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Tomás Straka

Desde Caracas, a veinticinco años de la caída del Muro

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Los veinticinco años de la caída del Muro de Berlín han sido motivo de celebración a lo largo todo el mundo. Exposiciones, foros, conciertos, reportajes, incluso actos gubernamentales, han recordado el 9 de noviembre de 1989 como uno de esos extraños momentos en los que “los buenos” parecen ganar en la vida del modo en que lo hacen en las películas. En Venezuela, sin embargo, la fecha ha pasado un poco inadvertida. Por una parte, es comprensible que un gobierno socialista que desde hace tres lustros se ha propuesto revivir mucho de lo que en Berlín creíamos muerto, no encuentre motivo de celebración en el aniversario del hecho emblemático del fin del “socialismo real”. Pero por la otra, la cotidianidad de los problemas que nos agobian es tan grande, tan aplastante, que no tenemos tiempo para pensar en hechos aparentemente lejanos pero que, como en este caso, estén directamente asociados con lo que nos pasa. Justo diez años después de la caída del Muro, la revolución bolivariana decidió convertir a Caracas en una especie de anti-Berlín. Si las multitudes de alemanes que rebosaron una de las fronteras más vigiladas del mundo representaron para casi todos el fracaso y la inviabilidad de un cierto tipo de socialismo, las multitudes de venezolanos votando por Hugo Chávez representarán, al menos para muchos, lo contrario: que el socialismo de corte más o menos soviético seguía vivo. Que Venezuela sería el antídoto de la caída del Muro.   Eso nos demuestra la dimensión de lo que está en juego en nuestro país. En buena medida, la revolución bolivariana forma parte del mismo proceso de lo que en Alemania se vivió hace un cuarto de siglo, y no de cualquier manera, sino, según sea el desenlace, como la resurrección del socialismo real, o como su última, y acaso definitiva, derrota.   

Aunque Chávez no se declara socialista hasta 2005 y el régimen no lo es formalmente hasta 2007, desde 1999, y sobre todo desde la Habilitante de 2001, comenzaron a darse claros indicios de la dirección que tomaba el proceso. Solo existían dudas sobre el alcance que podrían tener políticas, como quiera que lo ocurrido en Berlín hacía difícil imaginar que alguien se le ocurriría emprender un camino aparente clausurado. Hay que admitir que por un tiempo Chávez habló de la “tercera vía”, dejó la libre flotación del dólar y se enfocó básicamente en un discurso antineoliberal, cargado de un montón de referencias nacionalistas y populistas, así como de un comunitarismo de origen socialcristiano: la democracia participativa y las cooperativas habían sido banderas de la Teología de la Liberación y de los sectores de izquierda de Copei. Después, cuando finalmente reveló que el proyecto era (y al parecer siempre había sido) socialista, el “socialismo del siglo XXI” ha resultado lo bastante ambiguo como para que se pueda afirmar, tajantemente, que se trata de una simple reproducción del sistema de planificación central soviética. Incluso, una lectura de los libros de Jorge Giordani, del Programa Nacional Simón Bolívar para 2007-2013, del Plan de la Patria para 2013-2019 y de los documentos del Libro rojo (todos están en Internet), demuestra, a veces de forma expresa, una reflexión del colapso de los socialismos reales y hasta un cierto deseo de enmienda, es decir, de hacer las cosas un poco distintas para que salgan mejor. Lo que parece estar en la base es la convicción de que el socialismo de planificación central y partido único no fue un monumental error histórico (como desde hace cien años se viene diciendo desde la acera socialdemócrata, que plantea otro tipo de socialismo), sino que se desvió de su camino bajo los regímenes de Stalin y después, de Brezhnev. Por ello la caída del Muro de Berlín y la gran revolución de la que es emblema (la de los pueblos de los países socialistas contra sus gobiernos, tal vez de las más grandes y democráticas que ha habido) fueron a lo sumo un accidente en la historia. 

Se trata de una forma de ver las cosas que, paradójicamente, se sintió confirmada antes que desmentida con la caída del Muro. Si colapsó la URSS y todos los demás países de Europa Oriental no fue porque el socialismo sea malo, es porque lo habían traicionado. Tal parece ser el universo conceptual de Giordani y el resto del Grupo Garibaldi que tanto ascendente tuvo sobre Chávez. El modelo del “socialismo del siglo XXI”, al menos en sus documentos, parece reunir los ejemplos de todos los modelos alternativos de socialismo real que por una u otra razón se apartaron de la línea soviética, y que por lo tanto tienen el beneficio de la duda: las reformas que Alekséi Kosygin inició en la URSS en 1965 y que persiguió incentivos para que los gerentes fueran más eficientes (reformas echadas para atrás por Brezhnev), con un poco del socialismo yugoslavo (de ahí parecen venir ideas como las de las empresas de producción social), algunos gramos del “socialismo goulash” que se permitió en Hungría después de la invasión soviética de 1956, en el que convivió algo de producción privada bajo el control de lo fundamental por el Estado (de allí la imagen del goulash, porque había de todo), unos toques socialcristianos, como lo del cooperativismo. Como no era la primera vez que este tipo de versión alternativa del socialismo se ensayaba, a lo anterior habría que agregar el referente de los socialismos africanos, si no en la inspiración, sí en los resultados.

El experimento es si duda interesante desde una perspectiva académica (aunque no sé qué tanto lo ha sido para quienes lo hemos vivido). Pocas oportunidades tendrán los investigadores del futuro para ver cómo un conjunto de políticas más o menos similares pueden conducir a resultados también más o menos iguales, y además teniendo como muestras a lugares y momentos tan distintos como la Hungría de la década de los sesenta del siglo XX y la Venezuela de 2014. Aunque el sector privado y la libertad económica de Venezuela son infinitamente mayores a los que tuvieron los socialismos reales, es notable cómo con lo (poco) andado se reproducen algunas de sus características más problemáticas. Así, como al final fracasaron los modelos húngaro y yugoslavo, Venezuela, sin haber avanzado tanto como ellos hacia el socialismo, está hoy con los anaqueles vacíos, la gente haciendo cola para comprar determinados productos, un floreciente mercado negro y una nomenklatura con acceso a los bienes y servicios que no tienen los demás (pensemos en el caso de los dólares).

Pero eso se ve de forma más nítida en 2014 que en 1999 o en 2005. En su momento, Chávez le dio a la izquierda radical de todo el mundo una bocanada de aire fresco (y en cuanto estalló el boom petrolero, pudo también darle otro tipo de ayudas). Es una dimensión de su gobierno que no se puede eludir. Caracas, como anti-Berlín, o incluso como contra-Berlín, tuvo un impacto mayor de lo que normalmente imaginamos los venezolanos, sobre todo los de la oposición. Fue la última esperanza para los socialismos distintos a la socialdemocracia, y eso explica en buena medida la atención (y en muchos casos popularidad) que Chávez llegó a tener. Caracas, como antídoto contra la caída del socialismo, fue esencial para el retorno de los gobiernos más o menos de izquierda en América Latina, como lo demuestra la tutoría venezolana de Evo Morales o el apoyo económico para que Néstor Kirchner sacara la economía argentina del foso, por no hablar del caso cubano… Pero hay más. Los acontecimientos en España pueden demostrar que los efectos de la revolución bolivariana pueden llegar incluso más lejos.  Contratados o voluntarios, sinceros u oportunistas, revolucionarios de todo el mundo recalaron en Venezuela. Uno de ellos, Juan Carlos Monedero, terminó de asesor del gobierno y acaso en nuestro país pudo ensayar y seguramente depurar las ideas que ahora está en trance de aplicar en España.  Otro, Pablo Iglesias, ha obtenido, según datos filtrados en la prensa, sustanciosas ayudas económicas del régimen bolivariano.

Más allá de que no es correcto aplicar a España los mismos criterios con los que evaluamos a Venezuela (si Evo Morales no ha reproducido exactamente el modelo chavista en su país, ¿por qué Monedero e Iglesias lo van a hacer en España?), de todos modos el caso del Podemos demuestra lo que nunca hubiéramos imaginado los venezolanos: la supervivencia (o no) de cierto tipo de socialismo en el mundo puede estar asociada, por lo menos parcialmente, a lo que pase en Venezuela. Si Nicolás Maduro demuestra que el modelo es viable, seguirá siendo una referencia, por lo menos para un grupo, de que lo que se creía muerto en Berlín goza aún de futuro. Si además tiene dinero para contratar y apoyar políticos e intelectuales, podría incluso influir de forma más o menos directa en otros países. Pero si, por el contrario, la debacle económica termina por hacer insostenible el proyecto, hombres como Monedero e Iglesias tendrán que pensar (como de hecho lo están haciendo cada vez más) en otras referencias. En el contexto de crisis que vive Europa, con los partidos tradicionales muy desprestigiados, opciones como las de Podemos tienen un buen chance de coronar el éxito.  Aunque infortunadamente las derechas racistas parecen estar sacando más provecho de las circunstancias, el éxito de Die Linke (“La izquierda”) justo en las regiones de Alemania que formaron parte de la República Democrática Alemana, demuestra que el deseo de resucitar (si no del todo, siquiera una parte) lo que se creyó muerto el 9 de noviembre de 1989 se ha extendido nada menos que al supuesto lugar de su fallecimiento. 

Es imposible (y casi angustiante como venezolano) saber cuál será el desenlace: si, como en Alemania, Hungría o Checoslovaquia, nuestro socialismo será solo un paréntesis en nuestra historia, o si finalmente “el futuro funciona y es socialista”, como proclamaba. Lo único que podemos concluir es el carácter trascendente de lo que en Venezuela ha estado y sigue estando en juego con las luchas políticas que actualmente escenificamos. Ellas dirán si Caracas, convertida para un admirador de la RDA como Monedero y para muchos más, en el anti-Berlín, pasará a la historia como el lugar donde resucitó lo que en el Berlín de 1989 murió (o creímos ver morir). O si es el lugar donde el socialismo real demostró su fracaso final.