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Tulio Hernández

¿Todos somos fascistas?

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1. Va más allá de una simple muletilla. Es algo más cercano a la bomba de oxígeno para quien se asfixia o al flotador de último minuto para el que se ahoga. Eso, exactamente eso, es lo que parece significar para Nicolás Maduro la palabra “fascista”. Cuando se le van acabando los adjetivos insultantes, el aprendiz de presidente manotea desesperado en medio de las movidas aguas del vocabulario escaso, y el término –“fascista”–, como un Superman del discurso, acude volando a su rescate.

Maduro se pasea por el mundo como un agente del Santo Oficio, con la calderilla roja en la mano izquierda y el hisopo marxista en la derecha, condenando, maldiciendo y asperjando agua bendita sobre los herejes. ¿Henrique Capriles? ¡Fascista! ¿Barack Obama? ¡Fascista! ¿Willie Colón? ¡Fascista! ¿El vecino del 12? ¡También!

Cuando el agua santa cae sobre los pecadores, el hombre al que se le aparece su padre muerto hecho pajarito silbador entra, de nuevo, en uno de sus alucines y contempla gozoso cómo las gotas benditas chisporrotean ardientes sobre el rostro de Capriles, a Obama la cabeza le gira sobre su propio cuello como la de Linda Blair cuando tenía 12 años, y desde las entrañas de Colón, revolcándose en el piso, brota el cóncavo vozarrón de Belcebú cantando “Mentira fresca” y otras obscenidades.

2. El asunto podría ser divertido si no fuera porque estamos ante un peligro real. Cuando en la política el debate de ideas y proyectos es sustituido por condenas morales y principios de fe, y cuando las palabras se usan intencionalmente fuera de contexto hasta vaciarlas de su significado, es porque el pensamiento totalitario ya llegó o anda rondando. Y eso es lo que está ocurriendo en Venezuela.

A menos que su ignorancia sea más grande de lo previsto, podemos suponer que Maduro, y en general toda la élite del poder rojo, debe saber a ciencia cierta que –como bien lo ha explicado Humberto García Larralde, en su libro El fascismo del siglo XXI– el fascismo es básicamente una práctica política orientada al dominio de la sociedad desde el Estado a partir de un conjunto articulado de mitos sobe el pueblo, lo patriótico, lo nacional y la superioridad étnica con el propósito de crear un “nosotros” que debe defenderse de los “otros”, los que piensan y son diferentes, quienes representan un peligro y, por tanto, deben ser eliminados ya sea política, moral, ideológica y, cuando sea necesario, físicamente.

Deben saber también los rojos que –aunque los regímenes comunistas hayan tenido y tengan prácticas similares– el fascismo no es una doctrina o una teoría política con vida propia como el marxismo sino un sistema de dominación que tuvo un espacio y un tiempo muy concreto –la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler y la España de Franco–, en cuyo origen están el uso de la fuerza bruta contra los disidentes por parte de bandas de civiles armadas; la militarización y uniformización de la sociedad; el culto cuasirreligioso al Líder Único; el predominio del bien común sobre el individuo (¡Dentro del Estado todo, contra el Estado nada!, decía Mussolini); la creación de un descomunal aparato de propaganda y persuasión, y la disposición racista a formas de reeducación social y limpiezas –étnicas, sexuales, de inmigrantes– que justificaron el Holocausto y otros genocidios.

3. En consecuencia, cuando Maduro y el alto poder rojo usan el calificativo, por ejemplo, contra Barack Obama o contra Henrique Capriles, saben a conciencia que están mintiendo descaradamente y manipulando a la población menos informada. En el caso de Obama no sólo porque se trata del Presidente de la nación decisiva para la derrota de Hitler y el nazi-fascismo en la Segunda Guerra Mundial, sino porque sus propuestas políticas de izquierda democrática –defensa de los derechos de los inmigrantes, apoyo al matrimonio gay– y su propia condición de activista afroamericano, más su experiencia como líder comunitario, lo convierten de facto en un militante antifascista.

Igual vale para Henrique Capriles quien no solamente tiene suficientes razones personales para condenar el nazi-fascismo –los padres de la abuela Radonski fueron cruelmente asesinados en el campo de concentración de Treblinka en Polonia– sino porque su credo político está explícitamente asociado a la democracia liberal, precisamente la forma de gobierno que representaba a Inglaterra, Francia o Estados Unidos, las vencedoras de la Primera Guerra Mundial a las que Hitler y el nacionalsocialismo consideraban naciones “decadentes”.

El asunto se hace más complejo porque ahora algunos líderes de oposición han comenzado a llamar fascista a Maduro y su gobierno. Creo que no es exactamente así. Pero, ¿quiénes militarizan a los civiles y los visten del mismo color, veneran a un Jefe Único, golpean a los disidentes, tienen un descomunal aparato de propaganda y giran alrededor de mitos nacionalistas?

El autoritarismo enturbia el lenguaje. Ayudar a aclararlo es también una manera de defender la democracia.