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Atanasio Alegre

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Hace ya algún tiempo, en un foro con un profesor centroamericano sobre un filósofo contemporáneo, hice alusión en mi primera intervención a la peripecia personal que le había llevado a este a la filosofía. Inmediatamente, el otro forista me enrostró que, dado que los filósofos no tienen biografía, lo adecuado era ir al grano. Se trataba de hombre, el forista, un tanto premioso en la palabra, sin que le faltara esa arrogancia  de la que suele hacer gala la gente que se complace en complicar cosas que no lo son. De modo que procedí entonces como un jugador de tenis frente a un contrincante zurdo a enviar pelotas  para obligarle a emplear la derecha. Y así, cité lo que Rüdiger Safranski  sustenta sobre Nietzsche, quien en su empeño por buscar tan ansiosamente la verdad en el pensamiento filosófico, una vez llegado a término, se sintió esclavo de su propia filosofía.

Así quedaron las cosas y ya cada uno dijo lo que tenía que decir y tan amigos. Pero, concluido el foro, el hombre me preguntó quién era ese Safranski al que había citado.

Pues bien, Safranski, para quien no esté familiarizado con este autor, acaba de cumplir 70 años por estos días y esa es una fecha que en Alemania nunca se pasa por alto cuando se trata de pensadores, y menos en este caso, ya que Rüdiger Safranski es una de las cumbres estilistas, no solo del pensamiento alemán contemporáneo, sino en el difícil campo de la biografía. Hay un elemento adicional: haber contribuido de manera resuelta al restablecimiento de los valores alemanes, siendo hijo de inmigrantes rusos.

¿Cómo lo hizo?

Cuenta Safranski, en su biografía: Heidegger un maestro para Alemania, que viajando en un tren se encontró Heidegger con el intendente del teatro de la ciudad de Friburgo de Brisgovia. Lo saludó afectuosamente y alabó su labor resaltando la finura con que ponía en sus representaciones teatrales los personajes en el escenario. Safranski, atraído por lo singular, había simpatizado con el existencialismo en una época y fue leyendo El idiota de la familia, de Sartre, cuando perfiló su tarea como escritor, teniendo como norma de estilo esa finura que Heidegger alabó en el intendente del teatro de Friburgo.

Partió, además, Safranski de otro planteamiento que, en su momento, había hecho el gran poeta Friedrich Schiller. Schiller sostenía que, más allá de la política y sus príncipes, los alemanes habían sabido fundar sus propios valores, de modo que aunque el imperio se hundiera, la dignidad alemana estaría a salvo. Esa grandeza moral venía de la cultura. Rüdiger Safranski, teniendo en cuenta esta propuesta, se propuso poner al alcance de  sus lectores a los creadores de aquella cultura, en vista de que el nazismo los había colocado bajo sospecha. Safranski había estudiado Filosofía, Germanística e Historia del Arte, y se doctoró en la Universidad Libre de Berlín en algo relacionado con el trabajo de la literatura. Logró, en parte, lo que pretendía con su obra ETA Hoffmann, la vida de un fantasma escéptico. Cuando publicó, pocos años después, Schopenhauer y los años locos de la filosofía, a alguno de los sectores de la crítica renuente todavía no le quedó más remedio que destacar la aparición de una nueva forma de expresión intelectual sobre el  alcance y limitaciones de la cultura alemana. Las biografías sobre Heidegger, Schiller y Goethe y otros vendrían después, junto con una joya ensayística titulada: ¿Cuánta verdad tolera el hombre?

Traigo sucintamente todo esto a cuento porque, dentro de esa perspectiva que se ofrece a quien se encuentra alejado de su lugar de residencia, esos valores que dieron dignidad al ser-así del venezolano y que hoy están amenazados, se hace necesario, tal como hizo  Rüdiger Safranski, sacarlos a flote, y en consecuencia, a sus creadores, por parte de quienes tenemos el deber de defenderlos.

Fueron los cien años de progreso y avance en todos los campos que tan incansablemente expuso Manuel Caballero; años durante los cuales floreció el uslarismo que trascendió incluso a su autor y creó las bases de esa elegancia que hoy admira el mundo. Durante esos años hay que referirse a la elegancia didáctica de venezolanos en toda la extensión de la palabra como Oscar Sambrano Urdaneta, Alexis Márquez Rodríguez, Manuel Bermúdez y toda aquella generación que desde el Instituto Pedagógico tanta influencia ejercieron sobre las manera de interpretar y contar literariamente al país, sirviéndose como figura señera de don Rómulo Gallegos, el Gallegos de Doña Bárbara, sobre todo. A esa labor se sumaron también gentes de todas las profesiones, de manera especial los arquitectos e ingenieros que hicieron del urbanismo venezolano, comenzado por Caracas, modelos de elegancia  habitacional a imitar. Ellos y tantos otros profesionales en las  tareas más variadas que no sería  posible abarcar en una reseña como esta.

Fue una elegancia que se tradujo en valores que, como sucedió en aquellas naciones que abrieron en su momento sus puertas a la inmigración, logrando un mestizaje transformador, en Venezuela fue ostensible no solo en la belleza de la mujer, sino en las formas de sacar la vida adelante en las que no faltaban ni la simpatía ni el humor, el humor criollo, al haber convertido determinados modos desenfadados de expresión en un lenguaje que destaca por su  frescura y enorme creatividad entre las maneras de expresarse en el español de hoy.

Y como en el caso de Rüdiger Safranski, a eso es lo que llamamos genéricamente cultura, la cultura venezolana, que consiste en la forma de compartir determinados significados entre quienes habitan dentro de las lindes de esta patria. Pero que, al fracasar como proceso, nos encontramos en el estado de confusión que hoy nos vemos invertidos.

Pues bien, eso es lo que habrá que recomponer una vez que, apoyados en quienes contribuyeron a la creación de nuestra cultura, se  esfumen esas nubes que trajeron estas tormentas que nos sorprendieron con la cabeza descubierta y sin paraguas al alcance de la mano.

 

atanasio9@gmail.com