿En qué momento se introdujo el uso del agua y otras sustancias? No puedo señalarlo con exactitud. Pero lo que sí puedo asegurar es que para 1714 hay registro documentado de que el Carnaval ya no se limitaba a la música, el baile y el teatro. Por eso, al referirse al uso de líquidos y demás sustancias los pobladores de la provincia preferían hablar de “carnestolendas”. Se mantenía la palabra “Carnaval” para aludir a los tres días de fiesta celebratoria. Veamos qué se puede decir sobre lo ocurrido el año que indico.

Ante todo es preciso recordar que, en julio de 1711, había tomado posesión del cargo de gobernador de la provincia don José Francisco Cañas y Merino. Los pocos historiadores que le han dedicado algunas líneas lo pintan como hombre de dudosa moral, significativamente inclinado al desenfreno.

Una tarde del Carnaval de 1714, cuando se paseaba por las afueras de la ciudad, fue mojado por un grupo de chicas que se divertían a costa de todo paseante que transitara por el lugar. Al gobernador le gustaban este tipo de juegos públicos, razón por la cual no mostró enojo en un principio. Muy por el contrario, en retribución arrojó a las chicas un puñado de conchas, según reza el expediente que trata el asunto.

Las carnestolenderas no se encontraban en la calle, habían preferido situarse en las ventanas de sus casas. Del agua pasaron a arrojar azulillo y almidón. El alto dignatario quiso entrar en la casa donde se encontraba la batería mayor de jugadoras, pero las chicas no quisieron abrirle el portón.

El gobernador enrojece de furia. Cuenta con el apoyo del grupete de amigos que están tan mojados y azules como él. La violencia y la fuerza de las embestidas vencen la resistencia que ampara a las jóvenes caraqueñas y la partida de hombres ingresa en la casa.

Al ver aquellos rostros trasformados en furia viva, las niñas huyen espantadas. Una de ellas está al alcance de la autoridad mayor, que no ha bajado del caballo. Cuenta la crónica que “a todo correr la lleva al Guaire; donde la sumerge con violencia, y la saca del agua sin conocimiento; el bárbaro la mira desmayada y ni una luz de compasión cruza por su mirar de sátiro./ Cuando llegan los de la gavilla, ya la doncella es una víctima más de los salvajes apetitos de aquella fiera”.

No sé cuánta significación tuvieron a los fines de su destitución los hechos que he referido. Pero sí es demostrable que una serie de acciones que rayaban con el despotismo obligó a la corte madrileña a desarraigarlo del cargo de gobernador ese mismo 1714. Pero como no pretendo tratar en este momento cuestiones relativas a la administración colonial, paso a observar un asunto que juzgo de interés para el propósito que persigo hoy.

Quien vivía en las afueras de la ciudad no pertenecía a los sectores privilegiados de la sociedad caraqueña. Allí estaban radicados quienes muchos han calificado de “pueblo llano”. El punto es importante porque una sociedad tan fuertemente estratificada como la establecida por España en sus colonias de ultramar, contaba con momentos y espacios de convivencia en términos de igualdad.

Dan cuenta de lo que sostengo la experiencia que he referido: unas chicas de baja condición socio-económica se atreven a mojar y cubrir con sustancias inapropiadas a la máxima autoridad provincial. Se me dirá que no sabían de quién se trataba. Al efecto contestaré que no todo el mundo tenía capacidad económica para disponer de un caballo. La mayoría de la gente andaba a pie, pues no tenía ni con qué adquirir un burro. Si las chicas vieron a un grupo de hombres a caballo, sabían que eran personas adineradas y, sin embargo, ello no les significó freno alguno.

Un asunto para ser estudiado este del Carnaval porque, sin dudas, fue una instancia de convivencia social en la cual la posibilidad de acercamiento y, más aún, de interactuación complacida entre todas las castas era un hecho.

Pero dejemos la Colonia atrás y pasemos a la época de la Independencia. Pues bien, importa indicar que en esos cruentos años la práctica se había complicado. Continuaban los bailes, cantos y representaciones teatrales y también el uso de agua. Pero ahora se ha sumado a las totumas y jeringas los orines, betunes, cal y pintura en los días previos a la Cuaresma.

Nuestro “experto” historiador televisivo da por sentado que, durante los años de Independencia, la ciudad de Caracas suspendió el juego de Carnaval con agua. La verdad es que no fue así. En mi último libro (que he titulado Mujeres e Independencia: Venezuela 1810-1821) he recordado cómo se expresaba el Cabildo caraqueño en 1813. Decía un escrito oficial que, a pesar de que todos los años se prohibía el Carnaval (lo que significa que los caraqueños jamás lo suspendieron), continuaban “las carnestolendas en las calles con aguas, huevos, almidón, pintura y otras especies de que han resultado enfermedades, abortos y aun muertes por causa del desorden que es propio”.

Desde la Colonia, cada autoridad civil o eclesiástica imponía el rigor que juzgaba conveniente, pero lo cierto es que entrado el siglo XIX la francachela se practicaba en todas las comunidades donde regía el ayuntamiento capitalino y que, no obstante las desgracias que muchas veces acarreaba (abortos, contusos, etc.), gozó de aceptación colectiva. El juego proporcionaba diversión tanto a hombres como a mujeres de todos los estamentos sociales.

A un año antes de sellarse nuestra Independencia política, el Ayuntamiento (en cumplimiento de las órdenes dadas por el gobernador y capitán general don Fernando Mijares) ordenaba a los alcaldes de barrio que “cese el escandaloso y perjudicial juego de carnestolendas”. No obstante las prohibiciones, los desacatos a la jerarquía de gobierno se mantenían.

Durante la etapa de formación del Estado republicano (1830-1870) el bochinche siguió y, debe decirse, empeoró en muchos sentidos. Sin embargo, por ser materia extensa lo referiré el venidero año en fecha similar a la presente.