El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Eduardo Mayobre

Caracas

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A veces se nos olvida que amamos a Caracas. Una tranca de tráfico, un autobús en mal estado, un transeúnte agresivo, un policía arbitrario o un calor excesivo nos agobian y nos llevan a renegar de la ciudad. El libro Imágenes de Santiago de León de Caracas, recientemente publicado por Ediciones Ekaré, nos obliga a recordar que en medio de todo su desorden se trata de un amor del cual no podemos desprendernos. Porque es nuestra.

Nos hemos hecho en ella y de ella recibimos nuestra manera de ser y ver el mundo. Además es preciosa, con el Ávila haciéndonos sentir su solemne presencia; con verde en todas partes, hasta en las comisuras de las autopistas mal cuidadas; con un clima que envidian en Mallorca; con una alegría que impregna incluso los insultos.

El libro, con textos de Inés Quintero y con imágenes e ilustraciones oportunas y bien cuidadas, diseñadas por Ana Palmero, destaca que también tiene una historia. Y que en cada caso es nuestra historia. La del mantuano venido a menos que alguna vez fue gran cacao; la del conuquero que vino a instalarse en sus colinas; la del inmigrante español, portugués o italiano que encontró una cálida acogida cuando escapaba de la pobreza de lo que hoy son países ricos; la del hombre o la mujer de a pie que cada día procura su sustento.

Nos hace ver también que esa historia es la de un rápido crecimiento y progreso que llevó a la aldea aislada de inicios del siglo anterior a la ciudad cosmopolita que alcanzó su primer millón de habitantes un medio siglo atrás y que hoy es seis veces más poblada. Un valle que se fue haciendo ciudad, comunidad humana, pero en el que aún sobrevuelan loros y guacamayas. Y que dejó de ser valle para desbordarse hacia el mar y caer desde la altura de sus casi mil metros hacia las cálidas planicies del Tuy y Barlovento.

 El libro nos enseña también que hemos participado en esa transformación reciente y que sus virtudes y sus fallas son obra nuestra y no es posible renegar u olvidar su pasado. Nos dice que, como en la adolescencia, sus fallas y carencias son parte de nosotros, que a veces duelen pero recordaremos con cariño.

Nos desafía a que "el reto es volver a imaginar la ciudad, sin abandonar las huellas y recuerdos del pasado", tal como concluye el texto. Más importante aun: induce a los niños y jóvenes a querer a Caracas. Porque con un lenguaje simple y accesible a todas las edades invita a los chamos a "conocer la ciudad con los ojos, antes de recorrerla con sus pies", como declaró Inés Quintero en este diario.

Más que eso, les enseña el alma de la ciudad antes de que los agobien sus problemas. Porque la ciudad, como el país, tiene su alma, la cual se impone ante los ingenuos, los Mesías y los descarrilados que pretenden borrarla e inventarla de nuevo. Sean estos urbanistas, militares fascistas o redentores.

Se transforma a sí misma, gracias a sus habitantes, y no le hacen falta ni arquitectos, ni invasores, inducidos por improvisados factores de poder, que nieguen su raíz castiza y su carácter aluvional. Porque Caracas vive y ha vivido por sí misma. Con tiempos peores y mejores. Con quiebres y continuidades. Con saltos cualitativos y nostalgias. Y es eso lo que nos muestra a todos, a propios y a extraños, a niños y adultos, el libro comentado.

Nos muestra, entre cosas, la riqueza de la experiencia de los caraqueños -tradicionales, nuevos o importados- la cual abarca más que los apuros de los mototaxistas, las angustias de las madres de los cerros, los chismes de los jugadores de golf, o los sueños ociosos de los cadetes de Fuerte Tiuna. Y nos los dice en un lenguaje llano y con ilustraciones del más diverso tipo que en cada caso atrapan la atención. Es inútil decirles que les estoy recomendado el libro.

La Fundación Polar ayudó a editarlo y mi hija, María Francisca, estuvo a cargo de su edición. Pero esta cercanía no es la fuente de los elogios, sino el hecho de que estimo que contribuye a conocer la Caracas que nos rodea, la cual a fuerza de sufrirla todos los días nos hemos olvidado de estimarla. La misma que tiene vida propia y que rechaza a los redentores espontáneos que le prometen limpiar el Guaire y darle habitación a los desposeídos sin tener capacidad de hacerlo.

La que exige ser nuevamente la amable odalisca enamorada a los pies del Ávila rendida. La que amamos, pero cuando salimos a la calle se nos olvida que la hemos amado. Este libro no los recuerda y nos lo enseña. Debemos celebrarlo.

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