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Atanasio Alegre

Caracas era un estado de ánimo

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Conocí a Bernard Malamud en la primavera de 1971 en la librería Barnes & Nobles de Nueva York. Había ido a comprar The tenants (Los inquilinos) recién salido en esos días. Era un jueves. El empleado que me atendió me dijo, señalando a un señor que se encontraba al fondo del local, ahí está el autor. Suele venir los jueves, si quiere se lo presento.

Componía  Bernard Malamud una frágil figura al borde de los 60 y me extendió una mano que, más que apretar, rocé, e igual hizo él con la mía. No le entusiasmó, por otra parte, saber que era yo un conocedor de su novelística sobre los judíos pobres de Nueva York, y cuando le pregunté qué contacto mantenía con esa realidad en su obra literaria, teniendo en cuenta aquello del clásico: “Yo escribo lo que vi, y doy a leer mis ojos, no a mis oídos”, me respondió:

—El novelista escribe las vidas que no ha podido vivir.

Así quedaron las cosas, ya que me di cuenta de que Malamud era un hombre más inclinado al silencio que a la conversación.

Con el tiempo y habiendo venido yo a dar en este complejo oficio de la ficción novelística, pienso que en buena medida a Malamud no le faltaban razón ni motivos para expresarse de aquella manera sobre la novela. Lo acabo de comprobar en esta reciente salida de una nueva novela mía que comienza a circular en España bajo el título de Caracas irredenta. La leyenda que el editor colocó en la contraportada es bastante explícita al respecto:

“Esta es la historias de René Berger, un francés nacido en Orán, víctima de ese secuestro al revés que supone haber sido abandonado de niño por su padre. Algo que recordará de manera especial el día que decide abandonar la ciudad de Caracas, donde ha llegado a ser un próspero empresario, ante el intento de secuestro por parte de una de las 1.800 bandas que operan en esa ciudad. Se librará por una jugada del destino. El mismo que le arrastró desde una ciudad normanda, donde sus conocimientos en el campo de la mecánica habían convertido su vida en una rutina pasible, hasta la ciudad de Caracas, bendecida entonces por los dioses de la prosperidad.

“Es al mismo tiempo la historia de cómo unos ciudadanos constituidos en régimen político, pueden llegar a convertir una sociedad en una comedia hilarante al comienzo y después, en una inexorable tragedia en la que es necesario contar con la muerte para cualquiera de las actividades corrientes como ir a la farmacia de noche o salir de día al trabajo.

“Esta es la historia de la ciudad de Caracas de hoy bajo la perspectiva, como es de rigor en toda novela, del trajín de los encuentros y desencuentros de su protagonista, quien tratando de huir de sí mismo se encuentra acorralado por unos extraños fantasmas que convierten su vida, en épocas, en una aventura gloriosa, y miserable, en otras. En tales circunstancias volverse a enamorar  por segunda vez de la misma mujer no es  recomendable. El protagonista lo hace.

“Escrita en primera persona Caracas irredenta es una novela corrosiva de la que no están ausentes ni la ironía ni la falsa inocencia, dos ingredientes cada vez más insustituibles, de todas maneras en la vida del hombre en este comienzo de siglo”.

Palabras, que como acontecía anteriormente con los autores de una  pieza dramática, podrían servirme de autocrítica, como la que debía hacer previamente el dramaturgo desde el propio escenario momentos antes de la representación de su obra ante el público.

Pues bien, durante más de medio siglo Caracas cumplía con aquella sentencia del novelista inglés Evelyn Waugh en el sentido de que siempre hay algún lugar (spot) en el mundo donde están sucediendo cosas maravillosas que merece la pena vivir. Ese fue el destino de esta ciudad anclada en este valle donde el sol entra diariamente con la puntualidad de un caballero y sale regularmente a la hora de costumbre dejando como reverbero ese fenómeno que se conoció como la algodonada noche caraqueña. Las condiciones climáticas, la recompensa de quien sabe trabajar y lo hace, los elevados niveles del bienestar y su peculiaridad de ser la puerta de todo un continente crearon para sus moradores la regularidad de vivir su ciudad como si se tratara de un estado de ánimo confortable. Un estado de ánimo transformado hoy en una amarga pena de nostalgia para más de 1 millón de venezolanos que han debido emigrar y en la incomodidad y el sobresalto de arriesgar sus vidas para quienes permanecen en esta ciudad, teniendo en cuenta la situación en que se desarrolla la propia cotidianeidad, situación que ya Quevedo resumía con gran plasticidad en los siguientes términos en referencia a su mal hadada patria de entonces en un soneto póstumo: “Miré los muros de la patria mía, en otro tiempo fuertes, hoy desmoronados…/ Entré en mi casa; vi que amancillada/ de anciana habitación era despojos/…y no hallé cosa  en qué poner los ojos/ que no fuese el recuerdo de la muerte.