• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Candor y dolor

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El libro Torre David, gran horizonte de Alfredo Brillembourg y Hubert Klumper, los arquitectos que diseñaron el Metrocable de San Agustín del Sur, ganó el León de Oro de la Bienal de Venecia. Es un relato de cómo los invasores del edificio Confinanzas construyeron un barrio vertical y se las han ingeniado para tener un lugar para vivir, mejor, sobrevivir.

 

Si Brillembourg y Klumper fuesen poetas despistados, escritores neorrealistas, cronistas, escenógrafos, cazadores de mitos urbanos, floristas o activistas del rojorrojismo hasta se les podría perdonar que luego de haber "convivido" dos años con habitantes de la torre sean tan candorosos en su reduccionismo o tan crudamente cínicos en su aproximación a una realidad sociológica que más que admiración debería causar repulsión.

 

Esa modalidad de gulag urbano dominado y comandado por azotes de barrio autoascendidos a pranes es la versión "tecnológica" del barrio que se establece en la parte más alta del cerro, no en sus faldas, y en el que impera la ley del más fuerte.

 

En este barrio vertical, mal denominado "rancho", operan las mismas técnicas y procedimientos que hacen posible la vida en otros sitios inhóspitos, la diferencia es que por haberse construido sobre las presuntas ruinas de una edificación que se presentaba como referencia en su tipo logró captar la curiosidad de dos profesionales de la arquitectura con recursos y tiempo suficiente para llamar la atención de los medios de comunicación, de sus propios colegas, y burlarse del sistema que los amamanta. Se asombran, por ejemplo, de que hayan encontrado la manera de suplantar los ascensores inexistentes, que hayan resuelto la falta de agua corriente, la deposición de basura y la inseguridad, además de la dotación de electricidad.

 

No quiero ni imaginar si les tocara convivir con los yanomamis en su shabono y conocieran cómo resuelven los problemas de iluminación y de salud, y las teorías que elaborarían a partir de la manera que escogieron las mujeres para afrontar los inconvenientes de la feminidad, los días duros del mes. En los barrios, en general, la vida es ruda, y mientras más se tenga que subir cerro más ruda se hace; si ahí llegara Barrio Adentro, sería algo, pero no llega.

 

La civilización se manifiesta, a veces, en las bolsas plásticas en las cuales se lanza lo que sobra del cuerpo o lo que ya no sirve.

 

Los barrios, los verticales y los otros, son malos ejemplos, ejemplos de lo que no debe ser el proceso de urbanización, pero que se ha pretendido perpetuar dotándolos de metrocables y metrorrieles que alivian poco la vida de los usuarios y enriquecen a los fabricantes. Es como instalar ascensores en el rancho vertical.

 

La vida seguiría igual, pero sin los escalones. Vendo plano existencial, sin punto de fuga.