• Caracas (Venezuela)

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Fue en una misa en memoria de Simón A. Consalvi donde el oficiante Luis Ugalde trajo a cuento en su homilía, con agudo sentido del momento, una implacable sentencia del Juan del Apocalipsis: “El que no ama permanece en la muerte, el que odia a su hermano es un homicida” (Ep.1, 3, 14-15).

Los caínes que nos gobiernan desde 1998 han hecho del odio hacia el hermano en desacuerdo el basamento de una política de Estado destinada a liquidarlo, a subvertir la Constitución y dar vida a una Venezuela comunista. Con una atenuante: sin el paredón con el que fueron fusilados en Cuba ente 5.000 y 19.000 disidentes. El propio Fidel, con senil arrepentimiento, recomendó una vez a Hugo y Evo “llegar a lo mismo, pero en democracia”. “Llegar a lo mismo” fue, en memorandas palabras de Chávez del 10/11/2005 al vicepremier ruso Zhukov, hacer de “América Latina la Stalingrado de las ideas… lo que Rusia no pudo ser”, difuso axioma cósmico que Alí Rodríguez enfocaría mejor: “En Venezuela resurge el sueño de la Unión Soviética”. “En democracia” significó remplazar la muerte física por la muerte civil, el paredón por un odio despiadado y aniquilador hacia el resistente que pudo llegar a cuasi invitación al linchamiento, mayoritariamente inyectado –diría Lasswell– por una hipodérmica radioeléctrica que los exegetas de las 4.000 horas de alocución radiotelevisiva chavista (una inacabable mina de graves incitaciones al odio) ojalá logren un día clasificar y diagnosticar. La Misión Miranda y las escuelas cubanas para cuadros del partido y agit-prop hicieron el resto. De una de ellas salió hacia 1986, en sus 26 años, el hoy Presidente de Venezuela. Su cerebro fue lavado, intoxicado e impermeabilizado al diálogo hace ya un cuarto de siglo; apostemos por que un día de estos repetirá una de las últimas frases pronunciadas por Chávez: “No he sido nombrado para negociar con burgueses”.

Parecía imposible ahondar más en esa obra maestra de Chávez, la polarización del venezolano (un mixto de criollo resentimiento de clase con mucho know-how cubano-soviético), y se imaginó que el odio unilateral de la mitad roja del país hacia la otra amainaría tras la desaparición física de su impulsor. Pero hete aquí a los pequeños seres que hoy nos gobiernan lanzados en una fuga hacia adelante para más odio polarizador, mostrando que el sadismo no tiene límites, que quedaba espacio para una más paranoica naranja mecánica. Exasperando su rodado mecanismo de proyección de la propia viga en ojo ajeno, acusan ahora a la oposición de “golpista”, de “fascista” y de “vender la droga del odio” (¡sic!); le prohíben el uso de la calle y vejan en las cárceles a sus manifestantes presos, hablan de encarcelar a su líder Capriles (tildado por el teniente Cabello de “asesino”) y califican a sus partidos de “asociaciones para delinquir”; dan vida a otra depuración de empleados públicos no chavistas y activan sus escuadras “de respuesta rápida” en purísimo estilo cubano; sus tres arpías mayores adelantan desde el CNE, el TSJ y la Fiscalía graves opiniones contra la oposición, amenazada además de quedar sin voz en la Asamblea, y por el Presidente en persona de “radicalizar la revolución… de bajar la gente del cerro para ir a la búsqueda de ustedes”. Una despiadada estrategia del terror de Estado que busca paralizar a la oposición y recuerda las primeras arremetidas del nazifascismo contra la población judía, del franquismo contra los republicanos.

Quien odia a su hermano es un Caín fratricida, un principio consustanciado con lo más atávico de nuestra cultura. Denunciemos siempre tal abominación. ¿Y qué más corresponde a la mitad no intoxicada del país para romper esa espiral del odio preludio de guerra civil? Cerrar activamente filas alrededor de su líder Capriles por haber enarbolado las banderas de la reconciliación, del pluralismo con respeto mutuo y de la concordia ciudadana, de la que aseguraba Aristóteles (Eth. Nic 1107 b,3) que “no es unanimidad forzosa de pareceres… sino… el reinado de la amistad en la pólis”.