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Raúl Fuentes

El Carnaval de la patria

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Cuando opta por el confort y la riqueza en detrimento de la gloria y la patria, valores muy caros a la idiosincrasia cuartelaria, el soldado no solo deja de ser ciudadano sino que, para decirlo con palabras de G. B. Shaw, se convierte en “un anacronismo del cual debemos librarnos”. Esta sentencia puede parecer mordaz exageración pero, cuando hemos tenido que soportar en cadena nacional el despliegue rojo y verde oliva que, el pasado miércoles 5 de marzo, día aniversario de la muerte de Chávez y primero de los diez decretados y que para honrar su memoria, convirtió al Paseo Los Próceres en versión criolla de un sambódromo carioca no queda otra que admitir la justeza y razón contenidas en la cáustica sentencia del escritor irlandés; porque la presuntuosa  parada del miércoles rezumaba decrepitud y se nos presentó como un recordatorio de que la fuerza bruta está del lado de quienes están siendo sistemáticamente cuestionados por su pésima gestión al frente de una administración que no sabe cómo ni para qué se gobierna, y lo único que le interesa es mantener el poder a toda costa, aunque para ello deba pelearse con medio mundo, censurar los medios de comunicación y reprimir con saña rayana en el sadismo a una juventud que rechaza someterse a los caprichos  del castro-chavismo.

La comparsa cívica y militar que, como es usual en todos los actos del gobierno y del PSUV, fue un derroche de cursilería capaz de provocar repelús en el más incombustible de los observadores y sonrojarlo de pena ajena, nos retrotrajo a la época de Pérez Jiménez y su Semana de la Patria, aquella sucesión de paradas y alegorías que convertía a estudiantes y trabajadores en protagonistas porque sí de gigantescas representaciones concebidas para maravillar al dictador y a sus invitados, tiranuelos como él, que con lúbricas miradas de aprobación aplaudían a las muchachas de la bandas secas que se afanaban por no perder el paso y mantener el ritmo de sus redoblantes mientras marchaban por céntricas avenidas de la capital.

El patriótico aquelarre perezjimenista era, además de una formidable maniobra de distracción, un intento de aglutinar a la gente en torno al “nuevo ideal nacional”, doctrina basada, de acuerdo con palabras pronunciadas, en 1954, por el déspota tachirense, “en las ideas del Padre de la Patria, en los recursos naturales del país y en su ventajosa ubicación geográfica. Y todo para construir una patria digna, próspera y fuerte”. El espectáculo con que se quiso honrar al eterno, supremo e inmortal comandante cardiopatriota también obedece a la necesidad de desviar la atención del ciudadano de lo que realmente está ocurriendo en el país –la protesta continuada y sostenida de una población que desconfía de quienes ejercen el mando y, así mismo, de convertir a Maduro en médium entre el pueblo chavista y su desparecido semidiós para ganar indulgencias con escapulario ajeno y presumir de un respaldo del que, en verdad, es huérfano.

Ambos casos, desde sus puestas  en escena, sospechosamente semejantes a rituales fascistas, nacionalsocialistas y falangistas, hasta los encendidos y convergentes discursos en los cuales campea el chantajismo afectivo centrado en la nación, no dejan de ser aberraciones que avalan el sarcasmo del  autor de Pigmalión; sin embargo, entre el ceremonial del perezjimenato y el sarao madurista es bueno precisar que el primero lo auspiciaba un militar de carrera (el más destacado de su promoción) respaldado por un ejército que respetaba  sus méritos y obras, aunque desaprobara sus métodos y desafueros; y, el   segundo, un  figurón a través del cual gobiernan militares amaestrados por La Habana, donde en salas situacionales se simulan, con soldaditos de plomo, escenarios en los que acaso ya se esté pensando en sustituir algunas piezas  o replantear sus movimientos en función de eso que se conoce como realpolitik, de modo que no es temerario suponer que los intereses de Cuba hayan determinado el paso de las airadas declaraciones de guerra al hipócrita y tardío llamado a la paz.

El diálogo no es procedente en los términos delineados por Maduro y eso lo debe tener muy claro la oposición, pues cualquier negociación propuesta por los rojos no pasa de ser un movimiento táctico para ganar tiempo y avanzar en su estrategia de permanencia en el poder. El diálogo así procurado no es más que virtual cotillón de sus festejos o cotufa para ser consumida durante la proyección de Mi amigo Hugo, un documental realizado por esa versión varonil, americana y tarifada de la filohitleriana Leni Riefenstahl llamada Oliver Stone, programado para contrarrestar la ofensiva hollywoodense contra el autoritarismo local, comandada por Jared Leto desde el Dolby Theatre de Los Ángeles.