• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Gabriel Antillano

Caracas invisible

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Aunque no veo muchas series, me sorprendió gratamente la última colaboración entre Netflix y Marvel Comics: la adaptación del cómic del superhéroe Daredevil. La serie, muy recomendable e infinitamente superior a la infame adaptación cinematográfica de 2003, es probablemente una de las mejores adaptaciones de un cómic y una fiel representación del abogado ciego Matt Murdock quien, usualmente por las noches, se viste con un traje –negro al principio, rojo después– y vence a golpes –y a ciegas– a todos los criminales que azotan su ciudad natal: Hell’s Kitchen.

En uno de los primeros episodios, Karen, amiga y posteriormente interés romántico de Daredevil, se queja de que ya no puede ver Hell’s Kitchen, que aunque vive allí y camina por sus calles, no ve realmente la ciudad.

Aunque Hell’s Kitchen (Cocina del infierno) es un nombre poco común y algo antipático para una ciudad que calzaría a la perfección en varias ciudades de Venezuela, parece sorprendente que Caracas también se nos ha hecho invisible a los caraqueños.

Caracas se ha vuelto una ciudad demasiado peligrosa y rápida para prestar atención. Muchos caminamos por sus calles dirigiéndonos de un lugar a otro con prisa, sin detenernos ni apreciar el camino. Cuando llegamos a nuestros destinos no recordamos demasiado del trayecto. Las imágenes que la ciudad nos ofrece pasan con rapidez y sin gloria, lo cual sorprende poco si se toma en cuenta la invasión reciente de las colas en las calles.

La inseguridad que azota día a día al país también nos ha privado de la calma que solicita la apreciación, nos ha hecho paranoicos y nerviosos, con una incapacidad absoluta para detenernos ante los paisajes cotidianos. También ha hecho los escenarios diarios menos agradables. Cualquiera que pase la cantidad de tiempo suficiente recorriendo estas calles, las cuales ya no son tan nuestras, y corra con suerte, no será víctima del crimen diario, pero seguramente será testigo de algún asalto, pelea, choque o muerte.

Como decía Rodrigo Fresan, «el espeso perfume del petróleo no alcanza a cubrir del todo el hedor de la basura que se amontona en las esquinas junto a semáforos a los que casi nadie hace caso, ni siquiera las ratas». Pensar que eso lo dijo Fresan sobre la Caracas de 1975 resulta desolador ante el claro empobrecimiento de los paisajes en la ciudad desde entonces.

Algunas de las zonas que reclamaron aprecio en el pasado, ahora solicitan el olvido colectivo. La carencia absoluta de mantenimiento en locaciones que merecen atención del ciudadano ha resultado en la destrucción de paisajes agradables y en la reducción de los lugares visitables por los ciudadanos. Que la solución ante el levantamiento de las aceras causado por las raíces de ciertos árboles sea la tala completa de ese árbol habla bastante de la gestión. Merece una mención la ola reciente de talas de árboles en las ciudades. Ya no parece existir quien pode los árboles, solo quien los derribe y los corte por completo. Una gestión más de destrucción que de arreglo.

Iniciativas como las vías para bicicletas y la ampliación de las aceras parecen bastante nobles pero aún más ingenuas. Si bien es cierto que a pie se vive más la ciudad que desde la ventanilla de un auto, el estado deplorable de las calles y aceras, la basura amontonada y las altas probabilidades de ser víctima del hampa –donde una huida en bicicleta parece risible–, hacen de estas iniciativas algo tierno, pero esencialmente inútil.

El miércoles pasado conversaba con un amigo sobre los signos característicos del subdesarrollo. Ambos parecíamos coincidir en que escupir en el piso no es de país beisbolero como dicen algunos, es de país marginal y subdesarrollado. Que a los ciudadanos se nos obligue a soportar una ciudad con unos niveles de inseguridad inaceptables para la libertad individual, acompañado de una gestión ineficiente y descuidada que lo que no daña lo deja destruirse con el tiempo, y con todo esto algunos ciudadanos aún escupan en el suelo levanta un poco el escepticismo ante ese planteamiento de que este es el mejor país del mundo.