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Leopoldo Tablante

Caracas tóxica

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Mi mamá se la ha pasado durmiendo un sueño tenaz que ya dura más de dos semanas. Su raquitismo y su coma guardan relación con lo que sucede en la calle:

Su primera habitación, de clínica privada, estaba ubicada frente al estacionamiento de una tienda de electrodomésticos, asediada por un batallón de choferes que oía reguetón a todo volumen, afincados sobre las cornetas de sus carros, todos ansiosos por comprar la nevera nueva o el pantalla plana que les permita apreciar mejor las curvas siliconadas de las actrices de telenovela. Ella convulsionaba. Los médicos me aseguraban que no tenía conciencia.

Mi tío vino en un par de ocasiones a ver a su hermana. Las inmediaciones de la clínica deben haberle dado nostalgia. Su esposa, con quien ha estado casado 35 años, era vecina de la plaza Tiuna, después de una vieja casa de Los Rosales olorosa a mondongo y naftalina. A pesar del barrio de La Bandera, a mediados de los setenta Los Rosales admitía ciertos placeres campechanos: los hombres en la cocina, jugando jiley y bebiendo cerveza; los niños en la calle, distribuidos en grupos de hembras y varones vigilados por un comando de solteronas sexistas; todas las mujeres atendiendo y regañando, con aliento a café negro y las manos embadurnadas de sofrito.

Después del escándalo ensordecedor del horario en que los comercios abren, Los Rosales decreta estado de sitio. Algo parecido sucede en Las Acacias, donde la dilución relativa del tráfico es el murmullo de la amenaza. Otra tía vive por allí. En los años setenta su casa era un dechado de prosperidad petrolera: tres pisos, un anexo y un salón de música acondicionado con amplificador Marantz y luz estroboscópica. Nada, sino el mito de un norte que pronto mutaba en quimera, hacía pensar en éxodos definitivos.

Mientras estuvo en la clínica, sólo era cuando mis hermanos llegaban, hacia el mediodía, que yo me permitía dejar a mi mamá por un rato. El niple de concreto armado que es la Clínica Atías me disparaba hacia la calle, donde el alivio era breve. En el elevado de la avenida Roosevelt temblaba el atasco de una fila de conductores sin imaginación para desviar su ofuscación fuera de los pulsadores de sus cornetas. Pero era lo que había. Cruzaba la calle hacia la panadería, en busca de los primeros carbohidratos del día. Observaba el entorno: escombros en medio de la isla, al lado de un árbol; un archivo de oficina metálico gris, oxidado sin remedio; el carapacho aún con pelos de un perro atropellado. ¿Mi perfume? Aceite lubricante de alta viscosidad y gasolina mal refinada.

Pese a todo, ese desbarajuste urbano fue el mejor escenario para el cuerpo y la mente colapsados de mi madre.

El oficio pro bono de algunos médicos convencidos de la vigencia del Juramento de Hipócrates y varios bolsillos espontáneos permitieron pagar el exceso de una cuenta que un seguro médico exiguo no permitió cubrir. No sé si sea el momento de hacer extrapolaciones pretenciosas, pero no puedo dejar de pensar que la salud de mi madre es la encarnación de lo que pasa fuera, de nuestra cultura del fracaso y la desesperación, de cómo el cuerpo la resiente antes de tirar la toalla.

Algunos rebotes en el Hospital Clínico Universitario permitieron conseguir una cama. El traslado de la clínica al hospital fue breve. No lo hizo el servicio de ambulancias Rescarven, del que mi mamá es miembro desde 2004. La empresa –me dijo el operador telefónico con frialdad retrechera– no hace despachos a hospitales públicos. Nadie es indispensable, así que una compañía menos escrupulosa cobró su tarifa. Al principio sentí frustración, ganas de utilizar una vulgaridad punzopenetrante, de gastar una llamada al Indepabis. Pero cuando el único desenlace posible es tan obvio, es preferible redistribuir las energías. Después de todo, Caracas tóxica es el producto de tantos propósitos incompletos que, incluso cuando estos se venden como el último recurso, siempre le sacan la lengua a una multitud de ciudadanos para quienes estar a la intemperie es la única costumbre.