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Itxu Díaz

Cansado de descansar

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Como estoy pasando unos días de vacaciones, no paro de trabajar. Barrer las hojas secas del jardín, caminar a pleno sol hasta el corral y convencer a las gallinas para que me den unos huevos, instalar una enorme piscina hinchable, y perseguir animales vivos por casa para expulsar a los que no pagan alquiler, que son la mayoría.

Llevo tres días veraneando en este lugar, entre el monte y la playa, viviendo como lo hacían nuestros antepasados, y me están quedando preciosas las fotos de Facebook. Pero confieso que no puedo seguir así durante mucho tiempo: estoy cansado de descansar. Tengo agujetas en músculos que no conocía, me han picado más insectos de los que Noé introdujo en su arca, y anoche intentó morderme una oveja sin previo aviso, desestimando la Carta de Derechos Humanos, la Declaración Universal de Columnistas de Vacaciones, y las Convenciones de Ginebra, Whisky y Ron.

Salir de la gran ciudad es muy relajante en estas fechas. Sobre todo para los pocos que se quedan. Vivir como un granjero por unos días te proporciona la extraordinaria sensación de vivir como un granjero por unos días. Por suerte, aún no se ha puesto de moda pasar las vacaciones de verano imitando la vida de los masáis africanos o de los esquimales.

Ahora me levanto a la misma hora que desayunan los pájaros, como lo mismo que ellos, camino por el monte como un fantasma borracho, como si hubiera perdido algo entre la maleza, cocino con productos locales que saben demasiado a comida, y trabajo de sol a sol retocando el jardín, intentando que se diferencie en algo del resto del bosque.

La vida en una casa de campo es una batalla contra la naturaleza. Pero la contienda tiene lugar en territorio de la naturaleza y su ejército es abrumadoramente superior. Se supone además que eso es lo relajante de desplazarse de vacaciones a un hogar como éste. Convivir. Pero es no es fácil la convivencia con quien practica sin descanso el allanamiento de morada.

Escribo a esta hora desde el jardín. Ha caído la noche y mi ordenador portátil es un paréntesis de civilización en medio de la oscuridad más primitiva. Una vela de citronela ahuyenta a los insectos y atrae a todo lo demás. Ilumina una improvisada mesa y se encarga de que me lloren los ojos lo suficiente como para impresionar a los búhos de la zona. Por motivos evidentes, a los búhos les parece muy relevante todo lo que tiene que ver con el asunto de los ojos. Yo creo que los búhos tenían el cuerpo relajado y los ojos achinados hasta que se sentaron un día a ver el informativo. Desde entonces no han salido de su asombro. Los comprendo. De haber nacido búho, otro gallo cantaría.

Hay un gusano trepando por la silla, muy interesado en participar en el artículo, pero dudo que tenga estudios. De lo contrario alguien le habría enseñado a sonarse los mocos. Al final hemos llegado a un acuerdo. Yo sigo escribiendo, manteniendo mi teclado a salvo de sus babas, y él se come una ruidosa hoja de castaño que el viento ha traído a la mesa. En este lugar tan silencioso, una hoja seca arrastrándose por una superficie rugosa suena como el motor de una Harley-Davidson encendido en el cuarto de baño.

Es falso que desde estos lugares los problemas del día a día se olviden gracias a la relajación que proporciona un entorno natural y salvaje. Lo que ocurre es que mientras estás preocupado por tu propia supervivencia, no puedes ocuparte por la supervivencia o no de los demás, que es a grandes rasgos la labor del periodista. Eso e intentar ganarse unos días de vacaciones para pasárselos protestando por lo extenuante que resulta descansar. Algo me dice que cuando termine estas vacaciones necesitaré urgentemente unas vacaciones.

 

@itxudiaz