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Eduardo Semtei

Candelita que se prenda…puede ser un incendio

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La frase más infeliz y peligrosa pronunciada por dirigente político alguno está asociada indisolublemente a la actitud arrogante y hasta amenazadora de muchos altos dirigentes del gobierno. Llamar a los colectivos a quitar las barricadas para “apagar las candelitas que se prendan” es claramente una incitación a enfrentarse con quienes justamente las arman día tras día.

Decir que los batallones chavistas esperan que Diosdado dé la orden de ataque implica que los colectivos entenderán, tarde o temprano, que dichas trincheras  que levantan los jóvenes opositores más radicales deben ser desalojas a trote y moche, a sangre y fuego, a cualquier precio. Los jóvenes pensarán, obviamente, que sus iniciativas de lucha tendrán que apuntalarlas como si se tratara del paralelo 38 en la Guerra de Corea.

Nos acercamos peligrosamente a un enfrentamiento masivo con perspectivas sangrientas. No se trata de una guerra civil ni nada que se le parezca. Algunas mentes agoreras y peregrinas anuncian que la sociedad venezolana se partirá en dos pedazos y que se enfrentarán enfurecidas hasta aniquilarse mutuamente. No lo creo. Esto no es España. No veo en ningún lugar, donde el chavismo es mayoría, gente dispuesta a defender hasta con su vida a un gobierno que ya no siente propio.

Hay desabastecimiento. Hay inseguridad. Hay inflación. Ya no hay tantas casas. Ya no hay tantos aparatos electrónicos. Noto, amigos todos, una apatía, una indiferencia total. Si bien es cierto que no acompañan a la gran masa trabajadora, fundamentalmente asociada a las clases medias, en sus justas protestas y propuestas, también es cierto que no andan felices y comprometidos con el PSUV y su nomenklatura. Más bien se trata de grupos armados, básicamente motorizados, que representan brigadas de choque propias de los gobiernos fascistas y comunistas, en eso se parecen un montón.

Según el doctor Briceño León, del Observatorio Nacional de Violencia, existen en el país alrededor de 6.000.000 de armas ilegales. No registradas. ¿Quién las tiene y dónde está tan fabuloso armamento? Yo ruego al Dios de los altares que tal poder bélico permanezca con sus cacerinas llenas y sus cañones fríos. Pero están allí, en reposo, el algún lugar. Nuestra tarea es que permanezcan mudas. Ello solo es posible si se busca con sinceridad, una salida de paz a nuestro actual conflicto. Cosas sencillas y constitucionales. Perfectamente plausibles por todos, excepto por los radicales de la extrema izquierda del PSUV. Libertad a todos los presos. Estudiantes y políticos. Nombramiento de las autoridades del CNE, Contraloría y TSJ.  Regreso de todos los exiliados. Desarme de los colectivos violentos. Cese de la criminalización de la protesta y de la actividad económica. Respeto a la proporcionalidad en la Asamblea Nacional entre oficialistas y opositores.

Al gobierno le toca dar el primer paso, y jamás puede ser la amenaza de derribar las barricadas mediante grupos anárquicos, anónimos y violentos, que actúan principalmente como bandas armadas y no como comisiones de entendimiento. No me quiero imaginar siquiera que un pelotón de motorizados pro gobierno trate de ingresar violentamente; con piedras, palos, cabillas y hasta armas, a edificios en El Cafetal, o en la Candelaria, o San Bernardino, o Los Ruices para arremeter con saña y terror contra jóvenes que busquen refugio en tales sitios e indirectamente contra vecinos que osen defenderlos y ampararlos. De presentarse tal situación todo es impredecible, el diablo que permanece silencioso y dormido despertará con la furia de un huracán.

He palpado en la actitud de la masa trabajadora, de la otrora clase media que hoy bordea el límite del proletariado y contra la que se le dirigen diariamente ofensas y epítetos: apátridas, fascistas, miserables, burguesitos, cobardes, una disposición a la protesta y a lo que muchos de ellos llaman “hasta el final”.

Señor Maduro, en sus manos están la patria y la paz. Regrese al carril democrático. Cumpla la Constitución. Defienda las leyes. Dejemos la Caja de Pandora bien cerrada y el genio en su botella. Ese final está perfectamente dibujado en la Constitución.  Basta cumplirla.