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Leopoldo Tablante

Mi Caracazo

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Más que como el golpe contundente que fue, mi Caracazo se manifestó primero como una vibración remota que poco a poco puso mi vida y la de mi familia en perspectiva, es decir, sobre la cuerda floja. Pienso en esto por contraste con la gran crónica del poeta y ensayista Willy McKey, publicada la semana pasada en el portal Prodavinci (“27 y 28 de febrero de 1989: algo más que ruido”), quien conoció a los 9 años, en una calle angosta de rabia y plomo en el 23 de Enero, los alcances tangibles de la palabra “saqueo”. Con menos adrenalina, a mí me sucedió algo parecido pero con la palabra “abastecimiento”.

“Hay que abastecerse”, decían riendo unos jóvenes de mi cuadra frente a la vieja panadería Paula, en Santa Paula, vigilada por soldados del Ejército armados con rifles de asalto tipo FAL. La palabra recordaba las crónicas sobre los productos de primera necesidad que no se encontraban en los mercados municipales administrados por Mersifrica, uno de esos acrónimos de país revolcado que se debatía entre la basura no recogida por los camiones del IMAU y la especulación de políticos, gerentes y proveedores, el fracaso de la administración pública.

Los días de toque de queda tenían ese efecto de realidad: el de soldados desplegados para repeler pillajes, que ordenaban enconcharse en casa para evitar un tiro de gracia, para esperar que el demonio de los cerros cayera bajo el plomo del Plan Ávila o se aletargara después de engullir el botín de la rebatiña. Yo tenía 18 años y acababa de entrar en la Universidad Católica. Al momento de las inscripciones, en 1988, la Central se encontraba de huelga. A veces algún compañero de clases me llamaba para compartir conmigo su propio marasmo. Hasta que una amiga, que estudiaba en la Católica y Letras en la Central, me contó alarmada que habían matado a una compañera suya, Yulimar Reyes. La noticia era terrible, a punto de alimentar una leyenda revolucionaria, pero a mí entonces me resultó lejana. Más me tocó el hecho de que a otra compañera de clases una poblada la hubiera detenido durante la mañana del 28 de febrero en Antímano, en la curva del sector Párate Bueno (nunca hubo lugar tan bien nombrado), y la bajara de su carro para, enseguida, prenderle candela. Éramos adolescentes y creíamos que la crueldad era un acto de inteligencia, así que, después del asombro, mi interlocutora y yo improvisamos por teléfono una escena aderezada con los nervios hipotéticos de la víctima.

Comprendí que habíamos cambiado para siempre el día en que fui a casa de otro compañero de estudios y me sorprendí ante el refrigerador de la cocina de su casa, cerrado con cadena y candado y con un cartel que decía “aquí no come nadie”. Su madre estaba decidida a repeler a los saqueadores, un reflejo extremo y absurdo contra ese otro –pobre, rabioso y anónimo– que se inmolaba en la calle. Ese otro estaba a punto de alcanzarnos. Desde 1983 su amenaza era nuestro desaliño: falta de agua potable, condominios atrasados, presupuestos familiares deficitarios, llamados a racionar el uso del teléfono y la luz, casas deslucidas con cucarachas correteando por ahí porque la partida para fumigación ya no existía…

Padres desmoralizados.

La clase media que fue el tamiz de mi Caracazo anhelaba la solvencia y la prosperidad perdidas desde el Viernes Negro. “Abastecerse” era un verbo ajeno que sólo merecía una parodia de voz gangosa, de ministro sobrepasado por la realidad, una roncha que siempre figuraba como denuncia en algún segmento del noticiero de las 10:00, o de las 11:00, y que no entraba en la cabeza de un joven de nuestra clase media sobrevaluada. “Abastecerse” sonaba a “primera necesidad”, a “interés social”, y eso sí que era un bajón: el fin del espejismo de la Gran Venezuela de los años setenta, que tanto daño nos hizo, una onda de desencanto que fue el germen de ese largo calambre sociopolítico que hoy le estira la respiración a un presidente desahuciado y le afila la puntería a un escuadrón de gatillos alegres para los que la vida misma es un artículo de remate.