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Elsa Cardozo

Capriles y la política exterior

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Las crítics e inventos oficialistas sobre el programa de gobierno de la unidad democrática, para no hablar de las descalificaciones ad hominem, son parte del irrespeto hacia la manera democrática de construir propuestas y hacer campaña electoral.

A diferencia del programa impuesto por el presidente-candidato y jefe máximo del partido de gobierno, la oferta electoral del candidato de la alternativa democrática, Henrique Capriles Radonski, se fue construyendo y ajustando a lo largo de tres años en el proceso de construir el compromiso unitario, elaborar y suscribir lineamientos programáticos comunes, competir en las primarias a las que cada precandidato llevó sus prioridades para atender esos lineamientos y afinar durante la campaña el diseño de políticas sobre los temas que más preocupan a los venezolanos.

Respecto al contenido, la propuesta continuista parte de grandes directrices que desbordan las capacidades y minimizan los verdaderos desafíos del país, a la vez que se pierden en una larga letanía de objetivos que no hace más que confirmar las graves ineficiencias e irresponsabilidades de catorce años de gobierno. En marcado contraste, el programa democrático se sustenta en los principios y orientaciones de la Constitución acompañados por una visión franca tanto de las necesidades fundamentales de la sociedad venezolana como de los recursos necesarios para atenderlas.

Quizá para el oficialismo la parte más incomprendida del plan opositor sea la relativa a la política exterior, campo en el que la desmesura y los riesgos de la oferta reeleccionista alcanzan sus cotas máximas: convertir a Venezuela en país potencia, la gran potencia naciente de América Latina; impulsar el mundo multicéntrico y pluripolar en beneficio del equilibrio del universo y la paz planetaria, y contribuir a la preservación de la vida en el planeta y la preservación de la especie humana.

En los lineamientos programáticos de la unidad democrática esa política pública tan peculiar ocupa, sobriamente, el último subtítulo, lo que no es fruto del menosprecio sino de su revalorización.

La preceden propuestas en cuatro grandes áreas: reconciliación e institucionalidad democrática, organización y prácticas de buen gobierno, sociedad productiva y de progreso, mejora de la calidad de vida de todos los venezolanos. Desde tales orientaciones, la política exterior democrática contempla entre sus primeras directrices su articulación "con las políticas públicas de transformación, para proveer mayor libertad, prosperidad y seguridad para los venezolanos" para lo cual atenderá "las urgencias de una situación de vulnerabilidad extrema en todos los ámbitos". De ese compromiso con la gente deriva el replanteamiento esencial de las relaciones con el mundo.

Por eso, a la pregunta cada vez más frecuente sobre qué cambios produciría un gobierno de Capriles en la política exterior venezolana, hay dos respuestas igualmente ciertas. Cambiaría mucho, porque se conduciría profesionalmente desde los valores y por los cauces constitucionales para atender debidamente los intereses del país, desde el respeto al Derecho internacional, la construcción de confianza y la búsqueda de equilibrio en los beneficios. Y, por tanto, también es cierto que esa reconducción no implicaría menos sino más certidumbre, por estar sostenida en relaciones de Estado no sujetas a las arbitrariedades y delirios del personalismo.